Escape

Ivette Garzón

Comunicadora social y bailarina de profesión, desde hace seis años dedica su vida a ayudar a los más desvalidos: niños con capacidades diferentes y personas de la tercera edad. Maestra de danzaterapia.

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 09 de agosto de 2015

Un sueño la perseguía constantemente, una imagen que veía pasar la seguía todo el tiempo. Hasta que un día, hasta no hace mucho, Ivette Garzón, potosina de 42 años, vio a la persona con la que soñaba regularmente: una joven de 22 años con síndrome de Down.

“Yo la veía en todos mis sueños, donde me hablaba y me decía, por ejemplo, ‘cuidate, esta semana te puede ir mal’. Nunca la había visto, y he tenido la suerte de hace un mes y medio, más o menos, encontrármela en mi trabajo, en la Academia de Danza de Charito Carazas, donde doy clases de danzaterapia para niños con capacidades diferentes y ancianos. Ella estaba sentada con su mamá. Fue tan grande mi impacto, que, cuando la vi, casi me infartó”.

Según asegura, la joven es la misma que la de su sueño: la cara, las manos, la estatura, incluso tiene la misma voz con la que le hablaba en el sueño. Sin embargo, hay una sola cosa diferente en la realidad: su cabello no es canoso como en el sueño, donde aparecía una persona de mayor edad. “Estoy convencida de que es una señal de Dios para que siga trabajando en esto, para que me siga motivando, para que transmita este ejemplo de vida que tengo con estas personas hacia otros que quieran trabajar en su ayuda”.

Hace seis años que Ivette da clases de  danzaterapia, cuyo objetivo es ayudar a una cura por medio del baile. “La danzaterapia es la conjunción de movimientos, de ritmo y de curación, la considero un trabajo integral. Pero lo principal es que la llamo terapia porque quiero lograr una rehabilitación con ella”.

Una de sus primeras experiencias fue con un niño llamado Enrique, quien  estaba en silla de ruedas porque tenía la espina bífida, una malformación congénita del tubo neural que no le permitía levantarse de la silla. No obstante, gracias a que su mamá le inventó un taburete pequeño con rueditas en el piso, él tenía la opción de poder moverlo con los pies, entonces lo sentaba ahí y él se desplazaba, logrando entrar en una coreografía.

“Mi propósito es lograr una inclusión verdadera en todos los ámbitos, tanto social, laboral, como escolar. Es por eso que estoy incluyendo poco a poco a una niña con síndrome de Down en el elenco para que después forme parte del ballet oficial”.                    

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