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Jisk’a prensa

David contra Goliat.

Piezas de colección. En el Museo Costumbrista Juan de Vargas están expuestas las obras ganadoras del concurso municipal de Alasita, entre las que hay miniaturas que copian la realidad (foto principal).

Piezas de colección. En el Museo Costumbrista Juan de Vargas están expuestas las obras ganadoras del concurso municipal de Alasita, entre las que hay miniaturas que copian la realidad (foto principal).

La Razón / Gemma Candela

04:00 / 27 de enero de 2013

Sería lo mismo un 24 de enero sin los tradicionales periódicos en miniatura? Seguramente que no. Si éstos desaparecieran, “se afectaría la vitalidad de la Alasita”, afirma la investigadora Carmen Beatriz Loza. Una vitalidad que tiene que ver con una forma de hacer periodismo crítico, libre, con el objetivo de agrandar en sus pequeñas páginas los excesos de los distintos poderes, no sólo el gubernamental. Ése es uno de los puntos sobre la importancia de esta tradición que la investigadora argumentó en la carpeta preparada para postular los periodiquitos al reconocimiento como Memoria Regional del Mundo, del Programa del Comité Regional para América Latina y el Caribe de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura). Desde diciembre, el título es una realidad y con él también la necesidad de investigar más a fondo, pues es un hecho que existen grandes vacíos de documentación e información.

En la época colonial, los pasquines, esos escritos anónimos que se colgaban en las calles y que “manifestaban una serie de críticas o comentarios a ciertas actitudes políticas que sucedían en el momento”, ayudaban, desde el anonimato, a burlar el control, explica el historiador e investigador de la Unidad del Museo Municipal, Jesús Llusco. “Lo más probable es que los periódicos de Alasita sean herencia de esos pasquines”.

Durante la República aparecieron los primeros ejemplares vinculados con la feria de la abundancia y la miniatura. A nivel de medios impresos, el periódico La Época fue el pionero; editó una versión en miniatura en 1846. “Pero nunca se ha visto el ejemplar”, resalta el médico e historiador Rolando Costa Arduz. El dato se conoce gracias a los testimonios escritos de historiadores y escritores como León M. Loza, Nicolás Acosta, Manuel Rigoberto Paredes y Antonio Paredes Candia. El ejemplar más antiguo que Costa guarda, entre sus más de 300 pequeños periódicos, es el número 2 de La Época, de 1847.

En 1850, periódicos en miniatura se publicaron también en Sucre, Potosí, Oruro y Tarija, según se observa en algunos ejemplares de la colección Costa Arduz. Pero son los de La Paz los que han guardado una continuidad que hoy los sitúa entre lo inseparable de Alasita y de la propia dinámica de los medios impresos.

Familias, colectivos y amigos, intelectuales, artistas y artesanos ayudaron a esa continuidad. Ni siquiera ahora, cuando los medios institucionales han tomado la posta con fuerza, deja de haber grupos que ponen a circular sus creaciones.

Por su carácter interpelador, el uso de seudónimos a la hora de firmar las notas fue una característica generalizada. Hasta bien entrado el siglo XX, la identidad de los editores solía ser una incógnita muy bien guardada, “por si acaso”.

Inclusive La Época, un poco en serio, un poco en broma, en sus tapas avisaba que los autores, en caso de que algún aludido quisiera castigarlos, no eran encontrables. En 1851, advertía bajo su cabecera: “Este periodiquito no tiene editor responsable y sus propietarios son los cajistas, quienes lo venderán en la plaza de las Alasitas a medio real cada ejemplar”.

El Zurriago, El Marigüí, Los viejos jóvenes y los jóvenes viejos, El Mosquito, El Moscardón, La Pulga, El Tábano o El Bastonero son algunos de los pequeños irreverentes de la década de los 60 del siglo XIX. “O pican, o pegan, o golpean”, hace notar Loza. En los 70 circularon, entre otros, El Vigía, El Cojitronco, El Trueno y El Microscopio, sinónimos de vigilancia, de luz, de profundo cuestionamiento.

Y si el pueblo se divertía, los aludidos no siempre conservaban el buen humor. Se dice que Bautista Saavedra, presidente de la República entre 1920 y 1921, desterró a un artesano por una burla que había escrito sobre su investidura.

El Chairito, de 1921, indica: “Este diario se edita en los cielos, nunca tuvo talleres, no adula ni a Cristo y vivirá hasta mañana”. Como director firmaba Don Casto Judex y, como administrador, Perico Sardinilla.

Antonio Paredes Candia, el costumbrista ya fallecido, solía contar que el gobernante René Barrientos, ya en la década de los 60 del siglo XX, no sólo se divertía al leer la prensa en miniatura, sino que “para él (aparecer en ella) significaba una muestra de popularidad”, cuenta Costa. Y es cierto. Los sujetos de la información alasitera, lo mismo los políticos que los miembros de la farándula, tienen que estar vigentes. Si no tienen peso, no merecen una sátira, ni siquiera de refilón.

Durante buena parte de su historia, la tradición mandaba comprarlos entre el 23 y el 25 de febrero (se publicaba un número cada día) y quemarlos en las hogueras de San Juan, el 24 de junio. Ni Loza ni Llusco ni Costa se atreven a precisar cuándo cambió esa costumbre; lo que sí está claro es que la tradicional quema de los papeles fue uno de los factores que pesó en el hecho funesto de se hayan conservado pocos ejemplares antiguos. Pero no es el único. En 1859, el rotativo El Telégrafo publicó la convocatoria de un concurso de Alasita, con distintas categorías y premios, entre las cuales se incluía la competición de la pequeña prensa. Establecía que las obras ganadoras pasarían al Museo Municipal, entonces ubicado en la calle Loayza. Y allí se fueron acumulando hasta que, durante la segunda mitad del siglo XIX, el Choqueyapu se desbordó, llegando hasta las instalaciones museísticas, relata Llusco. Hubo que trasladar el repositorio algunas cuadras más arriba, a las dependencias del hospital de un convento (edificio que hoy es un hostal). Pero, poco después, las lluvias se colaron en el almacén, malogrando las piezas.

“Durante años, La Paz careció de un museo municipal estable”, refiere el mismo historiador. El primero se abrió el 15 de julio de 1950: la Casa Museo Pedro Domingo Murillo. La falta de repositorio y, como consecuencia, la pérdida del material, dificultan el trabajo de investigación.

Son los coleccionistas privados los que han hecho llegar hasta nuestros días ejemplares del siglo XIX y principios del XX. Personas que, como Rolando Costa, Carlos Serrate Reich o la familia Rada y la Fundación Flavio Machicado, han guardado generación tras generación colecciones que cada quien ha ido completando. El Museo Costumbrista tiene también un repertorio de ediciones de los últimos años, según muestra la jefa de la Unidad de Museos Municipales, Leonor Cuevas. Unos cuantos ejemplares están asimismo en el Museo de Instrumentos Nativos de Ernesto Cavour. Sin embargo, aunque se juntaran todas las colecciones, seguiría habiendo un vacío, lamentan los estudiosos.

Pequeños y escurridizos

Acceder a las colecciones es complicado, cuenta Loza. Las instituciones públicas son las que menos tienen y, para ver las privadas, depende de la voluntad de cada coleccionista. La experta en carpetas que eleva ante la Unesco —también preparó y con exitosos resultados las correspondientes a la medicina Kallawaya y la Ichapekene Piesta, hoy parte del patrimonio intangible de la humanidad—, trabajó en la prensa en miniatura durante seis meses. “No fue fácil. Algunos coleccionistas pensaron que se les iba a ‘expropiar’ sus ejemplares”. Otros, menos recelosos, las exhibieron, como Rolando Costa Arduz que no duda en dejar ver sus tesoros de papel, aunque tuvo la mala suerte de toparse con alguien que, aprovechando un descuido, le privó de algunos de sus periodiquitos. Por suerte, los había fotocopiado antes y guarda, mal que mal, las copias.

Con el premio económico que la Unesco otorgará a Bolivia por pasar a formar parte de la Memoria Regional ($us 30 mil, según la página web de la institución), se pretende “generar un repositorio de todas las publicaciones (hoy dispersas), comprando colecciones privadas o digitalizándolas”, informa Cuevas. Todo pasaría a formar parte del Museo Costumbrista Juan de Vargas, a disposición de los ciudadanos.

Verlos en conjunto es como dar un repaso a la historia de Bolivia. En esas ediciones anuales está contenido lo más relevante de cuanto ha vivido el país y también el mundo. Y si bien no es una nota alasitera la que va a tumbar a un poderoso, es posible que vaya aguzando el sentido crítico de los lectores.

Loza cree que este tipo de expresión, libre y lúdica, “no debería ser exclusivo de los grandes medios; tendría que recuperarse como espacio de libre expresión de artistas y bohemios, y de otros sectores de la población”, tal cual fue en un principio.

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