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Gastón Ugalde

El arte de bolivia tiene un sello en el extranjero 

La Razón / Miguel Vargas

00:00 / 26 de febrero de 2012

Sólo cuando su agenda se lo permite, Gastón Ugalde se da el permiso de sentirse nostálgico en torno a una taza de café. “Hoy, el arte en Bolivia se vive de forma muy distinta. Cuando mi generación empezó a trabajar teníamos intensas sesiones de todo tipo de música, de pintura, teatro; viajábamos mucho... nos acercábamos a diferentes expresiones. Organizábamos jornadas culturales muy interesantes.  Y, sobre todo, nosotros sabíamos reconocer a los grandes maestros...  Hoy, los jóvenes ya no saben ni quién es Alfredo La Placa. Es una lástima”. El café humea y Gastón se queda con la mirada fija en la plaza Abaroa. Allí empiezan a pasar estudiantes, profesionales y amigos que le regalan una sonrisa al pasar. Muchos son los que reconocen al artista visual que se ha convertido en un verdadero sello del ansiado “Hecho en Bolivia”. Pero él parece tener la cabeza en otra cosa.

Decir que la vida de Gastón Ugalde —nacido el 1 de julio de 1946 en La Paz— ha cambiado recientemente, no es del todo cierto. Este hombre al que se reconoce por el porte bohemio, el humor sardónico y la infaltable cabellera larga y enredada, siempre ha tenido un temperamento aventurero, de constante búsqueda, saltando sin miedo de una etapa a otra. Y la que hoy vive —y que le corresponde por derecho— es la de la consolidación internacional.

En plena avenida Ecuador está Salar, la galería - taller - cubil de Gastón Ugalde. En esta oportunidad, el refugio resguarda una gran cantidad de obras inéditas para las galerías paceñas. “El 2011 he estado lejos de casa. A excepción de la tradicional exposición en la Galería Nota de La Paz —ahora cerrada— mis exposiciones se concentraron en el extranjero”. Múltiples reseñas en revistas internacionales especializadas en arte y fotografía han destacado el trabajo del boliviano enamorado de las montañas y el salar de Uyuni.

El clásico boliviano

La apacheta, piedra ceremonial que marca el sino de quienes habitamos en un paisaje telúrico, ha sido una constante en la obra de Ugalde. Por ello, en el primer nivel del taller se encuentra, por el momento, una instalación dedicada a las formaciones rocosas. “La piedra me duele”, es lo primero que exclama. “Ahora he vuelto a ver los enormes pedrones que quedan allí donde nace el río Choqueyapu. Los picapedreros son capaces de convertir esos enormes monumentos con cientos de años de vida en astillas. La piedra me duele”, repite. Por eso aprovechó la oportunidad para hacer una instalación en que los distintos tipos de piedra que ha hallado en los caminos de Bolivia convivan en una especie de planetario fantástico.

Arriba de las escaleras está la parte más amplia del estudio, donde fotografías y lienzos ocupan las paredes, el suelo y los rincones más insospechados. En uno de esos está el ya célebre cuadro que muestra, con hojas de coca, la palabra y el logotipo de Coke. “Muchos coleccionistas me han dicho que es una obra que me ha marcado internacionalmente como artista, junto con el billete de dólar”. Un “clásico del arte boliviano”, lo han calificado otros críticos. Lo cierto es que la serie de pinturas en las distintas tonalidades de la hoja de coca se convirtió en fuente de uno de los regalos favoritos que entrega el presidente Evo Morales a los invitados distinguidos del país.

La fascinación por la coca, así como por la riqueza cultural de Bolivia y los movimientos sociales le ha valido obras con el reconocimiento internacional. Una que le significó una importante presencia en las bienales de Venecia y de Porto Alegre, así como en exposiciones en Roma o en Santiago ha sido Marcha por la vida. La obra consiste en un enorme textil conformado por tejidos de diferentes culturas del país, recolectados por más de dos décadas y que, a veces, mide más de 20 metros de largo por seis de ancho y se cuelga dentro de un museo o llega a una mayor extensión y se tiende en medio de una carretera para el paso de los camélidos o se enrolla, coqueto, a un lado de la vía. “Deben ser unas seis versiones que tengo de Marcha por la vida recorriendo el mundo”, cuenta Gastón sin falta de modestia. “Se trata de una obra que refleja los distintos cambios del país”.

El crítico boliviano Carlos Villagómez también se ha referido a esta obra, forjada al calor de la primera Marcha por la vida y el territorio del año 1991, en que llegaron caminando los indígenas de oriente hasta la plaza Murillo de La Paz, así como en los múltiples usos y significados del textil. “El gesto clausura la potencia expresiva del cobijo, del abrazo, para anudar las marchas por la vida hacia una visión cíclica de nuestra historia. Aquellas mantas que sirvieron para abrazar a los amantes en el rito del amor y de la regeneración de la vida; aquellas mantas-mortajas que guardaron celosamente y con infinito apego el cuerpo del familiar muerto en los múltiples octubres de nuestra memoria política; aquellos envoltorios del comercio y el intercambio infinito de los frutos de la madre naturaleza, de nuestra Pachamama, es el lienzo de nuestro actual fundamento estético: un ciclo cerrado, un nudo antimodernista con colores de tierra. No es el arte objetual desarrollado sobre los recursos inagotables de comunicación de nuestros quipus incas, es el vehículo polifacético de códigos expresivos, de recuerdos y nostalgias, de reminiscencias táctiles y olfativas que ahora se recrean, más que nunca”.

A esta obra de gran magnitud se suman las miles de fotografías que Gastón ha ido tomando a lo largo de más de tres décadas de movilizaciones sociales. “Tengo material para hacer más de un libro, lo que sucede en este país va más allá del performance y para los artistas es muy difícil impactar en una sociedad que vive cada instante de su vida de forma creativa”. Acto seguido, un gran camión atestado de maderas y muebles acomodados como para desafiar a la gravedad y a la lógica, pasa por ahí. “¿Ve? ¿Qué instalación puede superar esto?”, sonríe antes de tomar un sorbo más de su café y volver a perderse en una mirada hacia dios sabe dónde.

Un año lejos de casa

Si bien Gastón sigue siendo el de ayer, el mundo ya lo ha estado reclamando. El sábado 22 de octubre de 2011 abrió una muestra en la galería Christopher Paschall s. XXI en Bogotá, Colombia. Allí, una serie de pinturas dedicada a los chamanes fue la protagonista. “Dentro de los rituales andinos y amazónicos están estas sustancias, como la ayahuasca, que elevan a quien las utiliza, bajo la guía y control de un chamán, a un estado de conciencia más elevada.

Ahora esto está de moda para su uso espiritual y como una forma alternativa de curación. En estas imágenes he querido reflejar este tipo de estados”, describe. Una paleta más alejada de los ocres y más cercana a la celebración de los colores amazónicos presenta a estos personajes parecidos a las cabezas clavas, pero con detalles del chamán que sirve de guía en un mundo en que las percepciones se excitan hasta su máximo esplendor. Esta serie permanece inédita en Bolivia.   

Lo propio sucede con las cabezas escultóricas hechas con aguayos coloridos, que evocan también a las cabezas clavas y a los chamanes. Éstas se pudieron apreciar en Londres. “tengo la suerte de vender a colecciones internacionales”, rescata Ugalde.

Salar, un salto al mundo

Si bien la Galería Salar se inició en 1994 como Centro de Artes y Comunicaciones y con el objetivo principal de promover la escena del arte local en sus diversas formas y apoyar a nuevos talentos emergentes, el 2001 cerró sus puertas y se convirtió en el estudio del artista. El 2006 cambió de nombre a Salar Galería de Arte, en la figura de una plataforma de diálogo y de educación sobre el arte contemporáneo boliviano en el extranjero. Mariano Ugalde, el hijo de Gastón que vive en los Estados Unidos, se encargó a tiempo completo para representarlo a él y a artistas como Sonia Falcone (Santa Cruz) y John Fitzgerald (New York). “Ha sido una decisión difícil y un trabajo muy duro. Recién el año pasado hemos empezado a dejar los números rojos, pero los resultados se han reflejado en importantes ferias de arte y bienales del mundo”, dice Ugalde.

Por esta nueva forma de enfrentar el mercado del arte es que Gastón puede ufanarse de tener hoy una exposición en Uruguay y otra en Colombia, además de que su obra circula en prestigiosos portales de internet especializados en arte. “No me puedo quejar, me ha ido muy bien el 2011”.

En miras al futuro es  también muy optimista. Esto se nota en la serie de autorretratos que han vuelto a despertar en él ese amor por la fotografía. “Utilizo las bondades de la técnica digital, pero respetando el proceso de la tradición analógica en la impresión, consiguiendo un resultado diferente”. Ya sea salpicado de sangre y con vísceras en las manos, tapiado en una pared de ladrillos o sepultado en sal o coca, el ganador del premio Konex demuestra, utilizando su propio cuerpo, el gran momento que está viviendo. “Tengo la agenda de este año prácticamente copada, pero no quiero dejar de producir cosas. Por ejemplo, tengo ganas de volver a construir pueblos como los que hicimos alguna vez en los Lípez (Potosí) y que hasta el momento se han mantenido. Recuerdo que hice un portal de bienvenida varios kilómetros antes de llegar a uno de éstos. Ahora que regresé, las casas ya han desbordado este límite”.

Sin embargo, su mirada está depositada en otro lado mientras se termina el café y la gente sigue pasando y saludándolo. “Tengo que sacar más fotos en el salar de Uyuni. Hay que hacer algo más, recién ahora la gente está viendo su potencial. Yo necesito estar ahí, estoy pensando seriamente en irme a vivir allí”. Mientras tanto, apura un último sorbo sin saber cuál será la próxima sorpresa que le depare su carrera como el artista que se ha ganado el derecho de portar el sello de “boliviano” en el exterior.  

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