Escape

Irene Enríquez

La habilidad para armar los volantines la heredó de su padre, él le enseñó los secretos que le sirvieron para sobrevivir dando alegría a miles de niños en Oruro hace casi 70 años. Elenita de los voladores.

La Razón (Edición Impresa) / Juan Mejía

00:00 / 04 de mayo de 2014

Irene Enríquez, más conocida por los niños y niñas como Elenita de los voladores, es una juguetona anciana que el 1 de abril cumplió 89 años y que siempre va hacia arriba como sus cometas  que llevan cola y los voladores con aletas laterales que elabora desde que tenía 20 años. “Mi papá (Ponciano Enríquez) me ha enseñado a hacerlos” recuerda la mujer que parece salida de un cuento infantil.

 Con manos ágiles y movimientos rápidos, desde su asiento, que parece el trono de una reina que fabrica alegría para los niños y niñas,  poco a poco va formando un volador. “Primero cortamos un cuadrado de papel de seda, luego preparamos los ‘tisis’ (pajitas y cañas) y un arco que arman el armazón del cometa. Utilizo engrudo para pegar, algunas veces compro pegamento. Después pegamos la cola —hecha con eslabones de papel de seda—, el tirante  donde se amarra el hilo y ya está listo para que vuele”, explica la experta maestra sin dejar de sonreír. “Este trabajo es mi vida (suspira), y que bien vuelan mis cometas y mis voladores, algunas veces yo les enseño a los niños a hacerlos volar”, cuenta sin retirar la mirada del juguete que ya está por acabar.

La tienda de doña Elenita de los voladores, ubicada entre las calles Pagador y Montesinos, al lado del colegio Juan Misael Saracho de Oruro, literalmente está forrada por cientos de voladores y cometas de tres tamaños (de 4, 5 y 8 bolivianos)  y de todos los colores. “Tengo pedidos de colegios, escuelas y de los kínder para que lleven a hacer volar a los arenales de la zona norte, a la exmina San José y ahora también los llevan hasta el cerro Santa Bárbara, donde está la inmensa Virgen del Socavón”, comenta.

 Doña Elenita de los voladores elabora cada día unas seis piezas y tiene algo más de 100 listas para la venta. “Descanso un poquito y vuelvo a trabajar, de noche, en la cama, sigo armando voladores y cometas, siento que doy mucha alegría a las wawas, son ellas las que vienen a mi casa que se llena de griterío, me gusta, para ellas trabajo”.

“Me he casado, no tengo profesión y así he mantenido a mis hijos, también hacía capitas, ponchitos, vestiditos para muñecas, pero me  he dedicado a los voladores, uno de mis hijos (Hugo) es ingeniero, vive en La Paz, pero mi otro hijo (Fernando) vive conmigo y es mi compañero”.  

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