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Marcelo Lara

Orureño de nacimiento, es un migrante eterno que ha sabido dedicarse a la música, al grafiti y al tatuaje. De Oruro a París, este muchacho-hombre de 40 regresa a Bolivia de vez en cuando para no olvidar sus raíces. ‘Chicheño’

Marcelo Lara. Ilustración: Frank Arbelo

Marcelo Lara. Ilustración: Frank Arbelo

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 14 de mayo de 2017

Marcelo Lara nació en Oruro hace cuatro décadas y su destino es el de una ruleta sin parada fija. De familia minera por el lado de su madre, stronguista de alma, cuenta que el pintor Jesús Lara era uno de sus parientes de parte de padre.

Desde muy joven estuvo destinado a migrar y una de esas estaciones fue la ciudad de Cochabamba, donde estudió y hasta llegó a habitar un monasterio en el que recibió tan férrea educación que quizá allí empezó a imaginar esa rebeldía que hoy lo mantiene sin pausas. En la década de los años 90 llegó a La Paz, donde las falencias económicas empezaron a mostrarle el lado duro de la vida. Pero siempre fue un sobreviviente con inmensa creatividad para escaparle a la adversidad y se ganó la vida como pudo. Adoptó el apodo de Chicheño porque en el colegio jesuita donde estudiaba le dieron una polera donada con la frase Promoción Chicheños, que empezó a ser su sello de identidad.

Guardaba muchas habilidades que él mismo empezó a descubrir en la hoyada paceña, una de ellas la música. Se inició con la guitarra y formó parte de varias bandas como Llawar y DAC, que lo llevaron a transitar por los boliches de la noche. El dibujo también era lo suyo, por lo que se dio a la tarea de improvisar con imágenes muy del género gore con propuestas dedicadas a grupos del género más extremo como Subvertor; posteriormente experimentó con el grafiti y a participar en esas convenciones donde estos artistas de los murales intentan romper con la monotonía y quietud visual, exhibiendo color y un mensaje transgresor.

En ese andar conoció a otra de las tribus urbanas que dio el fin de milenio pasado: los amantes de ese arte tribal que eternizan dibujos conceptuales en la piel. Entonces decidió dedicarse a tatuar agarrándose de aquella habilidad que tenía al pintar. Con una máquina prestada, Marcelo empezó a dedicarse  a eso que hoy es su profesión.

A mediados de 2000 conoció a una francesa que visitaba La Paz, se enamoró y terminó migrando al país de Dumas y Víctor Hugo, donde también ejerció el tatuaje. Allí vivió hasta que la separación de su esposa lo obligó a buscar otros rumbos, y de esa manera conoció Noruega, Islandia, Bulgaria, España, en un itinerario que también lo trae de cuando en cuando por Bolivia,  para no olvidar sus raíces y reunirse con sus viejos amigos.

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