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Joseva Jiménez

Regenta desde enero de uno de los restaurantes de mayor renombre de Vallegrande. Es del País Vasco, pero anda por tierras cruceñas desde 2008. En El Mirador ofrece gastronomía internacional y mucha alegría. Cocinero

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 01 de julio de 2012

Al preguntar a los vallegrandinos  cuál es un buen sitio, sino el mejor, para comer en este pueblo de los valles cruceños, no son pocos los que señalan hacia lo alto de la calle que sube de la plaza principal al cerro: El Mirador. La sorpresa llega cuando se descubre que la carta de este restaurante no es local, sino internacional, y que el cocinero es  de Bilbao (España).

Joseva Jiménez (44) vive de forma “definitiva” en Bolivia desde 2008. Lo dice así porque un tiempo antes vino al país con la idea de montar su negocio, pues en España le habían dado la incapacidad total para desempeñar su trabajo. Por aquel entonces, tenía un restaurante y era socio de una empresa en la que manejaba grúas gigantes.

“Nunca he trabajado para nadie”, asegura este emprendedor. Estudió Economía pero siempre le gustó la cocina: sus padres tenían un restaurante en el que él aprendió.

Joseva conocía a bolivianos en España que le hablaron de estas tierras y se animó a conocer el país y a poner acá su propio restaurante. Fue a comprar su pasaje y, a los cinco días, ya estaba en Santa Cruz. Allí se dio cuenta de que no era tan fácil abrir una empresa. Anduvo un tiempo por tierras cruceñas y regresó a España para no perder su billete de vuelta.  Asegura que se pasó una semana en cama por el estrés: “De oír los autos, de abrir el buzón y encontrar carta del banco... ¡Aquí (A Vallegrande) no llegan ni cartas!”, ríe.

Un tiempo después decidió regresar de nuevo a Santa Cruz, donde conoció a su mujer. Allá cocinaba de vez en cuando para sus amigos, quienes, maravillados, hablaban a sus conocidos de los ricos platos de Joseva. Pronto el bilbaíno comenzó a trabajar por encargo en fiestas privadas. En uno de esos eventos fue a Comaipata acompañado de su mujer. Al regresar hacia Santa Cruz se detuvieron en Vallegrande para pasar la noche y visitar a los tíos de ella. En la mañana, Joseva salió a la calle y se maravilló al ver que todo el mundo le daba los buenos días. Decidió quedarse allí.

Han pasado ya dos años y, en enero, se puso al frente de los fogones de El Mirador. Allí está flambeando carne y sirviendo algún shot de cortesía. Vestido con su traje ignífugo, habla sin parar cuando sale de la cocina a atender a los clientes y amigos que le visitan. Su leve cojera no puede con él, nervio puro. Se mueve sin parar del comedor a la cocina, y viceversa. Al acabar la jornada, Joseva, su mujer y su niña se suben a la moto y se van a casa atravesando las oscuras calles vallegrandinas.

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