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Grafiteros, el poder de la lata

El arte del grafiti ha evolucionado de ser una expresión marginal a ganar las paredes de un modo institucional.

Un grafitero pinta con su aerosol. Foto: Wara Vargas

Un grafitero pinta con su aerosol. Foto: Wara Vargas

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo / La Paz

14:41 / 28 de noviembre de 2016

En más de una ocasión tuvo que salir corriendo porque lo confundían con un pandillero solo por lucir las manos y ropa manchadas y cargar una mochila que lejos de portar armas se encuentra casi siempre llena de aerosoles con pinturas de color. Entonces, tras algunos contratiempos de ese tipo, comprendió que esta actividad no tenía por qué ejercerla a la sombra, mimetizado entre los supervivientes de la noche. De esta manera empezó a pintar bajo el sol pleno, a la vista de los que indistintamente aprueben o censuren esta forma de expresión urbana considerada inicialmente artillería contestataria. Pero no siempre fue así.

Alfredo Ocampo empezó con eso de las latas (como se le llama al spray en el argot grafitero) y los dibujos en muros hace más de dos décadas influenciado por, casi como todos los de su generación, películas, entre ellas títulos como Estilo salvaje (Charlie Ahearn, 1982) o El ritmo de la calle (Stan Lathan, 1984), producciones estadounidenses que narran las vivencias de tribus urbanas cultoras del rap, el break dance, el hip hop y los grafitis en Estados Unidos. Los precursores bolivianos tuvieron unos comienzos muy diferentes a esos personajes de ficción. Cortos de recursos, Alfredo y su puñado de colegas noctámbulos empezaron a plasmar sus trazos con los sobrantes de pintura que conseguían por algunas monedas, ayudados por viejas brochas que remojaban en gasolina o thinner para volver a proferirles una misión: iluminar con sus creaciones las lúgubres paredes de la ciudad. Así, estos muchachos inconformes empezaron a formar una cuadrilla suburbana y marginal con altos índices de protesta, búsqueda de reconocimiento y reivindicación.

La llegada al país de Marcelo Yáñez en la década del 90 ayudó a apuntalar este movimiento de chicos desprolijos. Hijo del recordado compositor de folklore Gerardo Yáñez, Marcelo nació en Alemania y a los seis años ya se sentía influenciado por los ritmos del break dance estadounidense que llegaban a Europa. A los 12 se animó a pintar grafitis en las paredes de Berlín, hasta que sus padres lo sorprendieron con el anuncio de un viaje a La Paz, donde lo anotarían en el colegio Alemán de Achumani apenas arribado.

Allí lo apodaron El Cholo por ser el único de su clase que vivía en la zona norte de la ciudad, casi un estigma para muchos de los que radican en el acomodado sur paceño, lo cual fue advertido por el también rapero que empezó a hilvanar sus ideas agarrándose de muchos de aquellos prejuicios propios de esta sociedad. Así, con ese background, las murallas pasaron a ser su tela para la denuncia. “Como había llegado de Europa, vino con ideas nuevas, además de trabajar con pintura en aerosol. Sus diseños eran sorprendentes para esos tiempos”, dice Alfredo. Entonces el término grafiti empezó a ser consentido y asociado a la cultura del hip hop, aunque en realidad se trata de un enunciado con características propias. “Se lo relaciona con el rap y las pandillas, pero es tan antiguo que existe desde la historia misma del hombre que intenta dejar huella con sus pinturas”.

Transgredir era el objetivo principal de estos artistas anónimos y outsiders (en la periferia de las normas sociales). Por ello, como consecuencia de su intrépida labor, se la vieron en negrillas en más de una ocasión. “Tuve que escapar varias veces”, cuenta Alfredo. Sucede que el grafiti también fue adoptado por pandillas en su tarea de demarcar el territorio del que se sienten amos y señores. O para hostigar a los rivales en su constante declaratoria de guerra. “El grafiti sirve para la difusión de las intenciones de una banda. Se advierte a los forasteros que están entrando en una zona prohibida. También puede notificar a los clientes potenciales de drogas o sexo”, señala el sociólogo español Guzmán Urrero en su estudio sobre la Historia del grafiti.

Según el texto, estos gráficos reproducidos en las urbes tienen “voluntad de estilo; pueden contener o no palabras: lo importante es, en ellos, el mensaje de las formas (...) Las que llamamos pintadas utilizan el lenguaje verbal para transmitir unos determinados contenidos semánticos: prima en ellas la voluntad de información y de actuación sobre el receptor, el mensaje de los contenidos”.

Con el paso del tiempo, esta coloreada experiencia se fue haciendo más visible en la hoyada paceña, con intentonas por hallar un estilo propio (cholas, llamas, montañas, el indigenismo en boga), con el añadido de que el grafiti también ha sido adoptado por publicistas y marketineros, lo que se traduce en una suerte de institucionalización de aquello que en cierto momento había sido considerado una manifestación reñida con lo establecido. “El grafiti debe irrumpir, es su característica más particular”, explica por su lado Gabriel Sevilla, otro del rubro aunque surgido en la última década. Él estudió Bellas Artes y responde a una escuela menos “agresiva” y menos “intolerante” que recurre al mayor abanico de posibilidades para pensar y exhibir un concepto. Según Guzmán Urrero, vivimos “el símbolo de una globalización cultural cada vez más acusada (…). Por lo demás, se da la paradoja de que lo que fue una práctica marginal durante sus inicios, ha logrado anular todo su significado transgresor décadas después, convirtiéndose en un signo más de la moda del momento en todo el entorno occidental”.

En ese sentido, muchos de los grafiteros locales, siguiendo una tendencia internacional, trabajan haciendo gestión para que sus obras se plasmen y perduren lo más que se pueda en la memoria colectiva, aunque ello signifique soslayar su carácter contestatario. “Hay gente que trabaja con alcaldías e incluso con el Gobierno central”, dice Alfredo. Luego intenta explicar lo que hace a la diferencia. “También existen discrepancias; algunas corrientes sugieren que esta nueva tendencia se acerca más a otra forma de arte urbano que al grafiti original, que tiene un principio más transgresor”, y como ejemplo cita las acciones de la activista feminista María Galindo y sus crudos manifiestos. Hace algunos meses, ella fue motivo de una gran polémica que se instaló en medios y redes a raíz de diversos grafitis que atacaban a la esposa del alcalde paceño Luis Revilla, Maricruz Ribera, quien encabeza una campaña llamada “Yo... soy mi primer amor”, dirigida a las adolescentes para fortalecer su autoestima con el fin de prevenir, principalmente, la violencia en los noviazgos ante las alarmantes cifras de los últimos años sobre casos que concluyen en feminicidios. Una vez más el grafiti maniobró como testimonio de las relaciones entre ciertos sectores de la ciudadanía con el momento político y social que se vive.

Alfredo admite que la esencia del grafiti ha cambiado en el planeta spray. Y que se entera de ello en los diversos encuentros con colegas de otros países donde intercambian técnicas además de vivencias. Como la convención realizada los días 11, 12 y 13 de noviembre denominada Mos Bolivia, evento que acogió a representantes de México, Colombia, Ecuador, Brasil, Perú y Chile, en el que los virtuosos del dibujo pasearon por las calles paceñas para colmar de belleza sus paredes, consensuando temáticas para graficarlas en comunidad buscando la sensibilización.

Tan solo con el poder de la lata.

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