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Guaridas de autores

El País de madrid / Ana Marcos,

00:00 / 17 de junio de 2012

En el caso de Emil Sinclair, protagonista del Demian de Herman Hesse, o de Florentino Ariza, el enamorado de El amor en los tiempos del cólera, las casas, en concreto las habitaciones, eran el lugar para el desvelo, la purgación, la agonía y la esperanza. Ese pequeño espacio de intimidad sólo vulnerado por la mirilla en la que se convierte la literatura al transformar lo privado en público sin preguntar al interesado.

En Las casas de la vida (Ariel), los académicos Daniel Cid y Teresa-M. Sala les devuelven la jugarreta a los escritores. Abren de par en par los habitáculos donde se crearon algunas de las mejores historias de la literatura contemporánea, convirtiendo la casa en un género en sí mismo. La última en desvelarse ha sido la casa amarilla que Truman Capote alquiló entre 1955 y 1965 en Brooklyn. La vivienda en la que el escritor escribió dos obras maestras de la literatura: A sangre fría, con la que cambió el curso de la literatura y el periodismo, y Desayuno con diamantes, fue vendida recientemente por nueve millones de euros.

Cuando regresaron los pájaros

Una mañana del verano de 1824, J.P. Eckermann paseó con Johann Wolfgang Goethe hasta su casa de madera a orillas del río Ilm. Una anécdota más de las que aparecen en su libro, Conversaciones con Goethe, que le sirvió para profanar de cierta manera la intimidad del escritor. Un espacio que tiempo después otros tantos visitantes pudieron invadir de manera diferente: “Hasta se copió la pátina o los círculos concéntricos en el suelo, huella de las puertas”, recogía Eckermann.

Era una cabaña en la que se disfrutaba de la paz de una soledad profunda en plena naturaleza. El piso inferior contaba con una sola estancia habitable y de la pared colgaban mapas y grabados, además de un retrato de Goethe pintado por su amigo J.H. Meyer a su vuelta de Italia. A las tres habitaciones del piso superior se accedía por unas escaleras. Eran todas minúsculas y poco confortables, demasiado frescas para aquella mañana. Aquel lugar en el que escribía Goethe, fue también al que acudió Jorge Semprún cuando salió del campo de concentración de Buchenwald, a 10 kilómetros del lugar. Allí volvió a ver pájaros, los mismos que se habían marchado por el olor a carne quemada.

Siguiendo el ensayo A room of one’s de Virginia Woolf, se pasea por las estancias de Emily Dickinson visitada por Natalia Ginzburg. La poetisa vivió encerrada en la mansión que su abuelo había construido cerca de Boston donde escribió más de 1.700 poemas y unas mil cartas. Ginzburg visitó este lugar en 1969 y escribió un ensayo en el que descubre que la vida de la autora no distó mucho de la de tantas mujeres solteras que decidieron envejecer en ese pueblo. El hogar para ella era algo sagrado, protegido por la omnipresencia de su padre Edward.

Uno de los deseos secretos de Salvador Dalí era hacerse con la casa de los hijos de Lidia en Port Lligat, a 15 minutos de Cadaqués, al otro lado del cementerio. En La vida secreta de Salvador Dalí el pintor narra la manera en que convirtió “esta choza en un espacio habitable”, el lugar que más le gustaba del mundo. Contrataron un carpintero y Gala y él elaboraron todos los detalles, hasta el número de peldaños de la escalera o las dimensiones de la ventana más pequeña. “Ninguno de los palacios de Luis II de Baviera despertó en su corazón la mitad de las inquietudes que aquella choza prendió en el nuestro”, escribiría Dalí. La cocina debía ser muy pequeña, cuanto más pequeña, “más intrauterina”. Con el único adorno extravagante que se propuso, un incisivo que acababa de perder.

Arquitecturas interiores

La última guarida de Le Corbusier en Cap-Martin fue retratada con sorpresa por el fotógrafo Brassaï, en el libro Los artistas de mi vida. “Imaginen mi sorpresa cuando entré en un apartamento bastante desordenado, lleno de muebles viejos, y una extraña colección de antiguallas. Incluso su enorme mesa de dibujo estaba repleta de objetos, libros y archivos”, manifestaba el fotógrafo. Su mujer, incluso así, adoraba aquel espacio en el corazón del barrio parisiense de Saint-Germain-des-Près, donde vivían desde 1917. Años después, en 1933, harto de las observaciones de la gente que buscaban en la intimidad de Le Corbusier la pulcritud de sus líneas, el arquitecto construyó un edificio donde reservó un dúplex para vivir, para disgusto de su esposa.

En algún momento del undécimo capítulo de La poesía es un oficio, Pablo Neruda explica cómo construyó su casa de Isla Negra como si de un juguete se tratara. “El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él. He edificado mi casa como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche”. Su apartamento en la isla era una suerte de puerto marítimo, lleno de veleros encerrados en botellas y demás embarcaciones que se desparramaban por la casa y el jardín para el disfrute del Neruda anciano-niño.

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