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Hilde Roth de Spielvogel

Dejó Alemania para acompañar a su marido a Bolivia y ya lleva aquí más de media vida. Es autora de estudios sobre la altura y el fútbol, y la coca y la capacidad física. Médica e investigadora.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 29 de diciembre de 2013

Lleva 51 de sus 79 años viviendo en Bolivia pero su acento la delata. “Eso no se pierde”, dice con una sonrisa coronada por una mirada clara que asoma tras unos lentes de montura delgada y dorada.

Hilde Roth es de complexión grande, pelo cano y cejas grisáceas. En 1961 se graduó en Medicina por la Universidad de Múnich y, un año después, dejó su Alemania Federal. “Por mi esposo”, responde al preguntarle por qué llegó a La Paz. “Era austriaco, lo conocí en Alemania y después lo he seguido a Bolivia”.

Llegó en avión y eso que ni había aeropuerto, recuerda, ni transporte público. Él fue a buscarla a El Alto con su peta. En aquel entonces aún se veían los raíles del tranvía y eso, junto con la vista de los nevados, la maravilló.

Ese mismo año comenzó a trabajar en el Hospital de Clínicas. Antes tuvo que aprender castellano porque, asegura, cuando llegó solo sabía decir “sí” y “no”. Sus conocimientos de latín le fueron útiles y, en seis meses de clases intensivas con su profesora particular, la escritora Yolanda Bedregal, logró dominar el idioma.

Hasta 1975 fue médica en el hospital (salvo en 1969). Entonces fue invitada a formar parte del Instituto Boliviano de Biología de la Altura (IBBA). Durante los primeros años se centró en la cardiología, hasta que el doctor Mario Paz Zamora, fundador y director del Laboratorio de Ejercicio Físico del IBBA, se marchó de embajador a Hungría y ella se puso a cargo de la investigación sobre las relaciones entre el deporte y la altura. También estudió si ésta influye en el crecimiento infantil, teniendo en cuenta el factor de la clase social. Entre sus trabajos más reconocidos está uno sobre el fútbol y la altitud, solicitado por el Gobierno boliviano cuando la FIFA vetó los partidos sobre los 2.750 msnm, y otro sobre el acullico y su relación con la desnutrición y la capacidad física. “La coca ayuda a tolerar muchas cosas”, asegura. Pero reconoce que a ella no le gusta el sabor de la hoja sagrada.

Pocas veces ha vuelto a Alemania: no tiene parientes cercanos y lo único que extraña de allá es la forma de trabajar de la gente.

Le encanta el folklore. Baila, aunque no “oficialmente”, los pasos de la morenada y la diablada. “Lo que nunca he aprendido bien es lo que es tan bello con el pañuelito...¡La cueca!”.

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