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KLIMTMANÍA - Renace la pasión por el pintor de las mujeres

Viena festeja los 150 años de su erótico hijo Gustav Klimt

El País de Madrid

00:00 / 01 de julio de 2012

Se acostaba con sus modelos, sus amantes se contaban por centenares  y los hijos engendrados, por docenas. Fue un hombre excesivo, en la vida y en el arte, pero Gustav Klimt (1862-1918), uno de los más grandes artistas vieneses, encarnó como nadie la transición a un nuevo estilo de vida que golpeaba en las puertas de una Europa encaminada fatalmente hacia el desastre de la II Guerra Mundial. Hoy, 150 años después de su nacimiento, Austria se lo agradece con un programa de exposiciones que encumbran hasta el mito la figura del autor de El beso, su obra más emblemática, para resarcirle de unos años en los que el pintor fue sepultado por el triunfo de la abstracción y de una nueva visión del arte. Su vida en la Viena de Freud, en la capital entonces de la Europa Central, es una personal experiencia en el erotismo que marcó el final de un siglo que asistía desbocado a los años previos al primer conflicto mundial.

La mirada alocada de los ojos del actor John Malkovich en la película dirigida por Raúl Ruiz, en 2006, sobre el pintor Gustav Klimt, recuerda fielmente a la del hombre atormentado que cuentan sus biógrafos. Las fotografías que se conservan lo muestran vestido con su singular caftán hasta los pies —la bata para pintar desnudo, cubierto sólo con una especie de carpa de tela— desaliñado, hosco, con aspecto de fauno; atractivo y bien vestido cuando frecuentaba los cafés y los salones de la buena sociedad. Klimt no fue probablemente una persona feliz. Se mostraba colérico, mal encarado, con frecuentes ataques de la sífilis que padecía, protagonista en más de una ocasión de sonados escándalos y cotilleos.

En la Viena de Freud

El 14 de julio de 1862, la fecha en que Gustav Klimt vio la luz en Baumgarten, cerca de Viena, Bismarck acababa de ser elegido canciller prusiano. Alemania y Austria tenían en aquellos años la supremacía de la ciencia y el conocimiento. Bajo el Imperio de los Habsburgo florecían las artes y el pensamiento. Sigmund Freud practicaba el psicoanálisis en su consulta de la calle Berggasse de Viena, una gran metrópolis de dos millones de habitantes.

Con 14 años, Klimt superó el examen de ingreso en la Escuela de Artes y Oficios de Viena. Poco tiempo después se le uniría su hermano Ernst y ambos, junto con el también pintor Franz Matsch, formaron un trío emprendedor que logró enseguida sus primeros trabajos. Fue su profesor Ferdinand Laufberger, decisivo tanto en su formación como por sus contactos, quien no tardó en conseguirles encargos como el de la pintura de los frescos del Kunsthistorisches Museum, las pinturas del techo del palacio Sturany, o los de la villa Hermes, un regalo del emperador Francisco José I para su mujer Elisabeth, la voluble Sissi. Klimt y compañía lograron decorar también muchos de los nuevos edificios.

Viena se vuelca este año en conmemorar el 150 aniversario del nacimiento del que es ahora su hijo predilecto y la figura de Klimt, el pintor de los cuerpos dorados, ha crecido en el imaginario colectivo.

La arquitectura y el arte discurrían en los últimos años del siglo XIX entre arabescos del art nouveau y la desnudez de nereidas y prostitutas. Todos se lanzaban a la vida como si el fin del mundo estuviera próximo. Adolf Loos, el arquitecto de la modernidad, acuñó el principio fundamental de aquellos años en su ensayo Ornamento y delito:

“Todo arte es erótico”. Klimt lo hizo suyo y desplegó un repertorio barroco entre figuras voluptuosas. Sus trabajos nunca dejan un punto vacío del lienzo, es el ejemplo artístico de lo que Freud describió como horror vacui.

En poco tiempo, Klimt conquistó un puesto preferente en la corte de Viena. Le llovían los encargos. En 1888 dio por finalizado uno de sus grandes cuadros, Interior del antiguo Burgtheater, una obra descomunal, un cuadro dentro de otro con 150 personajes, entre ellos las mujeres más bellas de la sociedad vienesa.

Sin haber cumplido siquiera los 30 años, un giro del destino le golpea. Su hermano Ernst fallece con tan sólo 28 años. Gustav queda al cargo de Helene Flöge y su pequeña de pocos meses. El contacto con los Flöge y la hermana de su cuñada, Emilie, su relación más larga conocida, darán un giro a su vida.

En lo profesional, Klimt quiere más, persigue entrar en la Academia. Es profesor de pintura, pero el emperador no le concede el plácet para la gloria. Las alegorías que pinta Klimt con sus impúdicas desnudeces hacen fruncir el ceño a los burgueses, y su socio, Franz Matsch, reniega públicamente de él para no perder trabajos. Tras esta ruptura, Klimt se aproxima al simbolismo belga, “comprender el mundo en símbolos es el prerrequisito del gran arte”, había declarado Nietzsche, y el pintor, obediente, se apresuró a llenar de esfinges-mujer sus cuadros. De ahí al secesionismo vienés sólo había un corto paso. El movimiento secesionista, fundado en 1897 por los arquitectos Otto Wagner, Josef Hoffmann y Gustav Klimt, intentaba ser una asociación en la que los artistas podrían mostrar como en un espejo sus “imágenes del alma”.

El nacimiento del movimiento modernista en Viena, el más significativo movimiento artístico del siglo XX en Austria, fue una auténtica revolución contra las artes conservadoras y un intento de las vanguardias de romper con lo establecido. Klimt creó algunas de sus obras maestras, su Pallas Atenea (1898), o Schubert al piano (1899), un punto de inflexión en la carrera del artista, “la mejor pintura de la secesión”, llegaron a decir sus fieles.

Mujeres y más mujeres

Klimt se especializa en retratos de las mujeres de aquella sociedad falsamente liberal. Las familias judías de la burguesía vienesa, como el magnate del acero Karl Wittgenstein, el del textil, Fritz Wärndorfer, los Knips o los Lederers, son sus mecenas. El Retrato de Sonja Knips es el primero de una larga lista de “esposas de”. La joven dama aparece sentada en un gran sillón con un vestido rosa palo y su cabeza enmarcada por flores, lirios y orquídeas. Cuando pinta el Retrato de Rose von Rosthorn-Friedmann, vestida de negro, toda delicadeza y sensualidad, no incluye ningún elemento que indique que Rose fue la primera mujer en escalar el pico Watzmann, en la cara Este de los Alpes, la impresionante montaña que Caspar David Friedrich pintara.

“Si no puedes complacer a todos por tus acciones y tu arte, entonces complace a pocos. Gustar a muchos es malo”. Los versos del poeta Schiller encajaban como anillo al dedo en el credo de los secesionistas. Klimt lo llevaba al extremo. Escandalizaba en las exposiciones: las figuras femeninas como alegorías de la verdad y la justicia, desnudas, llenas de simbologías oníricas freudianas. Son las supermujeres eróticas con las que Klimt emprendió un camino voluptuoso que nunca abandonó.

La popularidad de Klimt hizo que la Universidad de Viena le encargara una serie de paneles. El pintor decidió plasmar una ambiciosa idea sobre el ciclo de la vida y la muerte, la miseria humana, la enfermedad, la guerra y la injusticia. Cuando presentó el primero de los cuadros, La filosofía, el claustro de profesores se le echó encima.

Les había prometido la luz por encima de las tinieblas y en su lugar mostró en toda su crudeza el triunfo del mal. Cuando aún no se habían apagado los ecos del escándalo, colgó su nueva obra, La medicina, plagada de cadáveres femeninos con esqueletos flotando, la muerte como eje de vida. El colmo fue La jurisprudencia, una serie de figuras desnudas tildadas por los académicos de pura pornografía.

Un trasero para los críticos

Su respuesta fue pintar un hermoso culo al aire. Su óleo A mis críticos, que luego expondría como Peces dorados, mostraba bellas ondinas con un primer plano de un trasero que abofeteaba al espectador. Las mujeres pez de Klimt mostraban abiertamente su sensualidad, provocativas, lujuriosas, francas. Klimt se atrincheró en su estudio. “Soy bastante insensible a los ataques, pero me afecta, en cambio, cuando un cliente no queda satisfecho con mi trabajo”, afirmó. Filosofía, Medicina y Jurisprudencia fueron rescatadas de la universidad con el dinero de los ricos burgueses, aunque se perdieron cuando los nazis incendiaron el palacio del sur de Austria, donde habían sido trasladadas.

Las exposiciones de Klimt siempre despertaban controversia. Los espectadores acudían a ellas en busca de rostros de mujeres conocidos. Femmes fatales y las respetables damas de la burguesía. Klimt pintó a todas con idéntica pasión. Unas veces las llena de colorido, oro y mosaicos y otras las pinta en azul y verde, al estilo japonés tan en boga en los primeros años del siglo XX. Son mujeres orgullosas, miran de frente al espectador con aire de misterio.

En 1902, los secesionistas quieren rendir homenaje a Beethoven, el compositor favorito de Liszt y Wagner, y el arquitecto Josef Hoffmann idea el espacio de la exposición. Klimt lo decoró con un friso pintado directamente sobre tres paredes a base de estuco y dorados. La alegoría del fresco es clara, el arte como salvación de las personas, la utopía en una Viena orgiástica, desenfrenada y manirrota. Pero Klimt en este caso tropieza con la indiferencia del público ante unas figuras que muestran fealdad. Sólo el escultor Rodin, que visitó la exposición en 1902, tuvo palabras de elogio para la obra, “tan trágica, tan divina”. El pintor ante tanta crítica abandona el grupo secesionista y se retira a sus cuarteles de invierno.

Son años de introspección, pinta libremente, sin horas. “Con mi objetivo, que no es más que un agujero en un trozo de cartulina, miro los detalles de los paisajes y encuentro grandes cosas o nada”. Klimt describía así sus paseos en el lago Attersee, cerca de Salzburgo, donde solía pasar los veranos junto a la familia Flöge. El pintor descubrió la naturaleza en la segunda mitad de su vida. Pintó muchos paisajes, sus obras más íntimas y personales. Comulgaba con la naturaleza, extasiado ante el cambio de las estaciones parecía sentirse próximo a Monet. Son cuadros de masas arbóreas llenas de color, retazos de hierba casi puntillistas; en Jardín con girasoles, rinde un particular homenaje a los otros girasoles, los de Van Gogh.

En 1909 viajó a París y a España y en sus cuadros posteriores se observa una gradual intensidad del color, posiblemente por su aproximación a Matisse y los fauvistas franceses. En sus postales enviadas a Emilie es lacónico en sus observaciones: “Ayer estuve en el Prado, muy bonito. Velázquez no me ha gustado. Pero me ha impresionado El Greco. Es magnífico”.

Cuando en 1914 estalla la I Guerra Mundial, Klimt adoptó una postura curiosa, dejó de participar en exposiciones en lo que él llamaba “territorio enemigo”. Recluido en Viena, trabaja en grandes obras que deja sin terminar cuando le sobreviene un ataque de apoplejía. Muere en febrero de 1918. Años después, en 1928, Viena se reconcilia con su figura en la mayor retrospectiva de su obra alojada en el edificio de la Secesión que luce estas palabras grabadas en la entrada: “A cada época, su arte, al arte su libertad”.

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