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‘Khadak’: de las estepas a la ciudad

Khadak

Khadak

La Razón

00:00 / 27 de mayo de 2012

Bagi viene de una familia nómada que vive en las estepas mongolas. Por una supuesta peste animal, la familia protagonista del film Khadak¸ es obligada por el ejército —que no les da ninguna otra alternativa— a migrar a la ciudad. Es a partir de esta trama que los cineastas belgas Peter Brosens y Jessica Woodworth indagan sobre las consecuencias de la tan traumática separación del lugar de vida de esta familia mongola.

Los directores del film se enfocan en la contraposición entre tradición y modernidad, a partir de la oposición entre los dos espacios que la cámara mira: el campo y la cuidad. Es por eso que los cineastas dedican largos momentos de la película a describir la forma de vida de esta familia de pastores en la estepa. No sólo se adentran en la calmada cotidianidad campesina, sino que también intentan comprender el imaginario que atraviesa su espacio de vida. Las enormes planicies nevadas de Mongolia no son para los personajes simplemente lugares en donde se puede desarrollar de forma más o menos tranquila la vida, sino que también son espacios llenos de ancestros y de historias. A esto se contrapone una forma de vida mucho más occidentalizada, representada en el símbolo por excelencia de la modernidad: la máquina y, más específicamente, el tren. 

El film no se escapa de una cierta visión romántica en la contraposición que nos propone. Su conflicto, la decadencia de la familia, sólo aparece en el momento en que la familia de Bagi se traslada a la ciudad. Es éste el punto en donde una serie de elementos trágicos comienzan a desarrollarse.  Sólo aquí la calmada vida en la estepa se interrumpe con violencia, representada por un abusivo ejército mongol que parece estar obstinado en cambiar todo el tiempo la forma de vida de Bagi. En la contraposición entre dos formas de vida hay ciertamente una, que en la visión de los directores, parece más positiva.

Khadak ganó el Premio De Laurentis en el Festival de Cine de Venecia 2006 y fue nominada al Premio del Gran Jurado del Festival de Sundance 2007. S ebastián Morales E. (en la Cinemateca Boliviana)

Películas en pocas palabras

Batalla naval (estreno)

Hablar de esta megaproducción es hacer referencia a uno de los clásicos juegos de mesa de todos los tiempos. Hay quienes han pasado el tiempo de largos viajes en tren jugando a hundir los barcos, también están quienes han desarrollado complejas estrategias para no perder ante el oponente. Lo cierto es que Batalla naval (la película) es uno de esos blockbusters que contiene todo lo necesario para ser un éxito en taquilla. Es ésta una “historia” desbordada por sus efectos especiales, más de $us 200 millones invertidos en su producción, y el debut en la gran pantalla de una estrella de la música, la cantante Rihanna. La película dirigida por Peter Berg se desarrolla en las Islas de Hawai, escenario de una batalla a muerte entre estadounidenses y extraterrestres, un plus a la fórmula del éxito comercial: incorporar al film enemigos conocidos. Ésta es una película que se disfruta más en pantalla grande, siempre y cuando uno esté dispuesto a pasar dos horas y algo más ante una más de esas historias carentes de algún sentido. Claudio Sánchez

El silencio de un hombre (clásico)

En un bar privado, el sicario Jeff Costello termina fríamente un trabajo encomendado, pero descubre que la pianista del bar lo ha visto todo. Costello es arrestado como sospechoso; sin embargo, la pianista se niega a declarar en su contra. Los policías liberan a Costello pero siguen su rastro. La mafia también lo persigue, pero Costello gana nuevamente su confianza y le asigna otro trabajo: matar a la pianista que lo había salvado. Para preservar su honor, Costello perpetra un asombroso y conmovedor harakiri. En El silencio de un hombre (Jean-Pierre Melville, 1967) todo gira en torno a la incomunicación y el intercambio vacuo de objetos. El  protagonista (Alain Delon) cambia de auto, se deshace de cosas y guarda siempre un silencio sepulcral. El énfasis del film es la desacralización de nuestras relaciones con los seres humanos y los objetos. Para el asesino, la pérdida del honor no es la de su reputación, sino de la sacralidad, de aquello que no puede reducirse a un comercio servil. El harakiri es un acto de soberanía póstumo,  solitario  esplendor que se difumina en las nieblas de un mundo desacralizado. Pedro Brusiloff

Maradona by Kusturica (Cinemateca Sur)

Dos monstruos, uno frente a la cámara y otro detrás de ella. El sonado documental de Emir Kusturica sobre el ídolo de masas Diego Armando Maradona no podía ser otra cosa que una declaración de amor. No de ésas a las que estamos acostumbrados por nuestro consumo dominguero de cine de Hollywood y pipocas, sino una más visceral y cruda, menos empapada de palabras bonitas y más cerca de las incomodidades y controversias de estos dos grandes nombres de la cultura contemporánea. Muy distinta a la tierna película de Carlos Sorín, El camino de San Diego (2006), el documental sigue de cerca a Maradona: el astro del fútbol no sólo habla de su infancia, sino que pone sus posiciones políticas sobre la mesa y habla de su problema con las drogas. Pero eso no es lo más importante de una película a la que le interesa mostrar la complejidad del vínculo entre quien mira y quien es mirado. Queda, entre tantas, la colosal imagen de Diego cantando la mítica pieza de cancionero de cumbia que otro astro argentino, Rodrigo, le dedicara. Mary Carmen Molina E.

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