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Manual para sobrevivir a una historia perturbadora

El astrónomo Carl Sagan decía que ‘las afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias’

Romel Baptista es productor de eventos. En la foto, uno de los objetos supuestamente poseídos que trajo a La Paz en diciembre. Foto: Álex Ayala

Romel Baptista es productor de eventos. En la foto, uno de los objetos supuestamente poseídos que trajo a La Paz en diciembre. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 18 de enero de 2016

Romel Baptista nació en La Paz, tiene 27 años, el pelo un poco a lo pincho y gestos de conferenciante, vive en Cochabamba desde que era niño y desde hace algún tiempo vende historias perturbadoras. Su última gira del terror se presentó en varias ciudades, reunió a cientos de personas en el coliseo Julio Borelli de La Paz y nos habló de ovnis, casonas embrujadas y exorcismos,  y también de unos objetos poseídos que pertenecen —supuestamente— a un cura polaco que sabe cómo manipularlos y protegerse de ellos.

Uno de los objetos en exhibición aquel día era una muñeca de porcelana antigua. Romel aseguraba que, cuando la encontraron, estaba en manos de una secta satánica llamada No Inri. “Sus miembros —me contaba hace algunas semanas— mataban gente para ofrendársela a ella. Y la adornaron con cabello humano de una de las personas que sacrificaron”. Otro era un muñeco de pelo rojo con cara de ladronzuelo, pecas en los mofletes, piernas pequeñas y zapatos grandes que miraba al frente. Romel lo había bautizado como Wodshad y decía que un señor lo había comprado en un mercadito de segunda mano para un hijo que moriría luego; que fue una de las pocas cosas que logró salvar su dueño durante un incendio; y que apareció misteriosamente en el psiquiátrico en el que fue internado tras declararse un perseguido del intruso que controlaba a aquel pelirrojo maldito. Durante la velada también se mostró un espejo largo —de vestidor— “que vuelve desgraciadas a las familias que lo poseen”. Y una de las piezas más espeluznantes del evento —de la colección del sacerdote de cuyo nombre nadie quería acordarse, que jugaba a las escondidas con un público al que casi nada le parecía lo suficientemente tétrico— fue un engendro con apariencia de momia cinematográfica. Se trataba, según Romel, “del cadáver exhumado de la chola sin cabeza”, de una versión bolivianizada del jinete sin cabeza, un ente improbable que forma parte de la literatura de los Estados Unidos y la mitología celta (que intenta asustarnos desde la Edad Media).

Curiosidad y adrenalina

En cada espectáculo, Romel actúa como una especie de pastor en un templo evangélico: apela a la fe de los que tiene delante, como si intuyera que todos cargamos con alguna clase de fantasma a cuestas, y asume que mientras no haya nadie —ni nada— que demuestre lo contrario todo es cierto. Y en las entrevistas dice que el ser humano siente fascinación por lo sobrenatural y por lo inexplicable “porque es curioso por naturaleza”.

Nos gusta visitar lugares como el Museo de Ocultismo de los Warren —donde se halla la famosa Annabelle que inspiró a la muñeca que protagoniza la película de miedo— porque la experiencia viene acompañada de un subidón de adrenalina. Nos cautivan las leyendas de espectros que se comunican desde el otro lado porque nos plantean más interrogantes que respuestas. Y nos seducen los relatos de ultratumba, como a Ulises los cantos de sirena, porque son capaces de revolucionar nuestro cerebro.

Si existiera un manual para sobrevivir a una historia perturbadora (y a los mentados demonios que supuestamente han aprendido a instalarse en lo que nos rodea), éste recomendaría lo siguiente: no toque ningún objeto poseído sin ponerse antes unos buenos guantes; si usted es débil de espíritu y manipulable, tenga cuidado, pues podría convertirse en la víctima perfecta de una de estas presencias malignas; en caso de emergencia, comuníquese con un experto que sepa utilizar crucifijos y agua bendita; y tenga respeto con lo que no comprende. Un tratado para escépticos, en cambio, repetiría una frase que popularizó el astrónomo Carl Sagan: “Las afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”; nos diría que todo eso es sugestión e ilusionismo, que no hay conejo sin chistera y sin un mago detrás que la maneje; nos daría pautas para analizar cualquier suceso que no tenga un asidero científico; y nos aconsejaría no caer en las trampas de la histeria colectiva cuando nos enfrentemos a algo que nos atormente.

Romel simplemente piensa que no es tan importante que uno crea en la verdad de sus aseveraciones. Lo fundamental, enfatiza, “es que uno consiga emocionarse con lo que le cuentan”. “Una buena historia —añade— casi siempre es poderosa e irresistible”.

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