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Lazos de nacimiento

En el entorno de Claudia se han acostumbrado a conservar todo aquello capaz de generar recuerdos.

Los cordones umbilicales de la familia Bayá Liendo. Foto: Álex Ayala Ugarte

Los cordones umbilicales de la familia Bayá Liendo. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 31 de agosto de 2014

Son cuatro, del grosor de una tubería minúscula. No huelen a nada, tienen la pinta de un gusano podrido y están sobre la mesa camilla de un living comedor de paredes diáfanas, en una cajita roja del tamaño de un joyero que iba dentro de un paquete cuidadosamente armado que Claudia Bayá Liendo acaba de recibir de manos de su portero, y que llegó hasta La Paz (desde la ciudad de Oruro) a través de una empresa de mensajería urgente.

“Son cordones umbilicales”, aclara Claudia, pelo rizado, camisa rosa pálida y chompa fina a juego, párpados del mismo color. Se los mandó su padre hace unas horas.  

La historia de los cuatro “ombligos” (así los llama ella) se resume así: Claudia nació en Oruro un 9 de septiembre de hace 40 años. Durante el trabajo de parto, unos niños jugaban con unos autitos sin motor en una rampa cercana al hospital y el ruido de las ruedas chocando con el asfalto era el único que su madre recordaba haber escuchado mientras pujaba. La hermana de Claudia, Marcela Ximena, nació en el mismo lugar un año después, un 7 de septiembre en el que cayó una gran nevada. Marcelo Francisco, el hijo de Ximena, el sobrino de Claudia, nació el 30 de diciembre de hace 21 años, unos días antes de la fecha estimada, después de que a su madre le robaran mientras hacía compras en un mercado y de que las contracciones se le adelantaran. Y Diego Ignacio, el hijo de Claudia, nació hace 15 años con casi una semana de retraso, tras una cesárea.

En todos los casos, Ninoschka Liendo —la madre de Marcela Ximena y Claudia, la abuela de Marcelo Francisco y Diego Ignacio— esperó pacientemente a que los restos del cordón umbilical se secaran y se desprendieran por sí mismos. Después, los manipuló según su propio ritual casero: los enrolló en pedazos de papel sábana y añadió a cada envoltorio el mechón correspondiente de cada bebé tras su primer corte de pelo.

“El mío es el más castaño”, observa Claudia. “Y el de mi hijo, algo más grueso”.

Un pediatra es un asesino por naturaleza: aquel que corta —y para siempre— el cordón bendito, el único capaz de modificar los vínculos entre una madre y su cría. Colocarlo luego en un cajón, en un frasco o en un cofrecito (como hizo Ninoschka) es solamente un espejismo: nos invita a pensar que nuestro hijo jamás abandonará el nido.

Claudia me comenta que ella se independizó a los 18 años. Y luego dice que, antes de que se fuera, como anticipándose al adiós, su madre solía sacar el “ombligo” de su velador y rememoraba los días de gestación en que les unía aquel gelatinoso cilindro.

En el entorno de Claudia se han acostumbrado a conservar todo aquello capaz de generar recuerdos. Su padre colecciona botellas de trago en miniatura: las exhibe en un mueble esquinero que ha dividido por secciones— güisquis por un lado, vinos por otro, singanis un poquito más allá— y trata de que estén permanentemente a la vista. Ella se quedó con unas revistas de la primera mitad del siglo XX que ya no se consiguen. Sus tías abuelas, con correspondencia de la época de la Guerra del Chaco, que enfrentó a Paraguay y Bolivia en los años 30. “En las cartas, mi abuelo se despedía antes de partir a la línea de fuego”, explica ahora su nieta. Y esas mismas tías mantuvieron hasta el día de su entierro unas manillitas que se usaban antes para identificar a los soldados caídos.

Conciencia de tribu

Somos custodios de la muerte. Cuando alguien fallece, guardamos sus enseres personales —una pipa, una foto, una cartera, un cepillo de dientes— para no olvidarlo, para sentirnos arropados por él de vez en cuando. Estamos acostumbrados a extender el duelo a través de los objetos y a armar santuarios minimalistas en torno a ellos. Pero nos resistimos a repetir una ceremonia similar cuando hay un nacimiento. “Quizás porque la primera vez que te muestran un cordón lo miras con cierta repulsión. Pero luego te das cuenta de que mantener la tradición ayuda a fortalecer el lazo con los seres queridos”, justifica Claudia, y luego dice que en su familia siempre ha existido conciencia de tribu.

El patriarca del clan —Marcelo Bayá, su padre— accedió a despachar los cuatro “ombligos” a La Paz bajo la condición de que se los devolvieran lo antes posible. “Siempre estuvieron junto a él, en Oruro. Y allá tienen que continuar, al menos por el momento”, pregona su hija, que en breve tendrá que preparar un sobre con los cordones incorruptos —limpios y en perfecto estado, pero duros, como un animal disecado— y mentir sobre su contenido.

Regresarlos a su hogar de nuevo le costará un dólar y medio.

Suena a plan disparatado, pero cosas más raras han ocurrido en otros puntos del mapa: en 1914, una niña apellidada Pierstorff fue enviada a ver a sus abuelos a través del correo de Idaho. Según los registros del Museo Nacional Postal de Estados Unidos, el “bulto” llevaba un puñado de sellos prendidos a su chaqueta y pesaba 22 kilogramos.

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