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Hugo Vargas

Trabajaba en una imprenta en La Paz hasta que, a los 18 años, fue a la Guerra del Chaco. Es un hombre casi centenario que sigue siendo el centro para sus hijos y nietos.  Jubilado, exgrafista y benemérito

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 06 de mayo de 2012

Acaba de cumplir 97 años, y, aunque le falla el oído y no puede andar desde hace cinco años, Hugo Vargas sigue siendo el elemento central de la familia. Hasta no hace mucho, sus nietos le seguían llamando “Papá Hugo” porque a él no le gustaba la palabra abuelo; ahora ya la acepta.

En 1933, cuando tenía 18 años, a este paceño lo convocaron a la Guerra del Chaco. Dejó su trabajo como gráfico en Imprentas Unidas para pasar dos años en el sofocante conflicto. “He salido con suerte”, dice, porque de entonces “sólo” le quedan esquirlas en un pie y un sueño muy ligero. Cuando alguien entra a la habitación mientras duerme, se le oye preguntar en la oscuridad: “¿Quién anda ahí?”.

Fue a la guerra después del cruento combate de Boquerón. Como miembro del Regimiento Ingavi participó en la batalla de Platanillos y, tras quedar herido, trabajó como traductor de aymara en el hospital.

Después de dos años, regresó a La Paz. Nadie fue a esperarlo a la estación de tren, por lo que se fue a casa de su madre, en Chijini. Cuando ella abrió la puerta y vio a un chico delgado y quemado por el sol, le preguntó: “¿A quién buscas?”. Entre lo cambiado que estaba y que la familia lo daba por muerto, la mujer no se imaginaba que era su hijo quien estaba ante ella.

A Hugo le costó volver a habituarse a la vida tranquila de la ciudad, y más difícil todavía fue dejar dos vicios que había adquirido: el tabaco y la coca, los cuales prefería incluso antes que la comida.

Poco a poco, la sed, la insolación y el hambre se convirtieron en meros recuerdos que Hugo ha utilizado como anécdotas a lo largo de su vida para entretener a sus tres hijos y a sus seis nietos.

Tras jubilarse en la editorial Don Bosco, iba a recoger a sus seis pequeños colegio por colegio, y siempre les llevaba chocolates o empanadas, y no se olvidaba de invitar también a los amigos de sus nietos.

“Era muy alegre”, dice una de sus nietas. Le encantaba bailar, especialmente la cueca (silbaba al compás de la música) y el huayño. Hacer café y cruzar las calles rápido: “No te preocupes, estás con Vargas”, tranquilizaba”. Tales los dos aspectos característicos de “Papá Hugo”.

Entre los honores que recibió como benemérito, están las medallas  del Cóndor de los Andes y Andrés de Santa Cruz. Pero lo que su hija Rosario guarda con más cariño es el plato metálico al que su padre cuidó tanto como a su vida misma durante los dos años de conflicto.

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