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Hágalo usted mismo

Para JPM, que hoy viste una camisa azul de leñador, el último hit no es la tecnología, sino el reciclaje.

JPM, jubilado de 65 años, posa en el taller de su antigua casa.  Allí descansa una gran parte de su equipo de herramientas. Foto: Álex ayala

JPM, jubilado de 65 años, posa en el taller de su antigua casa. Allí descansa una gran parte de su equipo de herramientas. Foto: Álex ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 01 de febrero de 2015

La última invención de JPM, jubilado de 65 años, es un diminuto reloj solar que elaboró con un trozo de escoba, un clavo y una pita con la que se ajusta a la muñeca. Se trata de la versión minimalista de otro que instaló en un tronco del patio de su vivienda (en Santa Cruz de la Sierra) y que calibra en verano y en invierno. El pequeño se lo regaló a su nieta hace unas semanas. “Lo hice justo para ella, para que se preocupe por averiguar por dónde entra y sale el sol cuando el cielo está claro”, me explica. “Para incentivarla”.

Para  JPM, que luce una pelambrera entre canosa y gris que lo hace parecer a Roger Waters —el mítico vocalista de Pink Floyd— y que hoy viste una camisa azul de leñador, el último hit no es la tecnología, sino el reciclaje. Él está acostumbrado a recolectar plásticos, fierros y maderas de las calles y de los escombros de las obras que están a medias para volver a utilizarlos. Y su máxima es: hágalo usted mismo. Durante una temporada, para alimentar la batería achacosa de su vieja minivan —es decir, para que reaccionara cada vez que la necesitaba—, colocó un mini panel fotovoltaico. “Claro, tardaba un poco más de lo normal en cargar, pero al menos conseguí que el motor arrancara cuando tenía que movilizarme”. En más de una ocasión, ha concebido muebles con los cachivaches aparentemente inservibles que suele encontrar en las aceras durante sus paseos. Y ha ideado un simpático sistema musical con botes vacíos de desodorante que le avisa cuando alguien atraviesa la puerta que lleva a sus dominios.   

Los tíos de JPM eran carpinteros y a él siempre le fascinó ver cómo de sus manos salían piezas firmes e irrepetibles. Cuando era niño, le encantaban los camiones y él mismo los modelaba a veces con pedazos sueltos de lata. Años más tarde, se hizo cargo de las cámaras de un conocido canal televisivo —y se las tenía que ingeniar para que nunca dejaran de transmitir en vivo—. Y desde hace mucho no da nada por perdido sin haberlo revisado antes concienzudamente. “A mí, nunca me ha gustado botar por botar. Y me da pena cuando alguien prescinde de una aspiradora solo porque se atasca”.

Tablones viejos

Habitamos un planeta en el que se ha impuesto la obsolescencia programada. Y muchos de los aparatos que manipulamos a diario llegan hasta nosotros con fecha de caducidad incorporada, debido sobre todo al interés de los fabricantes por multiplicar su plata. Aunque ya existen las condiciones como para producir un foco que dure más de un siglo, los que se comercializan se funden antes de las 500 horas de uso. Nos prometen un mundo infinito, pero hay celulares con baterías precarias que se estropean a los pocos meses. Y en este entorno en el que nada es lo que parece, JPM se ha convertido en un profeta cuya misión es hacernos entender que (con una pizca de inteligencia y de maña) nos podemos enfrentar a esa cultura de lo efímero que se ha vuelto tan cotidiana.

Cuando residía en La Paz, durante la “guerra del gas”, un conflicto que mantuvo a la ciudad en vilo —incomunicada y sin víveres—, JPM improvisó una cocina a leña y purificaba el agua poniéndola al calor de la terraza de la construcción que compartía con el resto de su familia. Desde hace más de un lustro, cada vez que regresa a este escenario en el que vio crecer a toda su descendencia, lo habitual es que le pidan que recupere objetos que otros ya habrían dado por imposibles: una radio que zumba con insistencia, un cronómetro de cocina que ya no suena, una pelota pinchada, una bicicleta doblada. A su hija mayor acaba de recomponerle la montura partida de un par de lentes nuevos. A su único hijo, el arco para violín con el que ensaya cuando el trabajo le permite algunas horas de asueto. Y recientemente lo sorprendí profanando un cortapicos como si se le fuera la vida en ello y logró conmoverme por unos momentos (su gesto era similar al de los adolescentes tras su primer beso; y su meticulosidad, la de un alfarero).

En sus ratos libres, JPM, este apóstol del bricolaje capaz de convencernos de que (hasta que se demuestre lo contrario) todo es eterno, crea también obras de arte con la ayuda de tablones viejos (para armar la última, por ejemplo, ha mezclado uno de ellos con varias llaves de sierra que ni siquiera son capaces de abrir una cerradura maltrecha).

Además, se enorgullece de no haber solicitado los servicios de un electricista en varias décadas. “Siempre me he hecho cargo de las conexiones en la casa y he podido ahorrar bastante gracias a eso”, me comenta. Y lo único de lo que se arrepiente es del tubo que habilitó para el teléfono (porque se moja cuando llueve y la señal desaparece).

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