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Madres en la tiranía

Al menos 300 mujeres fueron víctimas de la dictadura de Banzer Suárez en la década de los 70. Entre ellas, algunas madres de familia.

La Razón Digital / Alejandra Rocabado

00:00 / 24 de mayo de 2015

A las 18.30 del sábado 21 de agosto de 1971 empezó el giro de sus vidas. En esos instantes, todos los regimientos del país, excepto el Colorados de Bolivia, se habían sumado a la conjura contra el gobierno revolucionario de Juan José Torres, para dar pie al régimen fascista de Hugo Banzer Suárez, quien terminó gobernando con mano dura por casi una década. Entonces ya nada fue lo mismo para muchas mujeres bolivianas.  

Algunas de las perseguidas por la Dictadura eran dirigentes sindicales, obreras, universitarias y estudiantes de secundaria que se enfrentaron a los golpistas, pasando por las diferentes cárceles del país. La historia dice que fueron más de 300 mujeres las víctimas de las más horrendas torturas. Y a horas de un nuevo aniversario por el Día de la Madre,  que se conmemora en homenaje a las Heroínas de la Coronilla, éste un pequeño homenaje.

Sexo fuerte

Norma Bilbao La Vieja fue una de aquellas mujeres-madres que vivió la prepotencia del uniforme con botas. Integrante del Partido Comunista (PC), fue también dirigente del magisterio. A ella la detuvieron  junto a su niña de tres años por primera vez en 1973. “A las dos de la tarde del 3 de febrero, cuando me disponía a ir al Ministerio de Educación por el memorándum para irme a trabajar a alguna provincia, llegaron a mi casa los agentes Tataque García, Lourdes y Fernando (…). El agente Tataque llegó a encañonarme obligándome a llevar conmigo a mi hija, sin escuchar los ruegos de mis padres que les pedían que por lo menos no llevaran a la niña”, señala Norma en el texto ¡Libres! Testimonio de mujeres víctimas de las dictaduras.

La activista estuvo presa por espacio de diez meses con su pequeña incluida. Lo más duro, dice, fue cuando su hija se negaba a dormir sobre un colchón de paja que los uniformados les habían alcanzado. Fue una experiencia tristemente imborrable. A la fecha, Norma vive junto a su nieto, puesto que su única hija emigró al exterior. Pero sigue sin claudicar en sus ideales.

A Carmen Murillo del Castillo, por ese entonces estudiante de secundaria y miembro del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la aprehendieron en Cochabamba en junio del 72 y fue trasladada a La Paz. Estuvo recluida en la cárcel de Achocalla por casi un año cuando tenía solo 17 años. Y fue testigo de mucho. “Sé del caso de una compañera cuyo esposo, sabiendo que ella estaba detenida, le hizo una demanda por abandono de hogar. La sentencia salió contra ella, los declararon divorciados y él no le tenía que dar nada, ni pagar pensión. El tipo al otro día se casó de nuevo… Muchas han sufrido también grandes culpas por el abandono a sus hijos e hijas a causa del encarcelamiento”. Cuando salió libre, Carmen estudió Filosofía, trabajó como docente en la universidad, pero con el golpe de García Meza quedó cesante y buscó otras alternativas de sobrevivencia “porque ya tenía una hijita”. Estudió Administración de Empresas, fue activa colaboradora en la preparación del libro ¡Libres! y hoy trabaja en el sector privado. También es la vicepresidenta del Movimiento de Mujeres Libertad (MML).

Graciela Aguilera Sequiera fue detenida en 1972 en su colegio, era de la Juventud Comunista y también fue confinada al encierro en Achocalla. No pudo terminar la secundaria,  lo que le trajo muchos problemas, tanto económicos como psicológicos. Al igual que a la mayoría de los sobrevivientes de las dictaduras. “Llegó el golpe de estado fascista y empezaron los problemas para mi familia. Mi mamá se enfermó, le diagnosticaron cáncer. Tuvimos que llevarla a Sucre, ya que solo allí podía recibir tratamiento. Mientras esto pasaba, las huestes de Banzer empezaron a perseguir a mi hermano Juan de Dios.

Tuvo que entrar en la clandestinidad y salió al exilio luego de haber sido detenido en 1974. A mis 16 me encontré sola cuidando a mi madre y a mi hermano menor…”. En la actualidad, Graciela vive en casa de uno de sus hermanos, junto a su hija menor.

Otra de las detenidas fue Teresa Muñoz Vargas, quien era una activa militante dentro del magisterio paceño y de la Federación Departamental de Trabajadores de Educación Urbana de La Paz.  En octubre de 1972 fue interceptada por dos agentes del Ministerio del Interior y llevada al Departamento de Orden Político (DOP). Posteriormente fue trasladada a la “Casa de Piedra” en Achocalla, donde se encontró con muchas mujeres que, como ella, se habían opuesto de manera activa al régimen militar. Hoy, Teresa mantiene intacto el temple de una revolucionaria.

Lourdes Koya Cuenca fue secuestrada en 1972 junto a su hermana menor. En ese año era estudiante de Arquitectura, representante ante la Federación Universitaria Local (FUL) y pertenecía al ELN. Estuvo presa en  Achocalla durante un año y salió al exilio, retornando a Bolivia hacia 1982. “Achocalla fue la mejor escuela política que las circunstancias me dieron, estoy agradecida por haber conocido a las mejores mujeres, quienes me ayudaron a ver la vida desde otra perspectiva, y de quienes aprendí muchísimo”. En la actualidad, Lourdes pertenece al MML además de ser activista por los derechos humanos.

Es mamá y es el papel que más ama en la vida. Como todas aquellas que, en situaciones adversas o no, experimentaron la bendición de dar a luz.

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