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El Gran Poder y el abandono de Pazña

Historias de dos iglesias en el municipio orureño. Los lugareños relatan los mitos y también denuncian los robos.

Devoción. Rolando Heredia observa la imagen de Cristo “tatuada” en el cerro Torreaque, en el municipio de Pazña, ubicado a 81 kilómetros de la ciudad de Oruro. Foto: Luis Gandarillas

Devoción. Rolando Heredia observa la imagen de Cristo “tatuada” en el cerro Torreaque, en el municipio de Pazña, ubicado a 81 kilómetros de la ciudad de Oruro. Foto: Luis Gandarillas

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R. / La Paz

00:00 / 24 de septiembre de 2017

El rostro “tatuado” de Cristo que aparece en medio del cerro Torreaque, en Pazña, no solo es atractivo por su peculiaridad, sino también porque sus fieles guardan varias historias, en un municipio que tiene el orgullo de proteger un Cristo de Gran Poder y otra iglesia que alguna vez fue ostentosa y para la que sus fieles ahora reclaman atención.

En las charlas, a poco de llegar a Pazña (ubicado a 81 kilómetros de la ciudad de Oruro), los pobladores hacen referencia al Gran Poder que se encuentra en el cerro. Hugo Gonzales, amauta de este pueblo, señala que los sullus (fetos de llama) deben mirar hacia aquella colina cuando se dejan las wajt’as (ofrendas rituales), “porque es el patrón del pueblo, todo lo hacemos con su licencia”. Se trata de una iglesia que protege la imagen de Cristo fijada en una piedra.

La iglesia de Gran Poder está ubicada delante del cerro Torreaque.

“Hazme una casa y yo te llevaré a la mía”, parafrasea Rolando para iniciar su relato, pues es descendiente de Higinio Heredia, quien convenció al pueblo para que se construyera un templo. “Los turistas que llegan me vienen a buscar a mí y les explico lo poco que sé”. Rolando se encarga de recibir a los visitantes en cuanto los organizadores del viaje lo convocan para que hable del templo. Él no es cuidador ni guía turístico, sino que se dedica a la agricultura, pero sabe mucho acerca de los mitos que rodean a la imagen.

“En el campo tenemos nuestras flechas y siempre salimos de caza”, dice. A principios del siglo pasado, cuatro niños de la familia Carvallo salieron a cazar algún animal que rondase por el campo semiárido de Oruro. En ello hallaron el rostro de Jesús pintado en la parte lisa de Torreaque. Al creer que se trataba de una imagen cualquiera, uno de ellos raspó la figura y dañó un poco su ojo derecho.

 Vista panorámica del templo de Urmiri.

La iglesia no se diferencia de las que se encuentran en la zona rural. Con un estilo arquitectónico contemporáneo y paredes rectilíneas, lo que la hace diferente son las paredes blancas que han sufrido los embates de la humedad.

De hecho, adentro también tiene un diseño sobrio, con ventanas amplias y pinturas sencillas de las 13 Estaciones por las que pasó Jesucristo. Ahí, las paredes amarillas y el techo blanco contrastan con el fondo rocoso, donde hay un marco dorado grande que parece proteger una pintura.“Se pueden dar cuenta de que está un poquito malogrado”, asegura el agricultor de Pazña cuando señala el rostro de Jesús en medio del marco dorado que parece un sol resplandeciente. Al mirar con atención, uno cae en cuenta de que no se trata de una pintura, sino de una especie de sello en la piedra, mientras que el supuesto raspón en el ojo está cubierto con una corona.

Parado a los pies del altar, Rolando relata que, en la década de los 20, Dios apareció en los sueños de su bisabuelo Higinio, a quien le dijo: “Hazme una casa y yo te llevaré a la mía”. Por ello, con ayuda de la población, en 1927 empezó la construcción del templo. De acuerdo con lo que escuchó de sus abuelos, el templo fue inaugurado el 31 de marzo de 1930. Ese día, cuando ya había concluido la fiesta, Higinio murió a medio camino a su casa. “Ahí se cumplió lo que le había dicho el Señor: ‘Hazme una casa y yo te llevaré a la mía’”. El cumplimiento de esa promesa valió para que el bisabuelo de Rolando fuera enterrado debajo de la imagen que es objeto de celebración desde el 13 hasta el 16 de septiembre.

“En 1969, dos personas se prestaron las llaves de la iglesia”, continúa hablando el agricultor. “Cuando vieron la imagen del Señor le pusieron nubes, estrellas, trataron de darle mayor resalte”. Ello ocurrió —asegura el guía— a las 13.00. A las dos horas un huracán avanzó sobre la población, que si bien fue fuerte, no destruyó nada en su paso. “Ni siquiera se doblaba la paja de los techos, absolutamente nada”.

 La luz que atraviesa la ventana ilumina el polvo que rodea a la Virgen María.

Asustada, Martha Ríos, cuidadora del templo, recordó que había prestado las llaves a aquellos muchachos. Cuando ella entró a la nave principal, observó con desazón que la figura estaba pintada y de inmediato hizo tañer las campanas para convocar al pueblo. “A las seis de la tarde se reunió toda la población y las autoridades, quienes determinaron que se tenía que despintar la pared”, pero cuanto más lo intentaban, el rostro se hacía más nítido. “Por eso es que está muy claro; a veces hasta parece una fotografía”, recalca el descendiente de Higinio.

En un sus inicios era conocido como Señor de la Exaltación, después fue bautizado como Señor de Pazña, hasta que —como consecuencia de los favores que aseguran reciben los creyentes— al final recibió el nombre de Jesús de Gran Poder.

Muros de adobe protegen el templo que fue inaugurado en 1790.

A ocho kilómetros del Cristo en la piedra se encuentra el distrito Urmiri, un pueblo adonde antaño llegaba gente de todas partes a su santuario y que desde hace unos años ha sufrido la pérdida de su riqueza artística. Protegido por muros gruesos y marcos de adobe, el frontispicio del templo de estilo barroco llama la atención gracias a los detalles que rodean la vetusta puerta.

En la parte superior del zaguán de madera se observa desde lejos el año en que fue inaugurado: 1790, “pero me han comentado que la iglesia es de más antes de lo que indica aquí”, comenta Felipe Ramos, el encargado de cuidar el santuario.

La iglesia es colonial, con pilares, columnas y púlpitos tallados, y paredes de al menos dos metros de grosor. Adelante, el retablo es similar al de la basílica menor de San Francisco, con detalles que alguna vez relucieron su capa de pan de oro.

“Antes, la iglesia estaba llena. Primero se han perdido las arañas, que eran lindas; después han sido los cuadros y los santos, que dicen que eran de puro oro”, indica María Ventura viuda de Fernández, quien nació en el cantón Avicaya, pero que reside en Urmiri hace 50 años. Los muros que hace tiempo eran relucientes ahora están teñidos por el barro que ha caído de los resquicios de los techos, y de esas imágenes de las que habla María solo hay espacios huecos y abandonados.

Felipe, el cuidador del santuario de Urmiri, muestra la campana que cuelga en la torre.

“Se siguen perdiendo, en vano hemos buscado, hemos ido a ver hasta yatiris, pero en vano, no aparecen, no se sabe dónde están. Seguro que los han vendido. Otros dicen que están por aquí. No se puede encontrar hasta ahorita”, se lamenta Felipe, quien no puede hacer mucho por las carencias que existen en la comunidad.

“Teníamos cuadros de Moisés, había hartos y lindos. Se llevaron todos. Después fueron los tallados, santos y ángeles”, explica Óscar Miranda, subalcalde de Urmiri, ante las paredes vacías. Hace un tiempo, cuando las autoridades visitaron el Viceministerio de Turismo, les informaron que los trabajos de restauración y de seguridad para evitar más robos iban a costar cerca de Bs 12 millones, pero no pueden conseguir el dinero porque “somos, tal vez, el municipio más pobre de Oruro”.

En la plaza principal, donde un reloj de piedra indica que falta poco para el mediodía, unos niños que juegan con trompos ignoran que antes los visitantes llegaban hasta Urmiri desde otras regiones para celebrar fiestas de sus santos, pero que con el robo de las obras, la única celebración es el 8 de septiembre, en honor a la Virgen de Guadalupe. Quién sabe, tal vez escuche los rezos y ayude a que este templo sea restaurado y se acerque a las glorias pasadas, mucho antes de que don Higinio Heredia fuese llevado a la casa eterna del Señor.

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