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Mabel Rivera, directora

Una pionera  de la televisión boliviana

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 26 de febrero de 2012

Sentada en una caja de dinamita, Mabel Rivera hacía las tareas que le encomendaban en la escuela Vicenta Juaristi Eguino, de  Corocoro. Ella y sus seis hermanos menores nacieron en esa población de La Paz, provincia Pacajes, donde sus padres se habían instalado en la primera mitad del siglo XX. El papá, Juan José Rivera, era químico e ingeniero de minas y ocupaba el cargo de Jefe de Laboratorios de la empresa que explotaba el cobre. La mamá, Olga Salinas, pintaba y recitaba versos.

“Tengo los recuerdos más lindos de mi hermoso pueblo; no olvido, por ejemplo, a mi compañera de curso, Dolores Huaylluco, que vivía frente a mi casa y que era la mejor alumna de la escuela. A diario, yo, que  obviamente era medio  vaga, cruzaba la calle para hacer las tareas con ella. La mamá de la niña tenía una tienda de abarrotes y allí, en un rincón, nos poníamos a estudiar”.

La madre de Mabel murió en Corocoro, la familia entera se trasladó a la ciudad de La Paz, “y yo fui una más de las estudiantes de secundaria del colegio Sagrados Corazones”.   

“Se nace con una vocación, ésta no se hace”, sentencia la directora de teatro, sentada en su piso del edificio de la avenida 20 de Octubre que tiene una vista panorámica del Illimani y de parte de la zona de Sopocachi. Así responde a la cuestión de en qué momento decidió dedicarse al arte de Thalía. “De niña, encarné a Vicenta Juaristi (heroína en la lucha por la independencia de La Paz, en el siglo XIX). De joven, entré a estudiar al Conservatorio Nacional de Música, donde había un departamento de Declamación. Fui alumna de Carmen Caba, la directora, quien estaba casada con el gran compositor Eduardo Caba (1890-1953), y, como mi amigo Ignacio Duchén de Córdova (maestro ya fallecido), di recitales y viajé por el país”.

Un día, “dije basta, hasta aquí llegué” y se dejó llevar por el teatro; “nunca como actriz, tenía miedo de recitar más que actuar”, sino por la dirección. En su colegio, tomó a su cargo el trabajo con niños a quienes introdujo en la actuación.

En tales circunstancias, cuando corrían los primeros años de la década de los 70, con una televisión boliviana en pañales, pero con gente entusiasta en su afán de producir, el trabajo de Mabel Rivera llamó la atención de Javier Jordán Jimeno. Este hombre —que murió en España, luego de años de haber trabajado para la televisión pública de ese país— era por entonces el presidente de la empresa estatal. “Cierto día vino a mi casa a proponerme un programa para niños. Pensando en qué hacer, se nos ocurrió montar un teatro para la televisión. Había que elegir el nombre del programa y qué mejor, nos dijimos, que el de ese personaje bello y travieso: el arlequín”.

Las fechas se mezclan en la memoria de la directora. Y no es fácil cotejarlas con documentos, pues no hay muchos de la historia de la televisión boliviana . “Trabajé durante 13 años en la televisión. Los primeros ocho, cada semana difundimos una obra infantil y, luego, los   restantes de ese periodo, hicimos un programa mensual de teatro para adultos… Lo veo a la distancia y me digo: ¡Qué valientes!”.

El Arlequín se difundía el sábado, de 17.30 a 18.30. Actores vestidos como el personaje de la Commedia dell’Arte salían al compás de La marcha de los juguetes, de Victor Herbert. Siempre hacían algo distinto, pues debían resumir el argumento de la obra que venía a continuación.Mabel Rivera tenía la colaboración de Martha Torrico, la bailarina de ballet que entonces era profesora de expresión corporal. Entre ambas montaron un estudio de arte escénico por el que pasaron decenas de niños. Algunos de ellos se unieron a las obras que eran representadas por jóvenes y adultos.

Fueron muchas obras. La Caperucita Ye Ye estrenó el espacio; la protagonista era Yumei Mustaffa, sobrina de Mabel Rivera, “la hija de mi hermana, hoy mamá de dos jóvenes universitarias”. La versión combinaba la actuación con las canciones de la española Martha Baizan.

Luego vendrían La cenicienta pop, El flautista de Hammelin, El principito, Las zapatillas rojas; cuentos de Oscar Wilde, como La rosa y el ruiseñor… Pero “de todo cuanto hicimos, el éxito entre los niños tuvo que ver con Las travesuras de Till Eulenspiegel, un pillo simpático e irreverente”. Till, personaje del folklore alemán, fue encarnado por Luis Bredow, y Gonzalo Sánchez dio vida a su mejor amigo.

Semana tras semana, el público siguió a Till; “Bredow me contó que cierto día en que llevó a sus hijos al tobogán que había en el exparque Zoológico, unos chicos se le acercaron y le pidieron que, ya que era tan bueno, les pagase unas cuantas subiditas”. El propio actor recuerda que cuando le propusieron el papel, él pensó que difícilmente una historia alemana, con personajes vestidos a la usanza medieval, iba a calar en el gusto del público. “Pero ocurrió lo contrario, tuvimos muchísimo éxito; los chicos me saludaban en el colectivo: ‘Hola, Till’ y era muy gratificante”.

Las travesuras de Till Eulenspiegel es la primera miniserie hecha en Bolivia que, además, se vendió al extranjero. Un canal de Paraguay compró los ocho capítulos al Canal 7. Si se siguiesen los rastros, tal vez en ese país se conserve el material que ha desaparecido en Bolivia.

Tal desaparición, por lo demás, fue casi inmediata. “En ese tiempo, una empresa de gaseosas quiso comprar las obras, pero no pudo pues todas se habían borrado, ya que el canal usaba los mismos carretes (cinta) para grabar otros programas”.

Las grabaciones se hacían en el estudio que tenía la televisión estatal en El Alto. “Eran instalaciones muy buenas. Se podía armar tres sets, montar luces y disponer escenografía incluso arquitectónica (tridimensional) gracias a la parrilla con que contaba el lugar”.

La hermenéutica de trabajo era casi un rito. De martes a viernes, ensayos. El domingo, Mabel Rivera iba a montar el sonido con Waldo Vargas y las luces con Humberto López. El lunes se podía grabar todo el día; “empezábamos muy temprano en la mañana y estábamos hasta terminar”. En esa jornada, los realizadores guiaban la grabación, pero junto con  Rivera, que antes les había explicado la puesta en escena. Tal explicación se repetía para los dos camarógrafos, de manera que todos supiesen qué hacer.

“Durante los primeros años, no se realizaba labor de edición, la cámara registraba todo de un tirón y había que estar muy atentos. Si algo fallaba, no se tenía más remedio que grabar nuevamente desde la entrada de los arlequines. Era un trabajo serio y difícil; pero la gente del canal se portó de maravilla, siempre”.

La empresa estatal producía el programa, es decir, corría con todos los gastos de vestuario, escenografía y actores. “Y soportaba nuestras ideas, como cuando hicimos Till y, además de la utilería del caso, a cargo de mi hija Marcela, llevamos animales vivos: chanchos, patos, gallinas, pollos, conejos; los cerdos se comieron cierta vez el piso de vinil del estudio”.

Roberto Cozzi, Federico Prudencio, ambos escenógrafos, los realizadores Roberto Velasco, Humberto López, Gualberto Blanco… Los nombres están grabados en la memoria agradecida de la directora, lo mismo que los de los actores que la acompañaron en esa aventura de la televisión boliviana.

Inolvidable Juana

“Trabajé con Norma Merlo, Morayma Ibáñez, Hugo Ara, Leonardo García, Elizabeth Monasterios, Gloria Morales, Matías Marchiori, Andrés Canedo y tantos otros. Mi hija Carmen, que es bailarina de ballet, hizo de Desdémona en la obra de Shakespeare, con Gonzalo Sánchez como Otelo y un increíble Yago a cargo de Daniel del Castelo”.

Otelo es parte del teatro para adultos que se difundía los sábados de 21.00 a 22.00 e incluso a 23.00, según la duración de la pieza. En este tiempo ya se podía editar. Entre otras obras, se montó Macbeth —con Matías Marchiori en el papel principal y Gloria Morales como Lady Macbeth—y Santa Juana de América.

“Norma Merlo hizo una Juana inolvidable”, suspira la directora. Era 1979 y la actriz argentina, para entonces una boliviana más, encarnó a la revolucionaria chuquisaqueña con tal pasión que, como ella misma contó, el personaje la absorbió aun fuera del set. Merlo recordaba no hace mucho que en esos días, al pasar por el Palacio de Gobierno en la plaza Murillo, y ver a los colorados cuadrándose, pensaba que lo hacían por ella, por la teniente coronel.

Rivera añade: “Filmamos exteriores en Achocalla. La escena en la que Juana entierra a sus hijos nos sobrecogió a todos. Norma rascaba la tierra y se la frotaba en los brazos hasta el grado de lastimarse. Le dije que no era necesario; pero ella me contestó que estaba expresando el dolor de una madre, que la dejase hacer”. En otro momento, “cuando ella se despide de Manuel Ascencio Padilla (Germán Calderón), con un “hasta pronto, mi comandante”, y uno sabe que es el adiós final, la emoción era tal, que todos nos quedamos en silencio, mientras las lágrimas corrían por las mejillas incluso de los camarógrafos”.

Para Santa Juana de América, Rivera contó con la colaboración de las Fuerzas Armadas. El Comandante, que pronto se haría famoso, la recibió en el Colegio Militar y en persona la asesoró en la elección de armas, una carpa y el uso de los grados para el ejército español. Al salir con la carga, el militar le hizo una broma: “Señora, si la ven con tantas armas van a creer que usted está conspirando”.  “Será con usted, coronel, porque yo sola...”.

Dicho y hecho

Por el aniversario del nacimiento de Azurduy, el 12 de julio de 1980, Rivera decidió volver a pasar la obra. Unos días más tarde, el 17 de julio, la directora fue recibida en el canal por Eduardo Pachi Ascarrunz,  con la noticia del golpe de estado, encabezado por Luis García Meza. Las escenas de interiores de la obra se grabaron en video y los exteriores, con caballos y una jinete que dobló a Merlo en los episodios de cabalgata, en cine.

Después de una pausa obligada por el golpe, El Arlequín de adultos volvió al Canal 7 por un tiempo más, en el que, ya con la televisión a color, produjo las obras El delito en la isla de las cabras, Fedra y La señorita Julia, entre otras.

“Sabe Dios cuánto hicimos y nada queda. El canal estatal no tiene memoria”, lamenta la teatrista. Lo poco que queda son fotografías y recuerdos.

      El tiempo de los musicales en el teatro

Mabel Rivera trabajó en el Instituto Boliviano de Cultura (hoy el Ministerio de Culturas), primero a cargo del taller de teatro para niños y luego de la dirección del Taller Nacional de Teatro. Estuvo  al frente durante 29 años, hasta su jubilación.

En ese cargo hay otra historia que contar de esta mujer que está casada hace casi 60 años con el radialista Mario Castro, otro de los pioneros de la televisión boliviana. En la familia Castro Rivera hay dos hijas, cuatro nietos y pronto una bisnieta que se llamará Belén. Como cabeza del taller, Rivera dirigió solamente tres obras, una de ellas la entretenida Gianni Schichi, pues optó por invitar a colegas (Carlos Cordero, Maritza Wilde, Ninón Dávalos, Laly Anker y otros) para que los estudiantes y el elenco que se formó experimentasen distintas maneras de abordar una obra.

Como El Arlequín, ya para el escenario teatral, la directora se puso al mando de musicales, uno de ellos de enorme éxito de público: El hombre de la mancha (37 funciones), en los años 80. Vinieron luego Amor sin barreras, Los miserables y Notre Dame.

Hoy, deseosa de montar una obra de esas características, Rivera se toma un largo respiro. Se dice satisfecha por todo cuanto le ha dado el teatro, aunque lamenta que el Estado no haya respondido a la inquietud de los artistas de lograr una titulación por los años de estudio que pasan en el Conservatorio, Bellas Artes, Ballet Oficial y el ya desaparecido taller de teatro.

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