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Inventario médico

Parece un instrumento de tortura de la inquisición, pero estamos ante un aparato para anestesiar.

El museo del Hospital de Clínicas, está plagado de objetos en desuso del siglo pasado. Foto: Álex Ayala

El museo del Hospital de Clínicas, está plagado de objetos en desuso del siglo pasado. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 22 de marzo de 2015

En el museo del Hospital de Clínicas, casi nada es lo que parece. (1) Parece un mechero elegante, pero nos hallamos ante un estuche para almacenar jeringas. (2) Parece un extraño instrumento de tortura de la inquisición, pero estamos ante un aparato para anestesiar pacientes (gracias a una bolsa delgada de animal en la que se introducía éter). (3) Parecen sierras para cortar tablones, pero forman parte de las herramientas que empleaban los cirujanos a mediados del anterior siglo para la amputación de miembros. (4) Parecen engranajes de una vieja fábrica, pero son las tenazas que se utilizaban para la extracción fetal cuando un parto se complicaba. (5) Parece una consola de sonido rústica, pero es un equipo de radiografía estereoscópica de 1945. (6) Parece una caja para guardar puros, pero servía en realidad para preservar ampollas. (7) Parecen frascos de perfume, pero contienen medicamentos caducados para tratar males de hace décadas.

Máscaras y lentes

“Antes, estos remedios eran producidos por las monjitas de Santa Ana”, explica Donald Baldivieso —el custodio de estos ambientes—, un señor de 67 años y dicción pausada que se mueve a paso lento, como si fuera un mayordomo aburrido que repite cada día un ritual aprendido. A continuación nos dice que el primer contingente de 16 religiosas llegó a La Paz en el año 1879 para cuidar de los que no tenían los recursos necesarios para pagarse un tratamiento —tras las gestiones de un sacerdote italiano que solicitó a la congregación a la que pertenecían mujeres “robustas, de edad conveniente, vacías de amor propio y llenas de espíritu de sacrificio”—. Y luego nos comenta que algunas de ellas dieron vida a una farmacia que todavía se mantiene intacta en la primera planta del edificio. Otras trabajaban con las materias primas en las catacumbas del complejo médico. “Y dos murieron contagiadas de tuberculosis”, una enfermedad que por aquel entonces se combatía con reposo, una alimentación sana y climatoterapia.

La habitación en la que nos encontramos tiene el suelo de madera y está repleta de curiosidades y detalles mínimos. A la izquierda de Baldivieso, hay ahora una prótesis artesanal “para que caminara un pordiosero”. A pocos metros de la pata de palo, una vitrina exhibe un aspirador de Potain, un artefacto que se utilizaba para evacuar líquidos de los pulmones. Y en las paredes varias fotos dejan constancia de las anomalías y malformaciones que llamaban la atención de los doctores en otros tiempos (en una de ellas, el estadounidense Sanders Nellys toca una guitarra con sus pies mientras mira hacia la cámara atrapado en un cuerpo sin brazos; y en otra aparece Manuel Camacho, una mole de casi 2.30 metros que acabó en el circo tras sufrir el rechazo de sus vecinos). La historia de la medicina está plagada de momentos estremecedores que han sido recogidos por las enciclopedias digitales de la era moderna. Una de las fotografías más impactantes del ciberespacio corresponde a 1961 y nos muestra al ruso Leonid Rogozov mientras se operaba a sí mismo con la ayuda de un pequeño espejo tras un ataque de peritonitis que sufrió durante una expedición a la lejana Antártida. Algunas imágenes se detienen en las espeluznantes caretas con forma de pico de cuervo que se colocaban los galenos en los siglos XVII y XVIII para evitar la peste. Y otras registraron prácticas un tanto polémicas, que no eran del todo eficaces (a finales del siglo XIX, por ejemplo, existía la costumbre de envolver el tronco con sábanas mojadas para eliminar la fiebre).

Acá, en los salones que Baldivieso conoce como si fueran los de su propia casa, también son decenas los objetos capaces de trasladarnos al pasado de una profesión que nunca ha dejado de sorprendernos. Uno de ellos es la máscara con el rostro de Anastasio Paravicini, un médico nacido en 1882 que permitió que lo inmortalizaran con un molde de yeso.  “A su lado —señala Donald—, están sus lentes”; y también, los escritos a mano que dejó como legado para que fueran aprovechados por las nuevas generaciones. Otra de las piezas en exposición a tomar en cuenta es una silla portátil de odontólogo que se empleó en la Guerra del Chaco, un conflicto fronterizo que movilizó a cientos de jóvenes que tuvieron que enfrentarse al enemigo paraguayo, a la sequía, al calor extremo y al paludismo. Algunas publicaciones profundizan en las dolencias que martirizaron a Simón Bolívar. Hay una mesa en la que se apoya el primer microscopio que funcionó en el sanatorio y otra con los libros en los que se apuntaban los datos de los que tocaban las puertas de la institución en busca de una cama desocupada. Y en la botica antigua aún sobrevive una colección de tarros de cerámica con aroma a ungüento.

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