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Luribay, historias de vinos, singanis y duraznos

Recorrido turístico por la capital de la provincia Loayza, donde se disfruta de los sabores dulces y agradables de las frutas y licores.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R.

00:00 / 12 de febrero de 2017

No me gustaba hacer nada de esto”. Cuando era niño, a Vladimir Aquino su abuelo Mateo le ordenaba que ingresara a los tanques para que los limpiara con sal y limón. “Como era flaquito, entraba”, recuerda ahora al lado de pequeños barriles de madera que guardan vino dulce, abocado y seco, bebidas que hoy produce de manera artesanal y que hace degustar a las personas que visitan Luribay, la tierra de duraznos, uvas, vinos y singanis. Es como estar dentro de un pequeño oasis cubierto de cerros pintados de marrón y rojo, que cuando llueve aviva tanto su color, semejante a la sangre fresca. Así se presenta al visitante el municipio que orgulloso muestra su capacidad de producción agrícola, de vinos singulares y un singani que se queda en el paladar como bello recuerdo de esta comarca.Sabedora de su importancia como sitio turístico, la empresa estatal Boliviana de Turismo (Boltur) organiza para el 25 y 26 de febrero el tour Luribay, que incluye visitas por durazneros, viñedos y bodegas.

Los pobladores del lugar afirman que se tienen que pasar 65 curvas para descender hasta el valle de Luribay, luego de atravesar parte de la carretera que conecta La Paz con Oruro, donde Patacamaya es el punto en el que se debe desviar para llegar al sitio esperado. Son cuatro horas de viaje durante el cual se puede observar un panorama cambiante al pasar del altiplano que parece no tener fin a recorrer el sinuoso camino de bajada. De acuerdo con el libro La cultura de la vid en Bolivia, una propuesta de turismo del vino y el singani, escrito por Margarita Contreras y Luis Vicente Elías, los inicios de las plantaciones de la vid en el continente americano se encuentran en México y Perú, desde donde llegaron a Bolivia. El texto señala que Francisco Caravantes fue quien trajo las primeras plantas de vid desde las Islas Canarias (España). Si bien se desconoce el lugar exacto por donde trajeron este fruto, se concluye que el arribo de las cepas al país es como consecuencia de la fundación de Nuestra Señora de La Paz, el 20 de octubre de 1548.

Referencias orales de Luribay señalan que en esta tierra hay “cepas redondas”, es decir que, desde su punto de vista, son las primeras que los españoles trajeron a territorio nacional. Sea cierto o no, el lugar es singular y, como alerta agradable para ingresar al pueblo, un gran anuncio asegura que es “capital del durazno y la uva”.

Luribay es un valle profundo y encajonado, ubicado a 2.850 msnm, resguardado por los cerros Laurani y Luribaypata, que en este tiempo combinan el rojo intenso de su tierra con el verdor de la vegetación de la época de lluvias. Estas características hicieron que desde la Colonia se instalaran varias haciendas y que, también, fuese el lugar de nacimiento de tres expresidentes: José María Pérez de Urdininea —quien nació en la hacienda Anquioma y dirigió al país durante tres meses, luego de la renuncia de Antonio José de Sucre—, José Manuel Pando —que lideró la Revolución Federal de finales del siglo XX y la Guerra del Acre— y Felipe Segundo Guzmán —presidente del Senado que gobernó el país durante casi cuatro meses entre 1925 y 1926—.  La casa de este último es donde se produce desde mediados del siglo pasado los vinos y singanis Peña Colorada.

Dentro de una habitación con paredes de adobe y pisos de piedra, Vladimir relata que su abuelo aprendió el arte vitivinícola en la hacienda de Pando y en la década de los 60 adquirió la propiedad que perteneció a Guzmán con el objetivo de continuar la tradición vitivinícola de la región.

Por los años 80, ese cuarto que más parece una sala de museo se llenaba de uvas para la época de vendimia, aunque después, una plaga de filoxera (insecto parásito de la vid) acabó con casi todas las plantaciones en Luribay. Si bien se las reemplazó por el durazno, los lugareños no se dieron por vencidos, así que viajaron al sur de Bolivia para llevar uvas resistentes a esta enfermedad y reactivar su producción.

Los ambientes de Peña Colorada aún resguardan el modo antiguo en que se elaboraba el singani, con trituradoras y toneles de madera, un canal de cemento por donde pasaba el jugo de uva a unas piscinas y que terminaban en barriles de más de dos metros, testigos de la producción de vino.

Como muestra el anuncio del ingreso, Luribay también es capital del durazno, así que se hace necesario visitar una propiedad que produce el fruto. “Los que están medio verdes falta que maduren; sin motivo los van a bajar, porque no son ricos”, advierte Sonia Mendoza, hija de Esteban, dueño de uno de los durazneros más amplios del pueblo. La experiencia de acercarse a un árbol, estirar la mano para arrancar un durazno y comerlo ese mismo instante es incomparable, más aún cuando se está en este valle paceño.

En los últimos días de enero concluye la época de cosecha de los duraznos, por lo que es ideal disfrutar de los 25 grados de temperatura promedio y del dulce fruto de Luribay. “No utilizamos químicos, para fortalecer alguna planta utilizamos abono natural”, asegura Sonia, al mismo tiempo que lamenta la competencia desigual con alimentos importados de Perú, Chile y Argentina. De manera coincidente, justo ese día y tal vez a la misma hora, el ministro de Desarrollo Rural, César Cocarico, informó de la suspensión de entrega de permisos para la importación de uva y vinos desde el 27 de enero hasta el 27 de abril, aunque todavía no existe la misma regulación con el durazno. “Con eso nos estarían haciendo un gran favor, porque nuestra producción es para que sobrevivamos todo el año”, comenta Sonia al lado de una mesa de madera donde dejan secar el durazno con el objetivo de que el tiempo y el sol lo convierta en k’isa, la materia prima para preparar el refresco típico de Bolivia.

Después de la cosecha de esta fruta, los agricultores dejan descansar la tierra durante tres meses, para que en junio y julio rieguen el terreno y revivan las plantaciones. Mientras tanto, los agricultores luribayeños se dedican a plantar arvejas en riberas de los ríos Luribay y Porvenir.

En esta visita es insoslayable acudir a don Samuel Apaza, quien se ha convertido en un símbolo del turismo luribayeño, pues ha hecho de su propiedad una cabaña donde además de producir vinos y singanis ofrece alojamiento con piscina y comida típica, como cuy asado o chancho al horno. En el trayecto del jardín y la despensa donde se produce el vino, rememora que trabajó desde joven en servicio de los patrones, quienes después de un tiempo se fueron a las ciudades y no retornaron más al poblado, por lo que las bodegas fueron olvidadas durante algún tiempo.

Pero los luribayeños no iban a dejar que su pueblo se quede solo con los recuerdos, por lo que iniciaron varios emprendimientos para reactivar la producción de uvas, vinos y singanis. Es así como ahora existen viñedos en la capital como las comunidades cercanas. Samuel fue uno de los que apostaron por este negocio, ya que con su familia creó la Asociación La Cabaña Unión Turismo Rural,  con la idea de recuperar tradiciones en la elaboración de estas bebidas. “Queremos mejorar cada año y hacernos conocer exclusivamente en el departamento de La Paz”.

A los pies de Luribaypata pareciera que no hay ningún límite con los viñedos de Samuel, donde las uvas están a punto de ser cosechadas para iniciar la transformación de vino o singani. La capital de la provincia Loayza está ubicada a 2.850 msnm, así que Samuel asegura que estas tierras generan el vino más alto del mundo; por lo tanto, más delicioso que los demás.

“Cómo es la vida, ahora pongo en práctica lo que de niño me mandaba a  hacer mi abuelo”, dice Vladimir, pues ahora sabe por qué debe limpiar los barriles con sal y limón. Una historia más de la dulce Luribay.

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