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Historia escrita en piedra

Los mineros cooperativistas que gestionan la cantera luchan por recuperar la industria que un día constituyó un negocio próspero.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Gracia

00:00 / 16 de marzo de 2014

Este trabajo es como para escaparse”, comenta Crispín Herrera, uno de los jóvenes mineros de la cantera Comanche. Sus curtidas manos y las de sus compañeros son testigos de la crudeza del oficio en el yacimiento de piedra. Ajados por el sol, y con arrugas en la piel, un grupo de cuatro hombres de unos 70 años y Crispín, de 30, son las únicas personas que encontramos trabajando el miércoles después de Carnaval en el pueblo de Comanche, provincia Pacajes, en el departamento de La Paz.

“El resto —alrededor de 120 picapedreros de la cantera— están ch’allando en la chacra. Siguen de Carnaval pues”, añade otro de ellos entre risas. La llegada al pueblo nos sorprende por su desolación. Nadie camina por sus áridas calles a las diez de la mañana. En el centro de salud resuena el eco de nuestras voces y un perro nos recuerda con sus ladridos que somos extraños.

En un pueblo copado por casitas bajas de adobe, la que fue hacienda de los Machicado, una inmensa casa de estilo barroco siciliano de principios de siglo XX, pasa desapercibida para los lugareños. Una mujer de pollera que camina con su hijo apurada hacia la celebración ignora el patrimonio arquitectónico que deja su paso. Las ventanas de la hacienda han sido tapiadas, los pocos cristales que quedan están rotos y la gran puerta luce un candado que prohíbe el acceso. Es un símbolo más del pueblo fantasma que un día llegó a albergar una de las industrias más grandes e importantes del país y que hoy lucha por volver a ocupar un lugar.

Con la piedra comanche se adoquinó en los años 20 y 30 del siglo pasado 300.000 metros cuadrados de la ciudad de La Paz y se utilizó en la construcción de edificios como la Catedral, el Banco Nacional o la Embajada de España. Algunas calles, como la 6 de Agosto del barrio de Sopocachi, aún mantienen vivos y desgastados los famosos adoquines. Jorge Machicado era el dueño de la cantera, la quinta más grande del mundo con una extensión de 80 millones de metros cúbicos. La compró en 1906 y posteriormente adquirió la hacienda a un cacique a precio de ganga, 60.000 libras esterlinas de la época. La reformó  y la decoró al antojo de su mujer, mientras se convertía en el mayor terrateniente de la zona. Llegó a tener 40.000 hectáreas, contando la cantera, una industria ovina de 16.000 ejemplares, una fábrica de agua, otra de yeso y una última de escobas.

“La idea de mi bisabuelo Jorge y después de mi abuelo Flavio —explica Cristina Machicado en su casa de La Paz— era hacer un proyecto social en el pueblo, desarrollar todas esas industrias y lograr que los jóvenes tuvieran un futuro”.

Piedra que creó arte

La misión de modernizar La Paz, que a principios del siglo XX era prácticamente un pueblo, llegó de la mano de arquitectos y artistas inspirados en el adoquinado de las calles y la construcción de edificios en París, Nueva York, Buenos Aires o Lima. Flavio Machicado, hijo de Jorge, regresó de Europa en los años 20 impactado por lo que había visto allí y decidió, junto con su padre, participar de esa implementación del Art Nouveau boliviano. “Fue la única vez que se hizo una arquitectura en serio”, comenta Eduardo Machicado, padre de Cristina e hijo de Flavio.

Ellos manejaban el factor más importante de la ecuación, poseían la piedra que se necesitaba para el empredrado, lo que les reportó altísimos beneficios durante décadas. En época del patrón Machicado, la cantera tenía casi 300 obreros que trabajaban de sol a sol para producir, manualmente, toda la piedra que requería el proceso de modernización de La Paz. Cuatro camiones transportaban cada día 120 toneladas de piedra. “Mi abuelo les daba cascos, buenos materiales y les inscribió en la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia para mejorar sus condiciones”, dice  Eduardo Machicado, mientras muestra los documentos que avalan a su familia como dueña de la cantera y de los territorios adyacentes.

Su sueño y su industria empezaron a truncarse en 1989, según ellos, “cuando cometimos el error de asociarnos con el empresario más importante del país y que sería futuro Presidente, (Gonzalo) Sánchez de Lozada”.

Los Machicado vendieron a Comsur, la empresa minera de Sánchez de Lozada, el 66% de las acciones de la cantera a cambio de que se hiciera cargo de la deuda que ascendía a un millón de dólares. “Echó a casi todos los trabajadores porque decía que no había mercado. Pero no era cierto”, alega Eduardo. “Le entregué la cantera, con los vehículos, la maquinaria y le di un contrato de exportación a Bélgica de 10.000 toneladas de piedra. Ahora yo tengo un juicio en el que insisto que me presente los balances. No me presentó uno solo desde 1989”.

Mineros: testigos de la historia

Benito Limachi Quispe ha visto pasar a los sucesivos patrones de la cantera en los casi 50 años que lleva picando y tallando piedra. No pierde la sonrisa mientras narra las vidas de los compañeros que se ha cobrado  la mina. El trabajo es duro: con instrumentos rudimentarios hechos de acero  y un simple martillo perfora la piedra para insertar la dinamita que la hará estallar en pedazos. Después, y a pulso, traslada las piezas que en ocasiones superan los 50 kilos de peso. “Con el Machicado teníamos mucho trabajo —apunta Tomás Condori—, pero con el Lozada bajó mucho, pasamos de ser casi 300 a 80 trabajadores nomás”.

En 2003, a raíz de la “guerra del gas” y la caída del presidente Sánchez de Lozada, los mineros de Comanche decidieron tomar la mina y convertirla en una cooperativa gestionada por ellos mismos. “Machicado y Lozada eran patrones, y claro, hay historias de explotación hacia nuestros abuelos, amargamente hay casos de llorar —comenta Crispín Herrera—, hoy en día los jóvenes no queremos ir por ese camino, por eso estamos organizando la cooperativa para fortalecer nuestra cantera. Los mayores nos van a acompañar hasta que tengan vida”. Los mineros alegan que los Machicado  vendieron todo a Sánchez de Lozada y que ahora no están en condiciones de reclamar la hacienda ni la cantera. Los Machicado, por su parte, se defienden con su versión de los hechos: “El discurso de los años 60 de las haciendas, el daño y la explotación del obrero, todos esos conflictos recayeron sobre nosotros y por eso tomaron la cantera, pero no hay pruebas de ningún tipo de explotación”, comenta Cristina Machicado. “Mi padre defendió la reforma agraria y entregó a cada comunario su terreno cumpliendo la ley”, añade su padre Eduardo.

“Además, nunca nos han dejado explicarles que la cantera no era de Lozada, la titularidad es del Estado, pero el suelo es nuestro”, puntualiza Cristina.

Ahora los mineros tratan de fortalecer la cantera para generar una industria al margen de patrones. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y de nuevo se topan con la realidad capitalista: los intermediarios llegan a Comanche, se llevan la piedra en bruto y pagan una miseria a los mineros. “Con nuestra plata estamos cavando para extraer la piedra —explica Crispín—. Los intermediarios vienen con la volqueta y se la llevan para vender. Si nosotros tuviéramos una volqueta, podríamos trabajar directamente con los compradores”.

La idea de los cooperativistas es crear una asociación de tallados de piedra artesanales y ofertar los productos acabados para aumentar con ello sus ingresos económicos. “El problema es que necesitamos mecanizarnos, todo lo hacemos a pulso y perdemos mucho tiempo”.  El mes que hay suerte, un minero joven puede ganar unos 800 bolivianos. Cuando no consiguen excavar y sacar piedra de las entrañas del cerro, el salario baja a 400.

“Si la Alcaldía no nos ayuda a mecanizarnos, tendremos que levantarnos. La unión hace la fuerza”, asevera Crispín mirando al resto de sus compañeros.

Leopoldo Mamani lo mira de reojo mientras contempla la mina con ojos de añoranza. “Ya no queda mucha piedra —cuenta—, tenemos que excavar manualmente para sacarla”. En los años de bonanza, Leopoldo entregaba al patrón 130 adoquines que picaba y tallaba junto a otro minero. “Ahora no alcanzo a sacar 20 o 30”. Los motivos del declive: la edad que no perdona y el material, que por desgracia para los trabajadores es un recurso irrenovable.

El declive de la industria

“La piedra acabará por desaparecer de Comanche”, sentencia Federico Tancara, trabajador de la municipalidad del pueblo. Ya pasó con el yeso. “En tiempos de Machicado había siete fábricas, pero ese material se terminó”. La mina tuvo que absorber entonces a todos los trabajadores que el estuco expulsó.

Pocas alternativas ofrecerá en un futuro no muy lejano el pueblo de Comanche, que cada temporada es testigo del éxodo juvenil a ciudades como El Alto o La Paz. La única posibilidad que parece vislumbrarse es un turismo efímero para el que los cooperativistas de la cantera necesitan bastante ayuda económica. “Queremos reparar la hacienda para hacer un tour por el interior, pero necesitamos medio millón de dólares”, se lamenta Crispín.

Al margen de la hacienda, el atractivo del lugar reside en la cantera, una festividad taurina en el mes de agosto y la majestuosa Puya Raimondi, una planta milenaria que florece cada 100 años.

A la salida del pueblo, las viejas vías por donde pasaba el tren nos despiden oxidadas y cubiertas de hierbajos. En la caseta de la antigua estación entra una mujer de avanzada edad que solo habla aymara. Su vecina nos explica: “Es Jacinta, no tenía dónde vivir y la Alcaldía le ha dejado este sitio con la condición de que la cuide”, comenta Vicenta Corone, pastora de ovejas. “Es una pena que ya no pase el tren, el pueblo no mejora así”.

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