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Ivar Méndez - Neurocirujano

Un boliviano canadiense dirige el Centro de Reparación Cerebral

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 11 de marzo de 2012

Ivar Méndez vive en Canadá desde su adolescencia. Allí se ha hecho el médico neurocirujano que es, profesión que le ha llevado, gracias a sus investigaciones, a ocupar la dirección del Centro de Reparación Cerebral, el orgullo de la ciudad de Halifax (Nueva Escocia), además de ser profesor y jefe de la División de Neurocirugía en la Universidad de Dalhousie.

Méndez es, además, uno de los pioneros en el uso de robots para el campo de la neurocirugía, un convencido de las enormes posibilidades de las células madre para la regeneración del sistema nervioso y un militante de la utilización de las nuevas tecnologías —el teléfono celular, por ejemplo— para borrar las fronteras que la pobreza levanta en el campo de la salud.

Él mismo modela el bronce y, cámara fotográfica en mano, explora la realidad que le rodea y hasta escribe crónicas periodísticas. Y por si fuese poco, el médico es un filántropo que no deja de mirar Bolivia —su salud, sus paisajes, sus artistas— a través del aporte de la fundación que lleva su nombre.

El doctor Méndez nació en La Paz. Estudió en el colegio San Calixto de Següencoma (hoy San Ignacio) y, como alumno libre, pasó clases de escultura en la Academia Nacional de Bellas Artes (ANBA). Ingresó a la Universidad de Toronto, donde se graduó como bachiller en Ciencias. En la ciudad de London (Ontario) abrazó la medicina como un paso natural, teniendo en cuenta que su padre es también médico. Escogió la neurocirugía, para la que se especializó en Ontario, donde también obtuvo el doctorado en Neurobiología. Una beca de estudios superiores le permitió viajar a Suecia, donde hizo investigaciones pioneras en células madre.

La filantropía

Ivar Méndez ha visto tantos cerebros, que está convencido de que los pensamientos que se cruzan por ese complicado órgano, si son racistas, discriminadores, son una estupidez. “Somos intrínsecamente iguales”, dice. “Lo que nos diferencia es nuestro carácter, pero sobre todo nuestra capacidad de contribuir: a la familia cercana, a los demás, a los extraños. Es como tirar una piedra al agua en calma: las ondas representan  a una persona. Todos tenemos algo muy valioso y si esas ondas se fueran conectando con otras, si se integraran e interactuaran, el mundo sería mucho mejor”. Y no son sólo palabras. Ivar Méndez encabeza una fundación que ayuda a Bolivia en temas de nutrición, salud dental y cultura. (Asimismo, asiste en programas de educación en regiones de esquimales de Canadá). El boliviano-canadiense considera que el servicio a los demás es parte de la avanzada en el camino que se ha trazado para llegar al futuro. “La gente no se da cuenta de que la verdadera satisfacción está en cambiar y mejorar las cosas, no en el provecho personal; si esto se lo entiende bien, no hay meta inalcanzable individualmente, en grupo o como nación”.

En la fundación, “yo simplemente soy el conducto, pues detrás está la gente  que trabaja conmigo: hay 100 investigadores en el Centro de Reparación Cerebral  y soy parte de un hospital de 800 millones de dólares de presupuesto. Ayudan todos”. Que así es, lo demuestra la presencia periódica de odontólogos canadienses en el país. En 2011  estuvieron en Aucapata y Colquencha y ya se prepara otra misión para este 2012.

“Gente para ayudar, existe. Esto me pone optimista. Espero que al menos uno de los niños, de los muchos a quienes damos suplemento nutricional —otra forma de ayuda de la fundación— sean los líderes que hagan el cambio en Bolivia”.

Los artistas jóvenes reciben, por su lado, el aporte de quien es colega en el campo de la escultura. “Anualmente auspiciamos un concurso en la Academia Nacional de Bellas Artes. Pero también elegimos a un estudiante para ir a alguna comunidad rural, durante tres meses, donde va a trabajar con los niños.

Lleva colores, crayones, óleos—que algunos chicos no han visto nunca en su vida—; pero además les mueve a crear obras con tierra y otros materiales del entorno. Esos trabajos se exponen luego en salones de la ANBA y hay que ver el orgullo, la autoestima de los comunarios al saber que algo hecho por sus hijos es compartido por la gente de la ciudad”.

Cuestión de lóbulos

La parte izquierda del cerebro es, explica el especialista, la que domina el pensamiento preciso, matemático, lógico, analítico, mientras que la derecha está asociada con la creatividad, la emocionalidad, la mirada de conjunto. “Soy un convencido de que son las dos partes las que permiten una mayor capacidad de procesar información cuando se las desarrolla al mismo tiempo, de allí que creo que es importante nutrir ambas desde la niñez”.

Méndez es un paradigma de cómo se integran ambos lóbulos. Es médico, pero también artista. “Siempre me he interesado en ver las cosas en tres dimensiones y esta cualidad de la escultura me ha hecho un mejor neurocirujano: para ver en ese sentido el cerebro e incluso en el manejo de los instrumentos de la cirugía, con los que se puede modelar como con una escultura”.

Lo más importante, además, para el arte y la ciencia, “es la creatividad”. Un artista “debe pensar más allá del cuadrado para ser original, y el científico necesita lo propio: pensar fuera de los esquemas para resolver problemas. Por ello, no creo solamente que ambas funciones del cerebro se complementan, sino que son fuerzas sinérgicas”.

El médico artista reflexiona sobre las facilidades que ha tenido para desarrollar ambos lóbulos y por ello apoya en ambas áreas a niños y jóvenes de su país de origen.

Reparación cerebral

En diez años, el neurocirujano prevé que la reparación de células del cuerpo humano, mediante el uso de las células madre, será una realidad.

Él lo explica con un ejemplo: hoy, la gente con problemas de ritmo cardiaco mejora su condición gracias al marcapasos, aparato que ayuda a recuperar la frecuencia de envío de impulsos eléctricos que las células dañadas han perdido. Pues bien, se ha descubierto que las células madre pueden producir un marcapasos natural.  “Y lo mismo se podrá hacer con otros órganos; en el futuro no lejano se podrá reparar cualquiera de éstos a partir de esas células que tienen la capacidad de convertirse en cualquier otra”. ¿Cualquiera, inclusive las neuronas? “Inclusive. En esto estamos trabajando en el centro, con la certeza de que podremos reparar cualquier circuito dañado del cerebro”.

Asistencia remota

La robótica también da lugar a los implantes, al diálogo entre células y cibernética. Por ejemplo, en el caso del mal de Parkinson, el hecho de que ciertas células del sistema nervioso no trabajen bien provoca el movimiento descontrolado del cuerpo. “Un implante en el cerebro, un electrodo, conectado mediante un cable debajo la piel con una computadora externa, hará posible controlar ese temblor”. A futuro, “quien perdió la vista por un daño en el cerebro, precisará de un chip que hará de receptor de los impulsos del ojo”, adelanta Ivar Méndez.

Todo lo descrito no es ciencia ficción, sino una posibilidad en la que se está avanzando. “Mi mirada está en el futuro; me interesa trabajar y resolver problemas del futuro y construir instrumentos que se usarán dentro de diez o veinte años. Veo ese camino que voy a recorrer hasta alcanzar las metas”.

Electrónico-orgánico

El equipo que comanda Méndez puso en práctica el uso de un robot para asistir a enfermos en lugares de difícil acceso. “Fuimos los primeros en el mundo en instalar uno en el Ártico, en un pueblo de esquimales de alrededor de 1.500 personas, donde no hay médicos; la consulta se hizo a distancia y participaron doctores de Halifax; fue una experiencia piloto que pretendemos replicar, confío en que dentro de cinco años como máximo, en lugares remotos de Bolivia —es mi particular interés—, África y parte de Asia”.

La persona se presenta en el lugar donde se instala el equipo y se le puede practicar un electrocardiograma en tiempo real. “Los médicos no sólo lo ven, sino que, de ser necesario, pueden resucitar a la persona que sufra un ataque cardiaco; se requiere sólo de una enfermera para ayudar”.

Otro uso de los robots se puede dar en ciudades pequeñas que cuentan con un médico local. Si allí se presentase un paciente con un tumor en el cerebro, el manejo clínico podría realizarse allí mismo, con la ayuda de “un neurocirujano a distancia guiando al profesional presente en esa sala de emergencias”. 

Salvar a las mamás

Méndez comenta que una de las cosas más interesantes que han desarrollado es la tecnología para el cuidado prenatal a través de sistemas que trabajan con señal de teléfono celular. “Mil madres mueren al día en el mundo dando a luz por causas previsibles. Si en el área rural de Bolivia hay un embarazo complicado de mellizos o el bebé resulta más grande que el canal de parto, la vida se pone en vilo”. Una de las maneras de prevenir es el ultrasonido previo al parto; sólo que en el campo esta posibilidad es difícil, cuando no imposible: no sólo que no hay la tecnología, en varios lugares ni siquiera llega un médico. “El ultrasonido se lo puede hacer con equipos portables que trabajan con señal de celular. No se necesita que la persona que lo opere sea un experto: basta una enfermera e inclusive un familiar, pues el sistema permite conversar con el obstetra, quien está a distancia dirigiendo el examen, y enviarle de inmediato los resultados del ultrasonido”.

Igualmente, es posible analizar una gota de sangre: la señal se envía al laboratorio para su análisis y en tan sólo minutos el diagnóstico está listo. Ivar Méndez cree que este uso de las tecnologías (celulares, internet), que implica el desarrollo de programas, “revolucionará la manera de practicar la medicina”. En países como Bolivia, será una solución ante la falta de dinero para construir hospitales, equiparlos, dotarles de profesionales. “He viajado por el país y sé que hay muchos sitios donde no se cuenta ni con agua ni electricidad, pero en cambio hay señal de telefonía celular”.

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