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Jean Paul Gaultier, dueño de juventud infinita

En la casa de la abuela ‘me di cuenta del poder transformador de la moda, del impacto que podía tener en la vida de la gente’.

La Razón (Edición impresa) / Lucas Arraut, El País. / Madrid

00:00 / 07 de octubre de 2012

Jean Paul Gaultier (Arcuel, Francia, 1952) nos recibe en su taller de la Rue Saint Martin de París, que emplea a más de cien personas y en el que pasa unas diez horas al día. En la cocina espera su chef particular, un tipo sonriente y rematadamente guapo —ninguna sorpresa— que hoy ha preparado un hojaldre con setas, pescado al vapor y un canutillo de helado de limón que rompe tímidamente la ligereza del menú. “Intento cuidarme. Antes de la moda, lo mío era la cocina, ahora sólo soy bueno comiendo”, asegura. Apenas bebe alcohol debido a una hepatitis “no muy horrible” que sufrió hace tres décadas. Gesticula con energía, exagera sin complejos (todo le parece “supeeeeeerb!”), ríe a placer y, en un gesto de deferencia, entremezcla frases en un correcto español, aunque muchas veces le traiciona el italiano.

Su icónico pelo oxigenado es ahora cano, pero con 60 años mantiene una forma envidiable y una jovialidad abrumadora, casi infantil. Se parte de risa cuando detecta un exceso de seriedad en sus reflexiones, y adopta un gesto de falsa profundidad cuando se alarga con una frivolidad. Menciona constantemente a los que le ayudaron a estar donde está, desde el diseñador Pierre Cardin, que lo fichó con 18 años, pese a que no contaba con ninguna formación académica, hasta Madonna, que globalizó sus diseños. Aunque el nombre que más repite es el de Francis Menuge, la pareja con la que montó su empresa y que murió en 1990.

Gaultier es franco, carismático y un profesional en las lides mediáticas. Pocos personajes te sirven en bandeja una entrevista como él. “Los de la prensa siempre me obligan a recordar cosas que tenía olvidadas”, alerta fingiendo un ligero enfado, para proclamar que considera que la etiqueta de enfant terrible que le acompaña desde hace 30 años se reduce a un ejercicio de vagancia de los periodistas. ¿Producto —se pregunta— de la incapacidad de describir la fascinación que Gaultier sentía por las tribus urbanas en un tiempo en el que la moda francesa parecía deslumbrada por lo chic y la elegancia? Define su primer desfile, en 1976, como “una catástrofe”: “Me programaron a la misma hora que Emmanuelle Khanh, una de las diseñadoras más populares del momento. Los poquísimos periodistas que vinieron —ninguno importante— pensaban que acudían a un cóctel en el que podrían comer algún canapé”, se ríe. “Estuve dos años sin un centavo, tenía que usar manteles para hacer las prendas”. Pero una de las bases que sentarían su estética ya estaba allí: el casting de modelos. En contra de la rigidez que experimentó trabajando en la “anticuada y a la vez preciosa” casa de costura de Jean Patou, a la que llegó como ayudante con 20 años, Gaultier quería que las modelos de sus desfiles fueran la sublimación de la diversidad cultural que emanaba de las calles de París y Londres. Las quería de todas las razas y anatomías: delgadas, gordas, viejas, tatuadas.

A sus primeros desfiles asistió su abuela materna, Marie, muy “confiada” en el éxito de su nieto, aunque no viviera lo suficiente como para verle triunfar. En ella sitúa el germen de su vocación. “Era una especie de enfermera multiuso que recibía a mujeres en la consulta que tenía en casa. Ponía inyecciones, les leía las cartas y hacía masajes, sesiones de belleza… lo que hiciera falta. Una clienta le contaba, por ejemplo, que su marido ya no le hacía caso, y mi abuela le recomendaba que le cocinara tal plato y que se maquillara de tal manera. Con siete u ocho años, yo me sentaba hipnotizado a disfrutar del ritual, y como en esos viejos anuncios que muestran el antes y el después del uso de un producto milagroso, dibujaba a esas señoras dos veces: una, al entrar a la consulta, y otra, al salir, convertidas en Brigitte Bardot. Allí me di cuenta del poder transformador de la moda, del impacto que podía tener en la vida de la gente”.

En casa de su abuela, una mujer mucho más permisiva que sus padres, veía los programas de televisión que tenía prohibidos. “Mis favoritos eran los que se emitían desde el Folies Bergère”, el teatro cabaret. También en ese piso vio por primera vez un corsé —“un impacto, puesto que entonces no entendía muy bien la anatomía femenina”— e hizo sus primeros ejercicios como estilista practicando sobre Nana, su peluche.

El osito, se disculpa, está ahora mismo dando la vuelta al mundo como parte de la exposición itinerante, una retrospectiva de su trabajo. Me enseña una foto de lo que él ahora ha rebautizado como “el monstruo”. Un peluche rasurado y desfigurado al que cosió una cabellera que tiñó una y otra vez y de la que hoy apenas queda rastro. Los ojos y la boca maquillados resultan algo siniestros, amén de una cicatriz que le atraviesa todo el tórax —“eran los años sesenta, las operaciones a corazón abierto estaban de moda”, justifica— y dos extraños conos de papel sobre el pecho. “Los mismos que 30 años después diseñaría para el famoso corsé de Madonna (de la gira The blonde ambition tour).

Cuando “mis padres vieron cómo había transformado a Nana en un travesti pensaron que estaba pasando demasiado tiempo en casa de mi abuela”, se carcajea. “Eran gente tolerante, pero no tanto”. En el colegio era un chico solitario, “supertímido”, al que llamaban fille manquée, una expresión que designa a aquellos niños que no hacen lo que se considera apropiado para su sexo. “Aunque yo no me sentía para nada como una niña”; pero “sí era muy malo jugando al fútbol y no soportaba la clase de gimnasia, así que siempre estaba enfermo”. Una profesora le sorprendió dibujando a una de esas glamurosas chicas del Folies Bergère llenas de brillos y plumas. Como castigo, colgó el dibujo en su espalda y le obligó a pasearse por todas las aulas de la escuela. “Lejos de humillarme, los alumnos empezaron a sonreírme, a felicitarme. ¡Todo el mundo quería que le dibujara una de esas chicas! Creo que allí, con unos nueve años, pensé por primera vez: ‘Éste tiene que ser mi trabajo”.

Busca entonces una foto en la que aparece sonriente junto a Victoria Abril y Pedro Almodóvar en el rodaje de Kika, una de las tres películas del director en las que ha colaborado y que tienen su espacio en la exposición.  Con Almodóvar “tenemos en común una edad similar, un origen modesto, un entusiasmo brutal por nuestros oficios, la manera en que hemos vivido libremente nuestra sexualidad —una supuesta debilidad que a ambos nos fortaleció—, el cuestionamiento de los preceptos morales con los que crecimos y una visión muy parecida del mundo femenino”, enumera. “Crecimos rodeados de mujeres, las conocemos bien. Y ambos hemos querido exhibir su poder y fuerza a través de nuestro trabajo, a la vez que mostrábamos la sensualidad, la sexualidad y la fragilidad de los hombres. Siempre me he rebelado ante la idea de que los hombres tengan que ser los guardianes del poder y del dinero, y las mujeres, dueñas de la belleza y la seducción”.

Sobre muchas de esas premisas, dice, construyó parte de su carrera. “Llamé a mi primera colección masculina El hombre objeto, a modo de reivindicación. Me gusta transgredir los estereotipos asociados a los géneros”. Hombres con faldas y corsés, una afición más bien incorrecta a la iconografía religiosa, su célebre fetichismo… poco a poco, las excentricidades y travesuras de Gaultier se convertían en señas de identidad que, lejos de ahuyentar, embelesaban al conservador establishment parisiense, rendido ante su oficio.

En 1996, Gaultier abrió su propia casa de alta costura, insuflando una energía prácticamente olvidada a las 11 rancias maisons que por entonces mantenían a flote el negocio más elitista de la moda. Allí, el más iconoclasta de los diseñadores franceses deslumbró a la Chambre Syndicale, el estricto órgano regulador, renovando con brío el género a la vez que mantenía un exquisito respeto por la tradición. Gaultier se convertía así en un clásico indiscutido, con un legado estético y un oficio comparable al de su ídolo Yves Saint Laurent. En 2011, el grupo de moda catalán Puig se convirtió en el accionista mayoritario de Jean Paul Gaultier, una firma que el diseñador admite que vivió su apogeo en los 80 y 90, y que ahora puede presumir de referente atemporal con una clientela fiel.

La crisis, la sucesión

Le pregunto qué opina de la propuesta electoral de Hollande de gravar con un 75% las rentas superiores al millón de euros. “Sabíamos que algunos ricos se marcharían del país. Con el paro subiendo, ¿es el momento para hacerlo?”, pregunta retóricamente. “Hemos llegado a tal deshumanización en la industria... Si los políticos no encuentran las soluciones, deberíamos volver a confiar en nuestra capacidad individual para salir adelante”.  

Le pregunto si sigue disfrutando de la moda como espectador. “El día que deje de hacerlo, abandono mi trabajo”. Y llegado el día, ¿ha pensado en su sucesión? “Le voy a decir algo que igual suena cursi: mis padres están muertos, y hoy sólo mantienen nuestro apellido mi tío, su mujer y su hija, que no puede tener hijos. Como yo tampoco los tengo y parece que no podrá haber más Gaultiers en la familia, me reconforta la idea de que la firma me sobreviva, como si fuera parte de la dinastía”. El diseñador hojea las páginas del catálogo de su retrospectiva y concluye: “Tengo 60 años. Ya no soy tan joven. No me engaño, un día se deja de ser tan creativo, un día tu cliente cambia, de repente, es mucho más joven que tú. Lo he visto en la gente a la que más admiro, como el señor Saint Laurent. Creo que está bien que alguien me vaya a suceder en el futuro. Me alegra, incluso. Ojalá encuentre a un diseñador en quien me reconozca”.

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