Escape

Kenning bajo el lente

El fotógrafo de la naturaleza ha decidido tomar otros rumbos en una nueva vida

El volcán Sajama en una toma al atardecer

El volcán Sajama en una toma al atardecer Foto: Willy Kenning

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

13:06 / 26 de junio de 2017

Nació en la cálida Santa Cruz de la Sierra y vivió allí solo hasta los dos años. ¿Tiempo suficiente para el arraigo y la nostalgia? Lo cierto es que a pesar de convertirse culturalmente en un argentino más, pues vivió en Tucumán hasta los 24 y aún conserva el acento y las costumbres del país austral, el imán del retorno siempre estuvo presente, aunque ese ser “extranjero” haya conllevado alguno que otro dolor de cabeza. “En incontables ocasiones he sido tratado mal o muy mal solo por el habla o las apariencias, lo cual a veces molesta y la mayoría de las veces duele”. Pero no tanto como para no dejarlo todo por la tierra que lo vio nacer, y si bien hoy ha decidido hacer maletas en un giro de 180 grados, la carrera que ejerció en el país es una carpeta de entrega y pasión por eso que lo capturó desde muy joven: El registro de imágenes para la infinitud.

¿Por qué la fotografía como religión? “No me acuerdo la ocasión en la cual dije esta frase alguna vez, si es que la dije. En todo caso la hago mía porque considero que cualquier profesión ejercida con pasión se transforma en una religión. Con todos sus rigores, esfuerzos y recompensas y que en algunos casos llega a convertirse en una obsesión”, expresa Willy Kenning, al tiempo de reafirmar que no debe hacerse nada en la vida, sino se lo hace con entusiasmo, compromiso y responsabilidad. “En mi caso particular, la fotografía fue y es estilo de vida, sueños, sacrificios, experiencias y satisfacciones. La pasión es lo que nos lleva a intentar alcanzar la perfección en las cosas que hacemos, más allá de las posibilidades y consecuencias. Sin pasión, ¿cómo podrían alcanzarse los sueños?”.

El hoy rapado hombre empezó cuando las cámaras analógicas estaban en su auge y lo digital era solo un boceto. El salto hacia las reflex, sin embargo, no significó ninguna transición dolorosa y, si lo hubiera sido, era inevitable porque hay que adaptarse a los cambios, “en ese sentido, todo cambio es para mejor”, reflexiona. Pero algo se extravió en el camino, dice Kenning: La magia. “Se perdió la necesidad de saber sacar una foto y sentirse seguro que iba a resultar en una buena toma, aunque la vieras semanas después. La inmediatez actual ha producido, en general, fotógrafos sin alma”. Las palabras del llamado “fotógrafo de la naturaleza” son agrias por reales. Él es una voz autorizada. “Hoy se hacen demasiados clicks sin valor para ver qué sale. La increíble tecnología de la fotografía digital nos ha llevado en la mayoría de los casos a una fotografía masiva, barata y casi perfecta, pero carente de emoción, peor aún de pasión”. Señala que la hora más traumática en aquella transición le llegó cuando tuvo que deshacerse de sus carísimos equipos antiguos por “solo monedas”. Y que puede presumir que en tiempos análogos era quizás el fotógrafo con más cantidad de equipo, situación que hoy se redujo tan solo a un par de Nikon digitales y media docena de lentes.

  • La Isla del Pescado en la parte sur del salar de Uyuni, departamento de Potosí. Fotos: Willy Kenning

Sobre su estilo de vida y su trabajo, cuenta que la fotografía la ejerce como una herramienta para la aventura, “es el camino, un medio para practicarla. Sin la fotografía no hubiera sabido cómo hacer de aventurero o, mejor dicho, hubiera buscado otra profesión que me lo permitiera. Pude desarrollar proyectos que por su naturaleza contenían una forma de vida aventurera”, refiere. Este fotógrafo tiene publicados varios libros aunque admite que no le gusta escribir. “No soy escritor, pero algunos dicen que tengo vena poética. Me falta la inspiración; la pasión de escribir si querés llamarla así. Escribo por necesidad, por urgencia”.

  • Maravilla. El salar de Uyuni, departamento de Potosí, cubierto de una delgada capa de agua.

Una vez, un gran poeta boliviano, al leer el prólogo de su último libro, le dijo que no debía dejar traslucir sus sentimientos porque la gente se ríe de ellos, “mastiqué mucho tiempo su idea y decidí continuar con mi estilo. Al final los libros son míos, los hago para mostrar mis aventuras, mis espacios y mis afectos, así que decidí dejar nomás mis sentimientos expuestos, porque me liberan, me permiten ser honesto y porque considero que nadie debería molestarse —menos reírse— si en mi trabajo los dejo explayarse y fluir”.

  • Glaciar. Atardecer en la laguna Glaciar (5.500 m), a los pies del nevado Ancohuma, norte del departamento de La Paz.

A los 45 empezó a cumplir con otra promesa en la vida: Escalar montañas. Nunca es tarde, todo lo contrario, pues para él las alturas son otra pasión inacabable. “Lo único malo de las montañas es que están lejos y pronto estarán más lejos. En el tintero me quedaron unas pocas en Bolivia, varias sudamericanas y en algún momento, después de subir el Aconcagua, soñé con cumbres más altas y lejanas. Es muy probable que queden en el tintero, pero no por ansias de aventura, ni de ganas de estar sujeto a los elementos más primitivos y por ende los más vigorizantes. Quedarán en vida latente porque aún guardo la esperanza de seguir subiendo”.

  • Postales. Amanecer en el Illimani y el cañón de Palca, La Paz.

Kenning ya pasó el medio siglo y considera que lo bueno de la vida es que lo malo se va diluyendo en el recuerdo y en los sentimientos para no hacerle más daño al alma. Añade que ha hecho las paces con la mayor parte de su pasado, aunque todavía quedan algunas astillas molestas que quizás no se vayan nunca. “El balance es positivo: cuatro hijos maravillosos, algunos árboles anónimos, 15 libros hechos a pulmón, una generosa cosecha de amigos por todos lados y una capacidad de amar sin límites ni cordura. ¿Qué más puedo pedir?”. Es un hombre feliz aunque la vida no deja de sorprenderlo. Inesperadamente, los 50 y largos le dieron un hálito de vida fresca, pues volvió a enamorarse hasta lograr matrimonio “con una mujer maravillosa, completa, anclada en tierra firme”. Aquella bendición trajo una hija que hoy tiene 18 meses, y que le ha devuelto al hombre de la cámara las ganas de cruzar mares. “Cada sonrisa suya es un empujón gigantesco hacia adelante”, define.

  • Cambio de autoridades aymaras el 1 de enero en Curahuara de Carangas.

Quizá por ello decidió comenzar de nuevo. Y eso se encuentra cruzando el Atlántico, en un lejano país llamado Alemania. “Hay razones familiares, espirituales, laborales, políticas, asignaturas pendientes...”, para hacerlo, menciona Kenning. Ansias de probar cosas nuevas, de andar otras calles, de respirar otros aires. Pero por sobre todo, busca abrirle las puertas del mundo a su pequeña. “Con respecto al trabajo, voy con toda la intención de seguir en lo mío: viajes, fotos, libros, reportajes, montañas... Como primer paso, voy a participar este año en la feria del libro de Frankfurt —la más grande del mundo— con un stand propio (quizás sea el primer boliviano en hacerlo) con la intención de hacer contactos. Alemania es un país de múltiples posibilidades y en alguna de ellas encontraré mi destino. Es el camino a mi nueva aventura”, manifiesta Kenning. El fotógrafo bajo el lente.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia