Escape

La Hilariashón

“En las noches solía dormirme en sus enaguas, me arrullaba con su olor a coca profunda, acariciaba mis rulos, me buscaba pulgas”.

Foto: El Papirri

Foto: El Papirri

La Razón (Edición Impresa) / El papirri

00:00 / 04 de enero de 2015

Ella llegó a mi vida como una bendición, días después mi madre se iba al cielo. Yo había cumplido 13 años, pero parecía de ocho: flaco, tímido, hipersensible, inseguro. Ella era la típica cholita paceña, con el borsalino en equilibrio, la manta tinturada de diario y otra más exquisita para el domingo, los aretes dorados colgando en llamerada, un topo de plata unía las prendas, polleras gloriosas aladas en calamina, los encajes de sus interiores inmaculados de decoro, un t’usu sólido y moreno para bailar huayños, para girar y girar con los ch’utas hasta el infinito. Los zapatitos de miniatura parecían bordados a mano, pancito de miga era su pie sin zapato.

Cholita joven, estudiante del CEMA de la Escuelita Ecuador, se llamaba Hilaria, de apellido Chami, de la zona de Sorata. Lunareja, se reía con todos sus ojitos, pues la viruela la había calado; cejas como cerritos, una quemadura cruel le manchaba la comisura del labio izquierdo.

Cuando se lavaba el cabello en la terraza, sorprendía la cantidad y calidad de hebras que chorreaban como cascadas tostadas iluminando la mañana. Una camisetita blanca sugería el pezón morado adolescente. Yo permanecía absorto al contemplar la artesanía de las trenzas, la velocidad de sus dedos ensortijándose, el tarareo tierno de sus huayños.

Me había quedado huérfano, mis hermanos se habían casado y se habían ido a otra parte, mi padre estaba perseguido por las dictaduras de turno, aparecía un ratito clandestino y a resoplos, yo le mostraba la libreta colegial, me daba plata para los recreos, a la Hilaria le daba su sueldo, algo para el mercado, para las movilidades, para pagar el colegio y se iba presuroso de nuevo a su lucha obsesiva. Algunas veces estaba confinado, otras veces refugiado en el Perú. Cinco años me quedé con la Hilaria. Manuelitoshón, tienes que hacer la tareashón. Después tomamos un tesitoshón, y tienes que ordenar tu ropa para mañanashón, mandaba dulce.

A todo le ponía shon. En las noches solía dormirme en sus enaguas, me arrullaba con su olor a coca profunda, acariciaba mis rulos, me buscaba pulgas. Lavábamos juntos ropa escuchando aquellas pioneras radios aymaras casi clandestinas de la década del setenta. Así, aprendí a mover el cerquillo en la kullawada, a animar en las morenadas, a silbar tarkeadas, a tejer, a saludar y contar en aymara, a reírnos jugando al ludoshon.

Fue mi consejera de las primeras chicas, a k’alazos me volvía a la casa cuando me quedaba a huayronquear con mis cuates. Hablábamos también con eco —con eeeeco, yaaaaa—. Me enseñó a comer pasankallas en el ex parque de los monos, a tirarnos con naranjas, a volar por el resbalín, a revolcarnos en el sol. Cuando salí bachiller ella me llevó del brazo.

Un día desapareció para siempre, se fue bajando la subida con su bolsita, su paso coqueto, con su tic-tac en la pollera. Llovía afuera y también dentro de mí. Por suerte, la democracia había vuelto y mi padre ya estaba en casa. Entonces le dediqué mi primera canción, “Hoy es Domingo”: Alza las trenzas/ deja las penas/ pon tu polleras hoy es domingo/ trae la guagua/ junta naranjas/ pon tus enaguas/ hoy es domingo,/ Hoy es domingo/ hoy es domingo/ subite al cerro, allí veremos, la ciudad su resplandor…”.

Era el domingo de la Hilariashón, libre de mí, de mis angustias precoces, de mis llantos por la injusticia de no tener madre. Gracias a ella comprendí al Sopocachi denso, al del personal de servicio que alimentó mi alma. Gracias a ella hoy amo intensamente a La Paz y ahora escribo alguito.

Mi ángel de la guardia tuvo polleras de cholita paceña y se llamaba Hilaria Chami, por eso cuando algunos insultan diciendo chola i mierda yo me encolerizo, pues insultan a mi madre adoptiva. La Hilariashón apareció años después en mi canción Alasita: “Es solo ver al plomero/ con su título de ingeñero…/ es solo ver a la Hilaria/ y el camión que soñó su infancia”, dishendo.

Me gustaría volver a verte, besarte en tus mejillas de heladero, abrazarte dando vueltas por la calesita de tus polleras, treparme por tus jardines de mantas. Me gustaría saber de ti, mamá Hilariashón, ojalá nos encontremos en algún mercado paceño comiendo anticucho con salsa de maní.

Ojalá me reconozcas y me digas: ¡Manuelitoshón, habías crecidoshón, hasta viejitoshón te habías vueltoshón!”. Harto te extraño.

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3
4 5 6 7 8 9 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia