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Jesús Llorente

A pesar del arduo trabajo en cada uno de sus centros para niños, jóvenes, adultos y ancianos, este sacerdote asegura sacarse tiempo para leer, pasear y visitar a sus amigos. Soldado de la filantropía

La Razón (Edición Impresa) / Mitsuko Shimose

00:00 / 21 de diciembre de 2014

Nació en Zaragoza, una ciudad española de la provincia de Aragón, hace 56 años y es el menor de cuatro hermanos.

Cuando tenía 17, Jesús Llorente pensó en el sacerdocio como posibilidad y entró al seminario a los 18 años con la misma perspectiva. A los 24 finalmente se ordenó como sacerdote en la diócesis de Cuenca, en Castilla, cerca de Madrid.

Estuvo 11 años en parroquias, tanto rurales como de la misma ciudad de Cuenca, trabajando como voluntario con privados de libertad, drogodependientes y personas con VIH/sida, y hace 21 años que vive en Bolivia.

En 1993 fue a México a hacer unos cursos y allí coincidió con monseñor Gonzalo del Castillo, quien era obispo auxiliar de  La Paz, y  lo invitó a conocer esta ciudad.

Llegó a la hoyada ese mismo año y decidió quedarse porque descubrió la posibilidad de acompañar a  gran parte de la población de las periferias y trabajar por ella.

Bajo esta misma perspectiva —y gracias a datos de Unicef que revelan que en La Paz existen unas 40.000 personas con discapacidad intelectual, y no hay una respuesta clara a  la  integración social— hace tres años creó un centro para niños que acarrean este mal, que funciona en dos aulas en el Centro Señor de la Exaltación, ubicado en la zona de Vino Tinto.

“Muchos de los niños, que son más de 20, están ahí desde las 08.00 hasta las 17.00 y reciben  alimentación completa, además de las terapias personalizadas que necesitan, y sobre todo, el trabajo de integración con los otros niños”.

Aparte de este centro, hace tres meses se creó también otro para jóvenes y adultos con capacidades diferentes en la Meseta de Achumani.

“Estoy  tocando puertas para ver la posibilidad de hacer otra edificación y poder acoger a muchos más jóvenes y adultos”, cuenta.

La meta, en ambos casos, es la integración social. “Tenemos un convenio con centros educativos, para que ellos puedan desarrollar a plenitud toda su capacidad intelectual”.

En lo laboral, a partir de febrero funcionarán talleres de producción para que puedan percibir un monto de dinero para vivir y desarrollar  sus capacidades. Desde el mismo mes, y en lo social, se los integrará en actividades deportivas, lúdicas y culturales.

En la zona Norte también se encuentran dos centros infantiles (385 niños), dos comedores (100), un proyecto de apoyo educativo (70) y otro de ancianos (25) que operan con su apoyo.

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