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Heraldos de la danza amistad

Los bailarines narran la aventura de representar a Bolivia en el XI Festival Infantil Bailando por la Paz del Mundo.

Caporal. Gael Cuentas y Andrea Robles ensayan en el Centro Cultural Alfredo Domínguez. Foto. Luis Gandarillas y Wendy ávila

Caporal. Gael Cuentas y Andrea Robles ensayan en el Centro Cultural Alfredo Domínguez.. Foto. Luis Gandarillas y Wendy ávila

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda / La Paz

00:00 / 25 de abril de 2018

Cuando Andrea Robles (13) supo que representaría a Bolivia en el Festival Infantil Bailando por la Paz del Mundo fue a abrazar a su compañera, que no podría ir. “Fue una sensación agridulce”, comenta su mamá Wendy Ávila. Muchas noches de ensayo y trabajo habían valido la pena, pero Andrea estaba angustiada. “Fue lindo, porque después de conocer quién había sido elegida, ella me dijo que yo lo merecía”, cuenta Andrea, algo sonrojada.   

 Baila danzas folklóricas desde hace un par de años, en el Centro Cultural Alfredo Domínguez —que dirige Nelly Cortez—. Su compañero de aventura fue Gael Cuentas, que también tiene 13 años. Ambos participaron en mayo de 2017 de la onceava versión de este festival, que reúne anualmente a niños de hasta 13 años. Los jóvenes artistas de Latinoamérica y Europa llegaron hasta Puebla, México, para mostrar sus mejores danzas en pareja.

Los bailarines bolivianos eligieron cueca chapaca, caporal y chovena. “Teníamos que pensar en danzas que nos gustaran, pero que tuvieran trajes fáciles de llevar y no muy gruesos”, cuenta Andrea, mientras Gael complementa: “La cueca tarijeña es lo que me inició en la danza; cuando vi a mi hermana bailarla, fue cuando decidí que yo también quería bailar. Le tengo un cariño que va más allá del gusto”.

Gael tuvo diferentes razones para prepararse con esmero. Lleva nueve años bailando —desde que tenía cinco años— y sería la tercera y última vez que participaría en el festival. Entre las horas de ensayos regulares y aquellas dedicadas solo a la cita internacional,  Gael y Andrea bailaban un promedio de 14 horas semanales. “Luego, cada uno ensayaba en su casa, porque no todo salía bien en los ensayos. Nuestra sala era su escenario y todos estuvimos apoyándola”, explica Wendy, quien hizo teatro durante muchos años y ahora busca que su hija tenga experiencias a las que tal vez ella no pudo acceder.

Nelly Cortez cuenta que como son bailes en pareja, exclusivamente,  siempre elige algún tipo de cueca —casi la única danza nacional que se basa en el baile en dúo—. “En este aspecto se puede ver lo importante que es para nosotros la comunidad. La mayor parte de los bailes son en grupo y los adaptamos para que puedan bailarse de a dos”, desarrolla.

Las coreografías estuvieron pensadas para no desvirtuar la danza y lo que representa, pero de forma que estos artistas pudieran interpretarla como lo que son: niños. “La idea es mantener la edad de los bailarines y no crear para ellos coreografías que cuenten experiencias adultas”. Por eso se basaron en  juegos, en lugar de representar una relación de pareja. Las historias que contaron los muestran jugando con agua, molestándose, robándose pañuelos, o como en el caso de la chovena, peleando por una canasta, para después reconciliarse.

En México, en 2017.

Los otros dos géneros se eligieron para mostrar la diversidad cultural de las diferentes regiones de Bolivia. Lo que más disfruta Andrea es el caporal: “Tiene una coreografía divertida, además el traje es elegante y los pasos son bonitos. Todos querían aprender”, cuenta.

Si bien cada integrante y su familia pagan los boletos de avión, una vez allá la organización se encarga del resto. En México, tanto a Andrea y su mamá, como a Gael y su abuela Wilma Amurrio, les asignaron una familia que se hizo cargo de darles hospedaje y comida. “Nos adoptaron, tanto así que iban a los eventos y gritaban: ‘Esos son mis hijos’”, cuenta Wilma.

Gael y Andrea hablan de aquellos bailarines que los impresionaron más, suspiran y dicen al unísono: “Colombia”. Sus representantes tenían ocho y nueve años. Y a pesar de su corta edad, fueron los más admirados. “Nadie quería salir después de ellos. Tenían danzas tan fuertes que la pequeña se hiperventilaba”, narra Andrea.

Lo que más le sorprendió a Gael, además de la técnica de zapateo de los serbios o la presencia escénica de la pequeña bailarina paraguaya, fue que países europeos aún mantienen rasgos únicos en su arte: “Me gusta ver que la cultura de pueblos europeos, que pensamos que son solo occidentales (Roma, Grecia), es mucho más que eso. Hemos visto bailes rumanos que tienen un origen eslavo, ellos tenían su propia esencia, que es lo que los hace únicos”.

Con modestia reconocen que estuvieron entre las representaciones más fuertes. “Los mexicanos estaban enamorados del caporal, que fue lo que más pidieron que los niños mostraran”, explica Wendy.  Tanto así, que las botas de Gael volvieron sin un solo cascabel, ya que tuvo que irlos regalando en el camino.

Andrea junto a las delegaciones de otros países.

Este festival pretende generar lazos a través del arte, pero también despertar la curiosidad de las comunidades por otras culturas. Además de bailar en teatros, se presentaron en escuelas, universidades, normales, hoteles y restaurantes, dieron charlas sobre sus danzas y talleres para aquellos que quisieran aprender.

Lo que más les sorprendió a Wilma y Wendy es que los niños eran capaces de jugar y hacer travesuras, sin importar que hablaran lenguajes diferentes. Los más grandes cuidaban a los más pequeños y se ayudaban entre sí. Los bailarines recuerdan canciones y juegos en serbio, así como los nombres y aventuras que tuvieron con sus nuevos amigos.   

No era un concurso y no había ganadores, pero Gael y Andrea pueden darse cuenta de que aquella experiencia los motivó a apreciar y cultivar esas expresiones que se han generado en Bolivia. Encuentran así, que la competencia, la necesidad de dar lo mejor de uno mismo, no está peleada con la solidaridad y la amistad.

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