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Historia de una muerte

La Guerra del Chaco dejó muchas historias, una de ellas es la de Daniel Oropeza el soldado que se enlistó bordeando los 15 años.

La Razón (Edición Impresa) / Daniel Oropeza E.

00:00 / 08 de junio de 2014

El relato que sigue se refiere a un hecho de armas, realmente ocurrido e inédito hasta hoy. Es La Historia de una muerte. Los nombres, los lugares y los hechos son auténticos.

Es un acontecimiento de valor, de sangre y de muerte que sucedió en la Guerra del Chaco, y que muy bien pudo haber tenido un desenlace impensado 31 años después de la contienda.

Fue en 1934 cuando Bolivia, después de varios reveses en campaña, necesitaba de combatientes en el frente de batalla, entonces el joven cochabambino Daniel Oropeza Alcócer —mi padre— bordeando los 15 años se alistó de voluntario, sin más experiencia en el manejo de las armas que sus jornadas de cacería en la campiña valluna. Ese pletórico contingente de jóvenes fue conducido a Guaqui, La Paz, donde recibió una corta, pero intensa instrucción militar. Ese fue el único entrenamiento que se les ofreció antes de ser dislocados a la zona de operaciones.

Guaqui, Viacha, Oruro, Uyuni y la estación militar de Mojo, en Potosí, fue el fin del trayecto ferroviario, desde donde apresuradamente fueron transportados hasta Villamontes y de ahí al escenario del conflicto.

Luego de varias jornadas a pie, y ya en el frente; el soldado Oropeza recibió la orden de cubrir un puesto de centinela en la zona del sector Cayoja. Él recuerda aún las enérgicas y reiteradas instrucciones:

— ¡Cuidado se duerma! Éste es un sector muy vigilado por los “pilas”. ¡Cuidado se duerma! Manténgase muy atento. Le increparon cuando le instalaban sobre un árbol que hacía de esquina a una senda abierta a brazo y machete.

Era un típico día del Chaco: caluroso como todos. El sol en el cénit, el cansancio de varios días de marcha, el hambre la sed y la tensión empezaban a hacer su trabajo de adormecimiento en el centinela que cumplía  su primera  misión, en  inminente contacto con el enemigo.

En medio de tanto silencio, un ruido llamó su atención. Fue el sonar de la maleza. Fue algo raro, inexplicable y que puso más tenso el ambiente de la hirviente mañana  en el Chaco. Aguzó los sentidos y trató de entender lo que habría estado pasando. Pero el cansancio le dominó, se sintió adormecido, embotado.

Por instinto se escupió las manos y se frotó los ojos. Reaccionó y escudriñó el monte que le rodeaba. Todo era silencio y  él vivía esa ansiedad.

De pronto… detrás de un matorral, al final de la senda observó con nitidez una cabeza que giraba de izquierda a derecha. Sin duda era un “pila” que estaba agazapado;  esperando el momento de saltar sobre la presa divisada.

Pero, pese al abundante ramaje, ese movimiento de cabeza delató al atacante y el centinela sabía con certeza que era el enemigo  tratando de pasar en camuflaje.

El soldado se tensó aún más y preparó el fusil Máuser; apuntó con cuidado y disparó totalmente seguro que debe hacerlo.

Alertados por el ruido del disparo al romperse la calma llegaron presurosos los jefes del campamento boliviano que le increparon:

— ¿¡Por qué ha disparado!?

Mudo y pálido, respondió señalando con el dedo el lugar del fin de senda. Solo señaló, pues la impresión que causó en ese joven de 15 años su primer disparo al enemigo fue totalmente traumática.

En efecto era un satinador paraguayo. Un hombre ya maduro de gran estatura y fuerte complexión, yacía tendido cuán macizo era con la cabeza destrozada por el impacto de bala.

— Este carajo era el “pila” que  cargaba  con nuestros centinelas, bramó un superior.

Y  cayeron en cuenta que el cuatrero venía de haber liquidado a dos de ellos e iba en pos del tercero.

Los satinadores, también llamados cuatreros, sin ser tropa regular, eran diestros rastreadores paraguayos que incursionaban con sigilo y gran conocimiento del terreno en las líneas bolivianas liquidando centinelas. Les pagaban por esas acciones. Es la guerra.

Revisados los documentos del caído cuatrero, se trataba de N. Gonzales; nacido en Villa Hayes (Paraguay). Entre sus pertenencias había  una ametralladora de mano, una pistola pequeña, una daga y un machete más filo que una navaja. Y entre sus ropas, la fotografía  de una señora y dos niños varones. Tal vez de 10 y 12 años, respectivamente.

Fue el primer tiro en la guerra del soldado Daniel Oropeza. Fue su bautismo de fuego, fue su bautismo de sangre, su bautismo de muerte. Esta su primera baja y este sector, Cayoja, marcaron cual braza candente sus impresiones sobre la vida, la muerte y la guerra.

Superado el tremendo trance emocional de su primera acción de armas relataría más tarde: “En los siguientes combates buscaba la muerte. Pues en la guerra, la muerte huye de quien le persigue y persigue a quien le huye”.

El soldado Oropeza actuó en los combates de picada Santa Cruz, la retoma de Caigua, la retoma de Tarairí y otras acciones. En la victoriosa defensa de Villamontes fue comandante de pieza de ametralladora pesada, una Vickers número 333. Detalle que nunca olvida.

Fue ascendido al grado de Sargento; por orden del Comando de Cuerpo  Número 983/35 de 2 de mayo de 1935.

Fue destinado al Regimiento Santa Cruz 9 de Infantería y al Regimiento Ayacucho 8 de Infantería.

Con frecuencia relata sus impresiones sobre la experiencia que le ha tocado vivir desde sus 15 años. Son reflexiones en las que remarca el significado del porqué los hombres y los pueblos tienen que pasar por  pruebas  tan duras como una guerra.

Concluida la contienda del Chaco, fue destinado como comandante del Puesto Militar en Peña Colorada. El Palmar, frontera con la Argentina.

El 6 de marzo de 1936 fue desmovilizado por “minoridad” (entiéndase menor de edad). Contaba con 17 años.

Tiempo después, habiendo sido Sargento en la guerra, ingresó a la Escuela de Clases que por entonces funcionaba en Sucre, egresando como Sargento Profesional, e inició su larga y activa carrera militar de 42 años de servicio y más de 30 destinos.

En las Fuerzas Armadas —hace décadas—, los suboficiales, luego de vencer cursos de especialidad en artillería, armas de acompañamiento, infantería, caballería y transmisiones ascendían al grado de  subtenientes y continuaban la carrera militar.

Fue entonces que en 1966, el capitán Daniel Oropeza  fue becado a Panamá, a la otrora Escuela de las Américas,  centro de formación militar donde concurrían, como su nombre dice, oficiales de  todo el continente para estudiar  diferentes materias de uso castrense.

En una de esas jornadas de especialización ocurrió el siguiente encuentro:

— ¿Ud. Es boliviano?  

— Si mi capitán. ¿Y Ud. Es paraguayo?

— Si mi capitán.

— ¡Ah! Respondió el capitán Daniel Oropeza. Y soy excombatiente de la Guerra del Chaco.

— Mi padre murió en esa guerra. Era satinador, y según supimos más tarde fue un francotirador quien le voló la cabeza. Dijeron que fue en el sector Cayoja, lugar en que él actuaba, donde perdió la vida.

— La guerra ha sido muy dura mi capitán, dijo Oropeza.

— Sí, ha debido ser así para ustedes que han combatido.

— ¿Y de dónde es su familia mi capitán?

— Somos de Villa Hayes, en el Paraguay.

— ¿Y cómo apellida?

— Gonzales…. Soy el  capitán Gonzales del Ejército  paraguayo a sus órdenes.

Tensión total entre los dos capitanes. Cada uno habrá sacado sus conclusiones del cruce de preguntas y respuestas que acababa de ocurrir entre ellos. El destino había hecho su parte en esta historia.

El  capitán Daniel Oropeza quedó convencido de que se trataba del mayor de los dos niños, cuya fotografía vio después  de haber dado de baja al satinador Gonzales; quien precisamente había sido natural de Villa Hayes. Baja ocurrida a principios del año 35 en el sector Cayoja  por un disparo de fusil que le voló la cabeza.

En la actualidad, el mayor Oropeza Alcócer a sus 95 años, (cumplirá 96 el 11 de diciembre) es uno de los últimos oficiales beneméritos de la Guerra del Chaco que tienen las Fuerzas Armadas de Bolivia. Si es que no es el último.

No tiene si no el pensamiento de que la patria que él defendió en tiempo de guerra y sirvió con devoción en tiempo de paz sea fuerte, respetada y próspera.

Es el mensaje que transmite con enérgica voz, clara  y serena hacia su numerosa descendencia y a quienes lo visitan con frecuencia en Cochabamba.

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