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Juan Pablo Jiménez

La pasión por la música lo llevó a formarse en París y viajar por Brasil y África para seguir aprendiendo percusión afromandingue. El musicólogo paceño dedica su tiempo a formar talentos. Percusionista

La Razón Digital / Liliana Aguirre

00:00 / 16 de febrero de 2014

El regalo de una amiga francesa —un yembé, el tambor africano— cambió su vida e hizo que este paceño encuentre su camino: la percusión. Si bien ya estaba empapado con la música por las clases de guitarra que tomó en el Conservatorio Nacional de Música y sus compañeros de arte, su destino le preparaba grandes sorpresas.

“Como obtuve el bachillerato francés en mi colegio, me postulé a unas becas de la Alianza Francesa en París para ser asistente lingüístico y esto me permitió quedarme allí e ingresar a la Universidad París 8 y estudiar la licenciatura y dos maestrías en musicología”.

A sus 37 años, reconoce que formarse en Europa implicó mucho esfuerzo. “Tenía que trabajar en lo que fuera para solventar mis estudios, así que lavé baños, fui albañil, di clases de guitarra, fui sereno, cargué maletas, hice de todo”, cuenta. Pero la vida siempre recompensa el esfuerzo. Durante una maestría obtuvo una beca de dos años de investigación en Salvador de Bahía, Brasil, donde pudo sumergirse en la cultura afrobrasileña y conocer más de percusión y de sus tradiciones y costumbres. “En Brasil conocí un mundo de percusionistas de diferentes países que tocaban el yembé”, recuerda.

Pero los viajes ligados a ese instrumento musical no se quedaron allí. África y las excolonias de Francia —donde la percusión y baile de la etnia afromandingue centra su cuna—, lo seducían y era un sueño que quería concretar.

“De adolescente miraba el atardecer en La Paz y soñaba que un día podría ver el sol ponerse pero en tierras africanas”. El anhelo se hizo realidad y el músico llegó a Malí, donde una serie de vivencias lo nutrieron e hicieron que fortalezca sus destrezas y conocimientos en percusión durante seis meses, además que los viajes siempre le dejaron el regalo de nuevas experiencias que le permitieron crecer.

Sin embargo, en su interior latía el sentimiento de retornar a Bolivia y compartir todo el conocimiento adquirido en su formación. “Ahora me dedico a dar clases particulares de percusión, pandeiro y guitarra, además fabrico yembés artesanales para quienes quieran aprender a tocarlo”.

La vida de un músico, como él señala, no es fácil, pero no oculta su optimismo, especialmente cuando se lo ve sosteniendo el tambor africano de más de cuatro kilos, al que con golpes briosos unas veces y delicados otras, hace que retumbe como si fuera su corazón.

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