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Galope al cielo: Andrés, el cabalgador latinoamericano

Con una destacada carrera en el hipismo, el jinete falleció en un accidente automovilístico.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R.

00:00 / 21 de marzo de 2016

Se preparaba para dar uno de los grandes saltos en su vida, ya que debía participar en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 en la disciplina del hipismo; pero el destino le preparó un último galope a sus 31 años.

Andrés, cariñosamente conocido como Chepito, fue uno de los deportistas de mayor reconocimiento y proyección en la equitación, con varios trofeos ganados, primero en Latinoamérica entre los jinetes de habla hispana y en el puesto 41 del ranking mundial; pero un accidente automovilístico, el 4 de enero, truncó su exitosa carrera.

Nacido en Caracas, Venezuela, el 11 de mayo de 1984, Andrés tuvo una infancia muy ligada a los equinos, pasión que sus padres, el empresario Carlos Gill y su esposa Chepita Gómez, alimentaron. “Estuve rodeado de caballos desde pequeño gracias a la afición de mi mamá por la equitación. Sin embargo, no me permitieron montar oficialmente hasta los ocho años en el Club Hípico”, rememoró en una entrevista concedida a la periodista María Elena Mendoza, en 2013.

Fueron tiempos en los que Andrés y su hermano Enrique Gill no tenían en común tan solo la afición por los animales, sino que también eran cómplices y, sobre todo, amigos. “Compartimos muchísimo, campamentos de caballos, concursos, nuestras primeras salidas, viajes; quedan tantos recuerdos. Todas las noches pasaba a mi cuarto y se quedaba dormido ahí. Yo tenía que empujarlo y decirle: ‘Pana, Andrés, por favor, vete para tu cama a dormir’. Se ponía de pie y casi medio dormido volvía a su habitación. Incluso compartimos nuestros primeros regaños. Eso sí, como hermanos, sin importar quién tuviera la razón, siempre nos apoyamos”, cuenta Enrique acerca de su infancia.

Entre los estudios escolares y las travesuras de la niñez, Chepito empezó a participar en las competencias de equitación. Sus amigos recuerdan que a sus 10 años, cuando perdió un torneo, su entrenador intentó consolarle con una reflexión: “Recuerda, Andrés, que viniste a ganar experiencia”. El muchacho no entendía bien qué significaba ello, por lo que contestó: “Yo no sé qué me dice usted, porque yo vine a ganar el campeonato”.

Ese espíritu luchador y emprendedor posibilitó que a sus 12 años ganara su primer trofeo, en el certamen de Salto Infantil organizado por la FEI (Federación Ecuestre Internacional), en 1996.

Al año siguiente, Chepito obtuvo más galardones en su categoría. Precedido a su corta edad por varias victorias, en 1999 tuvo que atravesar por la primera disyuntiva de su existencia, cuando le tocó competir contra su otro hermano, César. “Es mi ayuda y ha sido muy positivo en mi carrera. Siempre se alegró con mis éxitos y los hemos compartido. Nos corregimos mutuamente y nunca nos comparamos. Ojalá que en un futuro estemos juntos representando a Venezuela”, comentó Andrés en esa oportunidad.

Tras graduarse del colegio, se trasladó a Europa para entrenarse en Bélgica con los experimentados jinetes brasileños Nelson y Rodrigo Pessoa, entre 2002 y 2006. En aquel país conquistó el concurso de saltos de Moorsele, considerado el más importante en su categoría. Después logró triunfos en Fontainbleu, Francia; en el Gran Premio de Valkenswaard, Holanda, y en eventos del circuito hípico del Sol, en Vejer de la Frontera, España, donde compitió con más de 50 jinetes que estaban en la clasificación mundial.

“El éxito más grande que he conseguido y por el cual me di cuenta de que valía la pena sacrificar muchas cosas para lograr mis metas fue el primer lugar de mi primera competencia en Europa. Fue el domingo 3 de agosto de 2002, cuando entré por primera vez en una pista tan imponente como la de Valkenswaard y gané ante una cantidad de gente que jamás me había visto. Solo un caballericero venezolano, que asistía a unos jinetes alemanes, compartió conmigo la alegría de escuchar el himno nacional”, recordó Andrés a la prensa de su país.

Una de las anécdotas que rememora Enrique tiene que ver con las competencias en el viejo continente, donde su hermano subió a la tarima para recibir su galardón y escuchar el himno de Venezuela, pero los organizadores se equivocaron y pusieron el de Colombia. Cuando se hizo notar el error, lo buscaron en la red internet y lo solucionaron. “Desde entonces, Andrés llevaba con él un CD con el himno”.

Compitió de manera profesional desde 2005, con participaciones en las ediciones de los World Equestrian Games y campeonatos en varios circuitos de Estados Unidos. En el contexto regional obtuvo la medalla de oro en salto en equipo y la de plata en individual en los Juegos Bolivarianos en Lima, Perú, 2013; el oro junto con su equipo en los Centroamericanos y del Caribe en Mayagüez, Puerto Rico, y el oro individual en los Sudamericanos de Medellín, Colombia, ese mismo año.

En 2014 formó parte del equipo que ganó la medalla de bronce en los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Veracruz, México, resultado que lo llevó a los Juegos Panamericanos Toronto 2015, el cual fue realizado en Canadá.

Fue en ese encuentro regional donde Andrés consiguió uno de los logros más importantes de su carrera deportiva, cuando obtuvo la medalla de plata. En aquella ocasión, el sábado 25 de julio, el venezolano pasó en las rondas A y B en el primer lugar y despuntaba como favorito para quedarse con la presea dorada. De acuerdo con un reporte del periódico El Siglo de Venezuela, durante las primeras etapas llevaba la delantera, pero perdió en la ronda de desempate ante el estadounidense Mclain Ward.

“Esto es increíble. El sueño de todo atleta es ir a los Juegos Olímpicos y eso es realmente por lo que he estado trabajando durante los últimos tres años.

Logré clasificarme. Quería la medalla de oro, pero también me voy satisfecho con la obtención del cupo olímpico”, comentó a los medios después de la competencia.

Estos resultados le permitieron subir al puesto 41 en el ranking mundial de equitación. Con la mira puesta en colgarse una medalla en Brasil —según expertos en la disciplina ecuestre era uno de los favoritos para llevarse el oro— y siempre exigente consigo mismo, Andrés viajó a París, Francia, para competir en la temporada de verano, mientras que para invierno se trasladó a La Florida, Estados Unidos, donde fue entrenado por el irlandés Eddie Macken, una leyenda del salto ecuestre.

Su hermano Enrique lo recuerda como una persona alegre, llena de energía, un ejemplo de disciplina y, sobre todo, un gran ser humano, pues apoyó intervenciones quirúrgicas de niños de escasos recursos y fue designado embajador de Just World Internacional, una organización no gubernamental que apoya a comunidades pobres de países como Camboya, Honduras, Guatemala y Colombia, en especial en el área de la educación.

El éxito despuntaba en la vida de Andrés, no solamente en la parte deportiva, sino también en la personal, cuando el 5 de diciembre de 2015 contrajo matrimonio con Clementine Goutal, en México.

La luna de miel debía terminar pronto, pues el jinete quería prepararse para las Olimpiadas, así que para continuar su entrenamiento se inscribió en el Festival de Invierno Ecuestre en Wellington, una villa ubicada en el condado de Palm Beach, La Florida. Fue en ese lugar donde Andrés culminó, de manera intempestiva, la competencia más importante e intensa de su existencia, cuando el 4 de enero de este año su vehículo chocó contra un muro de concreto.

Su acompañante, Sophie Walker —esposa de su entrenador Brian Walker— murió al instante. Andrés, acostumbrado a pelear hasta el último instante, luchaba por seguir con vida, por lo que fue trasladado de inmediato a un hospital, mas los esfuerzos resultaron insuficientes.

Andrés estaba preparado para todo, incluso para su último galope, pues, con su espíritu siempre solidario, en vida decidió donar sus órganos, que ahora favorecen a siete personas que los necesitan.

Chepito deja muchos y muy buenos recuerdos, como el haber obtenido la única medalla panamericana para Venezuela en el deporte ecuestre, o la sensación de amor y orgullo en su familia. “No es fácil entender por qué se fue una persona tan buena —expresa Enrique—, pero algún plan tendrán para él y estoy seguro de que lo está haciendo bien. Tal vez lo llamaron para competir en las Olimpiadas del cielo y sin duda él es nuestro mejor representante”.

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