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Manrico Montero

Si ‘multidisciplinar’ llevara una fotografía junto a su acepción en el diccionario, sería la de este mexicano amante del sonido que encontró en Bolivia su segundo hogar.

La Razón / Gemma Candela

12:36 / 25 de febrero de 2013

Cargado de micrófonos, en algún punto del altiplano boliviano registra el canto de las aves cuando no está haciendo música o dictando un taller sobre sonidos en La Paz, Cochabamba o Santa Cruz. De cualquiera de estas maneras se puede encontrar a Manrico Montero (39), que llegó hace tres años a  Bolivia para elaborar dos libros: uno sobre las aves andinas y otro sobre las del pantanal, desde el campo de la bioacústica.

Esa disciplina, junto con la música experimental, la electroacústica, la biosemiótica y cuanto tenga que ver con lo sonoro es su (amplio) campo de acción, ya sea en el ámbito científico o en el artístico. “Amo el sonido. Para mí, la música es un momento del sonido”.

Es miembro de dos bandas, Orquesta Silenciosa y Estructura de la tarde y, hace diez años, creó Mandorla, un sello discográfico en México. Además, fabrica micrófonos.

Filosofía, programación, semiótica, electrónica, lingüística son parte de su formación multidisciplinar. Su mayor logro ha sido fusionar la acústica con la lingüística y la semiótica para llegar a su gran pasión: la comunicación animal.

Para él, el origen de la música está en la contemplación del entorno por parte de los ancestros. Manrico no sólo captura el sonido de las aves: también de insectos, mamíferos y anfibios. Hasta maneja ultrasonidos para trabajar con murciélagos, e infrasonidos, para algunos animales marinos.

De niño estudió violoncelo, pero se dio cuenta de que componer y producir le iban mejor: puede encontrarle sonoridad a un objeto casero o crear música con un programa informático.  

También se ha dedicado a buscar pájaros urbanos. “A veces, uno piensa que la paloma es la única, pero es bellísimo cuando descubres ese mundo invisible que, a veces, nos es difícil detectar”.

Le encantan las tres ciudades entre las que se mueve: suele estar en la “cartelera” del Centro Cultural de España en La Paz, en El  Martadero de Cochabamba o en la galería cruceña Kiosko. Tiene claro que va a quedarse en Bolivia, su dilema es en qué ciudad establecerse. Tras muchos viajes, ha encontrado su segunda patria.

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