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Glenda Yáñez

Esposa, madre, un día de 2011 se vio sin casa después del deslizamiento que ocurrió en Callapa. Su nuevo hogar, donde vive con su marido y sus tres hijos, es una granja abierta a niños y jóvenes. Emprendedora.

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 28 de julio de 2013

El megadeslizamiento de Callapa (La Paz) se llevó la casa que Glenda Yáñez y su esposo José Delgado habían construido no mucho antes de aquel 2011 fatídico. Pasado el susto, estaba el imperativo de levantar un nuevo hogar, pero, recuerda esta madre que entonces estaba embarazada de su tercer niño, en la prensa —donde buscaba anuncios de venta de inmuebles—, salían publicados mapas que señalaban los lugares de riesgo de la ciudad, “y me parecía que no había lugar seguro”. En tales circunstancias, un aviso llamó su atención: nueve hectáreas en un lugar llamado Quentavi, en el límite entre El Alto y Laja. Un viejo sueño comenzó a imponerse y a desterrar el sentimiento de tragedia que vivía.

Años atrás, cuando estuvo en Argentina por trabajo, había visto granjas que trabajan con niños como una forma de entretenimiento y educación. Quentavi podía ayudarla a poner en marcha algo similar y logró convencer a su esposo, de manera que ya no hubo dudas.

La granja de Glenda se llama Wawa Uta (la casa de los niños) y, con ayuda de profesionales en agronomía y pedagogía, está cambiando ese paisaje altiplánico árido por uno más verde y lleno de vida.

“Antes, como habitante de La Paz, yo no veía bondades en El Alto; pues he descubierto muchas: la vida es más barata aquí y, con trabajo, con las carpas solares, es posible producir alimentos variados”.

Hortalizas, verduras y tubérculos crecen de manera ecológica, natural. “Los niños que vienen pueden arrancar una zanahoria de la tierra, o cosechar perejil, apio, lechugas... Y se las damos para que sus mamás les cocinen una sopa. ¡Hay que ver cómo se sorprenden y emocionan!”.

La casa de la familia de Glenda es parte de la propia granja. Sus hijos Anelís (11 años), Luciana (3 años) y Santiago (un año y meses) —este último nació poco después del deslizamiento— tienen cerca a patos, gallinas, conejos, codornices, ovejas, cerdos, vacas y burros.

Los visitantes pueden tocar a los animales y, con suerte, conocer a los recién nacidos. El 16 de julio nacieron, por ejemplo, siete cerditos. Y antes de la vacación escolar de invierno, una oveja.

Los profesionales, dice y seduce Glenda, guían el paseo por Wawa Uta y explican temas medioambientales. Reciben también a jóvenes —para quienes hay actividades, como la cosecha de papas— y a cuanto interesado haya en retornar al contacto con la naturaleza (informes en www. granja wawauta.com).

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