Escape

Ignacio Dean - Caminando por un mundo libre

Este español de 36 años inició en 2013 una caminata que lo llevó por cuatro continentes del planeta, itinerario que incluyó tierra boliviana. Una experiencia que acaba de publicar en un libro.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 16 de abril de 2017

La noche previa al 21 de marzo de 2013, la loca cabecita de Nacho fue un fardo de nervios. Sus días de pescador en el mar malagueño siempre habían sido una invitación a la gran travesía. Ignacio Dean Mouliaá, rulos oscuros, 1,70 de altura, trigueño español de ascendencia griega y francesa, mientras elevaba las anclas de la embarcación de su padre, soñaba con girar el timón de su vida en un viaje descomunal por los recovecos del mundo, ese que imaginaba desde el puerto en sus atardeceres plateados. Lo había planeado por años y las reacciones a su propósito empezaron a ser jocosas, pero no había marcha atrás. Una tienda de campaña, un saco de dormir, un GPS, una cámara fotográfica, libros, ropa, un botiquín y un ordenador portátil iban a ser sus compañeros por sus futuros años.

Primero Europa, luego Asia, también el país-continente australiano, hasta llegar a Bolivia en noviembre de 2014 —oportunidad en la que fue entrevistado por Escape—, refiriéndose a La Paz como “una impresionante cascada de casas cayendo por las laderas de las montañas como ríos de ladrillos hacia el profundo valle”, en una visita que aún guarda intacta en la memoria. Recorrió este continente de sur a norte y aunque le faltó África dice que cumplió con su meta. En total fueron 31 países, 12 pares de zapatillas rotas, unos 60.000 euros y ocho kilogramos menos.

En el trayecto pasó de todo, frío, calor, hambre, sed, felicidad, angustia, miedo. Este viajero quien es además un poeta comulgado con la naturaleza, registró esos momentos en medio de la ruta, enceguecido por los atardeceres, tocado por las alboradas. Y acaba de publicar esas narraciones en un libro titulado Libre y salvaje (Planeta), en cuyas páginas se describen las aventuras de aquel que decidió desprenderse de todo para quedarse con lo que cabe en una mochila y lanzarse a recorrer el mundo tan solo con la ayuda de sus pies. Es la historia del viaje de Nacho, aquel que algunos llaman “el viajante planetario”.

— ¿De qué hablas en tu libro?

— De la aventura que me llevó durante tres años  dar la vuelta al mundo a pie, un sueño hecho realidad en el que recorrí cuatro continentes, 31 países y 33.000 kilómetros. Hay épica, aventura, naturaleza, amor…Una vuelta al mundo de ahí fuera que, a la vez, ha sido una vuelta a mi mundo interior.

— Una experiencia sin dudas trascendental para cualquier ser humano, ¿te ha cambiado la vida?

— Es un tesoro que no aprendes en ninguna universidad, un viaje vital. No fue una huida ni un paréntesis, sino mi canto a la vida y la libertad. Vuelve una persona mucho más consciente de quién es, de dónde está, de qué quiere, de lo valioso que es el tiempo y el milagro que es estar vivo. Feliz y agradecido, afortunado de estar en mi camino y querer más, de comprobar que la mayoría de la humanidad es buena y que el planeta es un hermoso lugar que merece la pena cuidar.

— ¿Cómo te definirías: loco, aventurero o idealista?

— Aventurero.

— ¿Por qué solo?

— Este reto era un sueño personal, además de una aventura muy larga y peligrosa en la que nadie se quería embarcar.

— Has estado en cuatro continentes, te falta África, ¿por qué y para cuándo?

— Viajar a pie es el medio de transporte más lento y expuesto, en este reto ya he puesto la vida en juego en varias situaciones y no quería seguir tentando la suerte. Mi objetivo era dar la vuelta al mundo, objetivo conseguido, así que África la dejo para la siguiente aventura.

— ¿Cómo fue el proceso de escritura, ibas documentando en el camino para no perder la información?

— Durante mi expedición iba documentando el viaje en diarios. Han sido tantas experiencias, personas, lugares, que no me acordaría de todo. Al terminar, me retiré a una casa tranquila en la montaña al norte de España para centrarme en la tarea de escribir el libro. No ha sido nada fácil elegir, no solo qué contar, sino cómo contarlo. Es un viaje que tiene muchas miradas: la aventura, el medio ambiente, el viaje interior y personal, culturas y antropología… Escribirlo ha sido otra aventura y un ejercicio de honestidad. Lo que más me costó fue estar sentado frente a un ordenador después de haber pasado tres años a la intemperie caminando.

— Háblanos de los lugares que más te impactaron y si hubo alguno que te decepcionó.

— Me maravillaron las noches estrelladas en el desierto de Atacama, las inmensas y solitarias llanuras de Australia, la belleza del parque nacional del Lauca en los Andes, y también las veces que veía un animal completamente nuevo como un rinoceronte salvaje en las junglas de Nepal, el quetzal en el Salvador, miles de luciérnagas iluminando la selva de Mindo en Ecuador o las llamas y alpacas en Bolivia. Me impactaron culturas tan diferentes y enigmáticas como la persa en Irán, el hinduismo en la India, los aborígenes australianos o los templos budistas de Tailandia, con la sensación de que tendría que pasar varios años en cada una de ellas para poder empezar a entenderlas.

Mi decepción fue atravesar algunas regiones muy castigadas por la mano del hombre. Como en Chile, donde la minería ha secado los valles, en Indonesia los incendios están arrasando la selva, en Tailandia las plantaciones del árbol de la goma han ocasionado la degradación de los suelos y la pérdida de biodiversidad, la contaminación, humo y basura en las ciudades de Asia Central…

— Coméntanos sobre tus experiencias en particular en Bolivia.

— Fue un privilegio recorrer un país que está cerca de los 4.000 metros de altitud, como si fuera un rincón del mundo protegido y de difícil acceso. Me adentré en el país en octubre de 2014, capeando tormentas y disfrutando de la belleza del altiplano boliviano. Pude ver con mis ojos el Nevado Sajama, el lago navegable a mayor altitud del planeta, el Titicaca, las islas de los urus y la fabricación de las balsas kon-tiki con totora. Comprobar cómo las culturas y tradiciones indígenas están tan vivas, los mercados, la justicia comunitaria, probar la carne de llama, el queso de res y los nutritivos caldos de cabeza de cordero. Visité las ruinas de Tiwanaku, patrimonio de la humanidad, y la Virgen de Copacabana. Fui testigo de cómo ganó Evo Morales las elecciones y cómo se están introduciendo en el país el capitalismo y prácticas neoliberales bajo la falsa apariencia del socialismo, el boom de la construcción y el ladrillo como si fuera la única manera de progresar. Un país con una gran biodiversidad y riqueza cultural al que me encantaría volver para conocer lugares pendientes, como el salar de Uyuni.

— ¿Qué sentiste al volver a tu país?

— Felicidad por volver a estar con los míos y la satisfacción de cumplir un sueño. Un viaje de estas características comienza cuando es algo inevitable, una llamada del destino, y termina cuando sientes que es hora de ir poniéndole fin. Me costó más adaptarme físicamente. Al principio me costaba estar con gente, me había vuelto una persona silenciosa e interior, me subía a un coche y me mareaba…

— ¿Se hace difícil volver a la rutina?

— No, todavía tengo la sensación de que sigo de viaje, sin una rutina diaria. Además, si he sido capaz de dar una vuelta al mundo a pie y superar todas las penurias y dificultades por las que he pasado, llegar a casa, y ver a tu familia y amigos es muy gratificante.

— ¿Difícil tramitar la edición del libro?

— La verdad es que tuve suerte porque apenas terminé mi viaje recibí un correo de la editorial Planeta interesándose por mi historia y mi libro. Han confiado en mí desde el principio y desde entonces hemos trabajado mano a mano en el texto definitivo, diseñando la portada, los mapas y un pliego de 16 hojas con fotos a color que van dentro del libro, con la tranquilidad de saber que estás trabajando con los mejores.

— ¿Volverías a viajar por el mundo?

— Sin duda.

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