Escape

Luca Citarella

Es funcionario de la UE en La Paz, amante de la naturaleza y andinista. De Bolivia, su nevado favorito es el Illampu pues, por su forma, “parece la montaña perfecta”. Antropólogo y montañero.

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 07 de abril de 2013

Tras pasar los trámites de seguridad indispensables para entrar al edificio de la Unión Europea en La Paz, nos recibe el oficial de Programas de la delegación, Luca Citarella. Lleva una camisa cubierta por una chompa polar y pantalones y botas de montaña. “Esta tarde me voy a Sur Lípez”, explica el funcionario. Es casi rutina: si hay un feriado largo, este enamorado de las montañas no pierde la oportunidad de ir a conocer algunos de los (pocos) picos bolivianos  que todavía no ha pisado.

Aunque es cierto que le queda mucho por “subir y bajar en Bolivia”, tiene ya un buen número de picos en su currículum. El año pasado publicó Un lugar entre las montañas, libro sobre sus experiencias en los Andes bolivianos. “Iba a ser el típico libro pero, al redactarlo, tuve la necesidad de relatar cosas de mí mismo”. En sus páginas, como en un ascenso real, se mezcla la caminata con el surgir de los recuerdos. Algunos de ellos, que eran traumáticos para Luca, acabaron plasmados en el texto, aunque fueran muy personales, como el de aquella chica, Cinzia, que lo acompañaba en sus frecuentes exploraciones. De una de ellas, ya no pudo regresar.

Luca nació “en el corazón de las montañas más bonitas de los Alpes”, como describe el enclave de su ciudad, Cortina d’Ampezzo. “Es un lugar donde las montañas son parte del paisaje cotidiano”. Allí comenzó sus caminatas cuando tenía apenas cinco años, de la mano de su madre. Para ella, el contacto con los cerros era su toccasana, su panacea. Y él heredó la necesidad de tener a mano ese remedio mágico. Desde hace ocho años, vive en otro enclave entre nevados: La Paz. Había venido a Bolivia un par de veces, en los 80; primero, como mochilero; luego, ya como antropólogo licenciado (hizo su tesis sobre cultura andina) para investigar, financiado por una ONG. Por supuesto, corona picos y recorre otros parajes naturales.

Terminó viviendo en Chile, donde se casó. Entre el trabajo en La Paz, las escapadas, hacer de papá “soltero” (su esposa está en Chile y él cuida de la pequeña de los tres hijos) y ver a sus amigos, le queda tiempo para poco más. Eso sí, reserva varias horas a la semana para ir a sus clases de yoga, una disciplina que acaba de descubrir y que le sirve para “aplacar el alma y no tener que subir y bajar tantas veces”. Pero, no lo puede evitar, la inquietud que de niño le empujaba a la montaña sigue intacta.

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