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Marco Trujillo

Todo en su vida tiene que ver con el folklore: nació durante la fiesta puneña de la Virgen de la Candelaria; desde joven hace máscaras para bailes y conoció a su esposa gracias a una danza típica. El rey del yeso.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 08 de junio de 2014

La diablada fue la banda sonora de la llegada al mundo de Marco Trujillo. Su padre, El Quirquincho Trujillo, es un artista del yeso nacido en Oruro. De sus manos han salido centenares de máscaras para bailar diferentes danzas. Hace 34 años él y su esposa estaban en Puno durante la fiesta de la Candelaria. Marco nació en medio del folklore y éste es una parte indispensable de su vida. O, mejor dicho, es su vida.

Se vanagloria de ser el único yesero que queda en esa zona de La Paz donde casi todo el año hay alguna calle cortada para que pasen bailando las fraternidades. Su taller está dentro de su casa, en una callejuela peatonal a la que se llega desde la avenida Buenos Aires por una calle de increíble pendiente. Tras un muro de barro y una puerta de madera hay una empinada escalera que desciende al patio, que es de la abuela de su esposa, Shirley Lazarte. La pareja se conoció gracias al folklore: ella bailaba caporales en la UMSA y él estaba allí entregando máscaras. Tras un fugaz noviazgo de tres meses, se casaron. Y él le enseñó su oficio, en el que lleva 17 años.

“Mi papá me heredó este arte”. De los cinco hijos del Rey Quirquincho, solo Marco continúa con la tradición. Espera que sus hijos, todavía muy niños también lo hagan. Por ahora ya le echan una mano en lo que pueden.

El taller, que tiene por nombre El Rey Trujillo, es un pequeño cuarto al que se accede desde el patio, donde hay máscaras secándose. “Tenemos que aprovechar el sol”, dice él. Dentro están los moldes de careta de pepino, china supay, moreno... Las más antiguas tienen 25 años y también son heredadas. Por ello Marco les tiene un cariño especial, igual que a su máscara de diablo, que creó para sí mismo hace una década. Porque también contribuye al folklore formando parte de él. Empezó de niño bailando de oso con los Urus.

Su diablo tiene características de las máscaras tradicionales: es de yeso y está pintada con los colores de la bandera boliviana. Aunque también muestra, orgulloso, una de sus innovaciones: las luces que pone en las caras de morenos, achachis y otros personajes que, en miniatura, coronan los cetros de los bailarines.

Fuera de las épocas de las fiestas folklóricas hace caretas de cartón para fechas como Halloween. Una de las últimas la compró a través de internet y en su taller hizo varias copias.

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