Escape

Imágenes amarillentas

Un fragmento del cuento ‘Viejos que miran porno’.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 23 de julio de 2017

Si tuvieran que contarla desde el principio seguramente dirían que no recuerdan bien la historia, que no saben qué fue lo que pasó o que lo recuerdan a medias, que las cosas se les han vuelto lejanas, remotas, acaso ya inaccesibles. Si tuvieran que hacer un relato de lo sucedido seguramente dejarían de lado puntos cruciales, momentos que cambiaron radicalmente la historia, instancias de definición que ahora prefieren obviar. Sucede que los hechos nunca fueron totalmente claros. En algún momento Ernesto y Lucas se conocen. Después pasan algunas cosas y finalmente terminan donde ahora están, en el mismo lugar, el mismo avejentado sillón de la sala, dos viejos que miran con atención la pantalla polvorienta del televisor, la que ninguno se acuerda nunca de limpiar, la que emite imágenes veladas por un filtro de carbono amarillento, la misma en la que dos hombres, quizás versiones de ellos mismos hace treinta y cinco o cuarenta años atrás, tienen sexo con grandes aspavientos.

Antes, en algún momento, Lucas, viudo hace más de diez años, entra en una cafetería de Miraflores, se sienta en la barra y se pide un expreso y una medialuna. Su esposa ha muerto la mañana en que un aneurisma la dejó tendida en el patio de la casa y, tras el entierro, como aquel día, Lucas viste luto por cerca de un año. Entonces caminaba encorvado por las calles del barrio, completamente de negro e indiferente, liviano, casi tranquilo. Solo, completamente solo porque no había tenido hijos, así que por varios años se dedica a sí mismo, a pequeños y ascéticos placeres, la lectura, el paseo, el café. Después, una mañana, entra a la misma cafetería que siempre visita a la hora del desayuno y se encuentra al final de la barra, en un extremo que nadie parece atender, a un hombre que le llama la atención.

Ernesto es prácticamente de su misma edad y vive en el departamento espacioso y de techos altos que le ha comprado el hijo. Es calvo, algo moreno y de barba espesa, tiene el carácter juguetón, incluso seductor, y entre otras cosas, entre la práctica relativamente cotidiana de una sexualidad abierta, le gusta leer. Esa mañana sostiene un ejemplar de La Razón que lee con detenimiento tras gafas de montura blanca y gruesa. Cuando pasa cerca suyo, Lucas puede oler algo familiar, una mezcla de ropa vieja y agua de colonia y también algo más entonces indefinido, y siente como si una pieza pequeña y hace mucho olvidada de su antiguo mecanismo emocional comenzara de nuevo a girar. Se sienta a una distancia prudente, sorbe el café, parte con las manos la medialuna blanda y dorada, se mete un pedazo a la boca y durante todo el tiempo se siente llamado a observarlo. Ernesto lo nota y comienzan a hablar, primero sobre el periódico y los eventos del día, luego sobre libros, después sobre el clima y finalmente sobre la ciudad, sobre los largos paseos que alguien con tiempo puede hacer en las calles y plazas del barrio. Hablan por varias otras mañanas y varias otras tardes. Van al viejo cine 6 de Agosto, comentan los eventos del día y cenan temprano en restaurantes mudos y suntuosos. Durante estos meses Lucas comienza a recuperar algo indeterminado que perdió el día en que su esposa cayó fulminada en el patio de su casa. No hay mucho conflicto interno, no hay batallas. El día que cumple 67 años Ernesto le da el primer beso. Pocas semanas después se mudan juntos.

Su rutina es parecida a la de otras parejas retiradas. Se levantan temprano, leen ociosamente los diarios y van a comprar carne, pan y frutas por las mañanas. Después, obligados por alguna sugerencia médica, preparan almuerzos más bien monótonos, dialogan largamente en la sobremesa y en las tardes se dedican a sus tareas particulares: Ernesto a la lectura, Lucas al paseo y a sus labores manuales. Al empezar a caer la noche cenan junto a media botella de vino o toman un té tardío mientras calculan qué medicinas les faltan a cada uno. Después, tras lavarse los dientes y ponerse pijamas de pantalones largos, si no caen dormidos de inmediato, se toman de la mano bajo las frazadas y se prometen apoyo, constancia, compañía. Hace mucho que lo único que es capaz de hacer Lucas, cuando no tiene a mano alguna pastilla o cuando su organismo desgastado las rechaza, es acariciar suavemente a Ernesto, decirle cosas al oído. La mayoría de las veces Ernesto lo deja hacer aunque, en el fondo, le gustaría sentirlo e imaginar que es todavía joven, un hombre capaz de despertar un resto de imaginación sexual y no solo la misma cálida sensación de agobio con la que parecen terminar sus noches.

Las semanas y los meses son un flujo acompasado y regular: las mañanas son ocupadas, las tardes placenteras y poco eventuales, y en las noches, cuando tienen ganas, cuando no los vencen las tareas domésticas, el cansancio o el desinterés propio de la vejez, se enfrascan en largas sesiones de pornografía. Fue Ernesto quien lo propuso la primera vez. ¿Por qué no probamos con esto?, le dijo a Lucas acariciando un disco pequeño y reluciente. Pusieron la película en el aparato metálico y alargado, y cuando la televisión comenzó a mostrar aquellas imágenes de hombres jóvenes cayeron rendidos. Lucas había escuchado que se podía encontrar porno en internet, pero como hacía años que había vendido la computadora de su esposa casi no tiene experiencia con el asunto y las películas de Ernesto le caen como una sorpresa. Desde entonces se vuelve para ellos un ritual, un  momento de encuentro, algo parecido a un abrazo porque el porno no es solo el porno sino lo que se crea entre ellos cuando ven porno. Tosen mientras dos chicos jóvenes se lamen y se masturban uno al otro, se callan al ver cómo un pene inmenso penetra el culo de un actor musculoso, lanzan risitas cuando un tipo de barba y bigotes rubios se mete un dildo a la boca, aguantan la respiración mientras un grupo de chicos se confunden en una montaña de carne y saliva…

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