Escape

Generación nómada

Estos artistas callejeros que le escapan a las ataduras del mundo moderno viajan para intercambiar con otras culturas del planeta.

Marcos Rojas camina sobre una cuerda y a la vez hace malabares con espadas sobre la avenida Sánchez Lima. Foto. Veronica Avendaño

Marcos Rojas camina sobre una cuerda y a la vez hace malabares con espadas sobre la avenida Sánchez Lima. Foto. Veronica Avendaño

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Avendaño / La Paz

00:00 / 05 de marzo de 2017

Al momento en que el semáforo cambia a luz roja, Marcos Rojas (28) tiene tan solo 40 segundos para montar la cuerda que pende entre dos postes de luz, subir en ella y armar un espectáculo de equilibrio, coordinación y destreza. Es un artista callejero que lleva diez años viajando con solo una mochila a cuestas, recorriendo Sudamérica desde su natal La Pampa, una provincia de Argentina conocida por la exportación de cereales y carnes saladas. Su acto de malabares le permitió pisar suelo brasileño, peruano, ecuatoriano y disfrutar del actual paisaje paceño. Como él, miles de mochileros salen a conocer el mundo cargando solo lo necesario, decididos a trabajar haciendo malabares o música en la calle, ganando lo suficiente como para cubrir gastos de hospedaje y alimentación.

Las habilidades se van aprendiendo en el camino, algunos las perfeccionan y otros evolucionan sus destrezas naturales. Marcos, por ejemplo, comenzó lanzando pelotitas en el aire, “dos pelotas tienen que estar en las manos y una en el aire haciendo un ocho infinito”, describe su técnica. Si se domina esto, será mucho más fácil introducir a las rutinas materiales como clavas, machetes o palos con fuego, con el objetivo de desafiarse a sí mismo.

Francisco Nicolau, Carolina Gómez, Walter Playero y Abigail Castillo recorren el continente con su arte callejero.

En la vereda de enfrente, Patricio Piug (19) es otro joven nómada que lleva viajando al menos dos años bajo la premisa de “hacer malabares para ir a todos lados”. Según dice, ser malabarista callejero es más que solo ejecutar trucos con las manos, “el paso de cebra es tu escenario y la gente de los autos son tu público, es lo mismo que estar en un teatro y dar una función”, afirma entusiasmado. La Paz, por su alto tráfico vehicular, ofrece gran cantidad de “escenarios”, calles estratégicas que permiten mantener breves funciones de 40 segundos para deleite de choferes y peatones. La 8 de Calacoto, la esquina Sánchez Lima y plaza Abaroa, Busch y Díaz Romero, la 21 de Calacoto y Costanera, son lugares “donde el tiempo de luz roja en el semáforo permite hacer un buen show”. Patricio trabaja con machetes; el incorporar peligro en su breve espectáculo tiene mayor respuesta monetaria de la gente, afirma. Pero ningún trabajo es inofensivo, pues enseñando una cicatriz que deja ver ocho puntadas, este artista de la calle recuerda cómo durante una de sus funciones sufrió una cortadura en su mano izquierda, “fue un error de cálculos”, cuenta.

El círculo de viajeros “en el camino” puede llegar a ser pequeño. Varios de ellos se encuentran reiteradas veces en diferentes lugares, una conexión que consideran fantástica puesto que, para ellos, cargar un celular y estar conectado a las redes sociales no es esencial. Patricio comparte “el semáforo” con Felipe Alarcón (18), otro malabarista para quien el salir de su hogar con el deseo de viajar no fue fácil de entender por parte de su familia, pero la satisfacción que siente al viajar haciendo lo que le gusta no la hubiera encontrado quedándose en casa. Para ambos compañeros es fundamental practicar los malabares con el dinamismo del semáforo, el tiempo pasa rápido, uno tras otro se apodera del paso de cebra para dar un show que inicia con un amistoso saludo, algún chiste en medio para terminar con una reverencia: “¡Gracias!”, gritan recibiendo entre 50 centavos y 1 boliviano de parte del público.

Patricio Puig realiza malabares con unas espadas sobre la avenida Busch.

Ellos son parte de una generación que no siente ataduras con el futuro, viven el momento y sin las comodidades a las que la sociedad está acostumbrada. Tomar la decisión de viajar en estas condiciones es impensable para muchos, pero para quienes no encuentran sentido al rutinario camino repetitivo del trabajo al hogar y del hogar al trabajo, es una opción atractiva. Esa fue la elección que también tomó el argentino Francisco Nicolau (31), técnico electrónico que trabajó por varios años sintiendo que su vida no iba a ningún lado. Entonces decidió darle otro rumbo. Sus armas: una guitarra criolla y una rutina cómica de las que hace gala en los buses que transitan la ajetreada La Paz. “Al estar metido en una ciudad tienes todas las comodidades: tu familia, tus amigos, tu trabajo, el Facebook, el WhatsApp, tienes todo solucionado; uno como viajero cambia su forma de pensar, no la tienes fácil ni para comer, ni para dormir”, explica y subraya que un viaje “a dedo” tiene posibilidades infinitas y que ayuda a formar el carácter de cualquier persona. En suma, la experiencia ofrece mucha riqueza cultural al viajero, pues lo pone en contacto con personas de diferentes países.  En su paso por Jujuy, Francisco conoció a dos viajeras con su misma filosofía de vida: Abigail Castillo (20) y Carolina Gómez (22). Ambas se lanzaron de viaje juntas y actualmente practican swing (baile con banderas) en los semáforos. Su propósito es viajar todo el año. “Las chicas nos manejamos solas tranquilamente, pero para ir más seguras vamos juntas”, dice Abigail mientras recuerda cómo su madre no apoyó su decisión de viajar sola. “Casi le da un infarto”, dice entre carcajadas.

Mientras Abigail luchó por su lado con la obligación de reportarse a casa cada cierto tiempo, su compañera Carolina se preocupó más por sacarse el miedo de actuar en la calle. “Es otro trabajo más”, comenta. Si bien dominar el arte del malabarismo toma su tiempo, el desafío también es desarrollar una performance afectiva ante un público que no siempre se muestra amable. La motivación diaria que Carolina tiene en su desempeño artístico es la variedad de paisajes que encuentra al llegar a un nuevo destino.

Felipe Alarcón realiza un número con un juego de mazas.

Similar es la historia de Wálter Playero (34), quien se acopló al grupo de viaje después de sufrir un accidente en motocicleta años atrás que lo dejó un mes y medio en estado de coma. Actualmente no puede realizar malabares debido a las lesiones que le dejó aquel incidente; sin embargo, las ganas de salir de viaje, una vez más, superaron las recomendaciones del doctor para una recuperación segura, pero lenta.  “Hoy no saqué ni para comer porque estuvo lloviendo, pero mañana el día puede estar lindo, es relativo eso, no tienes control sobre eso”, asegura Walter, cuyo nuevo instrumento de trabajo es una espátula para limpiar los vidrios de los autos.

En Bolivia hay mayor cantidad de malabaristas argentinos trabajando en “el semáforo”. Sin embargo, esta actitud nómada es propia de Latinoamérica: bolivianos, chilenos y peruanos cruzan el cono Sur mostrando su arte callejero. Ricardo Imana es un boliviano (26) que viaja desde hace un par de años y actualmente se encuentra en Brasil. “Viajar te pone en situaciones que no suceden dentro de casa”, cuenta. Según él, la comodidad que te da el siglo XXI encarcela a la sociedad. A decir de Ricardo, los viajeros bolivianos tienen como principal destino Centroamérica y Europa. “¿Cómo te ves en dos años?”, es la pregunta obligada. “Con 28 años”, responde dibujando una sonrisa en el rostro.

Vivir el día a día, disfrutar el momento y lo que se está haciendo es la verdadera riqueza que deja el viajar, aseguran estos nómadas, “decidir alejarte de tu área de confort, apagar el celular y cargar la mochila con la esperanza de conocer el mundo. Simple y como diría un viajero de paso: “¡Si tienes ganas, hazlo!”. l

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