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Marcelo Cordero

A los 13 años descubrió el cine independiente, se empapó de él y comenzó a formarse en crítica cinematográfica. Creó el centro cultural Yaneramai, que hoy es una distribuidora. Gestor audiovisual.

La Razón / Liliana Aguirre

00:00 / 01 de septiembre de 2013

A sus 33 años, más de 8.000  películas han pasado ante su retina. Nacido en La Paz, Marcelo Cordero fue bautizado por su madre en honor de uno de los artífices de la democracia boliviana, Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Desde temprana edad el séptimo arte lo embelesó. Sus primeros acercamientos al mundo del celuloide se produjeron gracias a su abuelo, que organizaba salidas al cine con sus nietos los fines de semana o bien les ponía películas que se emitían por televisión.

“Aún recuerdo las primeras cintas que vi de niño, casi todas de Disney”, dice sonriente. Pero, de adolescente, se dio cuenta de que el cine no sólo era Hollywood y empezó a explorar los filmes independientes y de autor. “Profundo Carmesí, del mexicano Arturo Ripstein, fue una película que marcó un antes y un después en mi vida, y terminé viendo toda su filmografía”.

A los 15 años determinó dejar el colegio diurno para estudiar de noche porque siempre cuestionó la educación tradicional despegada del arte. “Decidí trabajar de día y ganar mi dinero, y trabajé de mesero, de fotocopiador y en televisión, donde fui camarógrafo y asistente de producción”, cuenta. “A los 14, mi gran diversión era ir a la Cinemateca y pasar el mayor tiempo posible allí, viendo películas”, recuerda.

Su profunda pasión por el arte lo llevó a estudiar cursos de crítica de cine, guión y dirección cinematográfica en Argentina y Uruguay. A su retorno a Bolivia tuvo la suerte de aprender de la mano de uno de los maestros del cine indigenista boliviano, Jorge Sanjinés.

“Ukamau fue mi principal escuela, en la que Jorge y su esposa, Beatriz Palacios, me guiaron por el mundo del cine. Fue una experiencia maravillosa que me hizo crecer”, cuenta.

Todas estas vivencias lo motivaron para crear, en el año 2000, un centro cultural al que bautizó con el nombre de un grupo indígena amazónico, Yaneramai. Sin embargo, el lugar no tuvo el éxito esperado y, en 2002, cerró.

Dos años después falleció su primogénito, Yaneramai, con casi tres años. “Mi hijito se llamaba como el centro cultural. Entonces entendí que había venido a darnos una lección de vida y que debía mantener su memoria viva, y volví a apostar por el proyecto con un socio”. Hoy, Yaneramai es una distribuidora de cine independiente y tiene una red de microcines para llegar a personas que, de otro modo, no conocerían las películas alternativas.

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