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Marina Barragán

Vivir en los alrededores de la plaza Murillo la convierte, casi, en una cronista de la vida del centro paceño. Desde casa oye el sonido de las campanas de la catedral que, hace 70 años, le anuncia las horas.

La Razón / Gemma Candela

00:01 / 17 de marzo de 2013

En la céntrica calle Colón de La Paz, casi en la esquina con la Indaburo, hay un local de tucumanas en el que parece que el tiempo se ha detenido. El paisaje de papel pegado a la pared del fondo, que muestra un bosque tipo canadiense, acusa los años que tiene y se desconcha del muro.

Por las gradas que dan a la cocina aparece la propietaria, envuelta en un abrigo negro y una bufanda, bien enrollada, del mismo color. Es una fría tarde de verano paceño. Tras su media melena blanca y bien peinada, reluce el oro de sus aretes. Marina Barragán camina sin vacilar. “¿Qué edad tiene?”, le pregunto. Ella desvía la mirada hacia la derecha y sus ojos acuosos parecen buscar en el mar de la memoria. “¿Ochenta y ocho?”, me pregunta, mirándome de nuevo. “Veré mi carnet, me olvido”. Tiene 87, de los cuales ha vivido casi 70 tras la tienda, en una casa de ésas que caracterizan al centro paceño y que se están dejando caer. Ella es una de las vecinas de la planta baja, de pasillo enfarolado, en el primero de los tres... bueno, ya sólo dos patios de la casona.

Ese patio se llenó de gente “cuando hubo un bombardeo y las personas entraron a refugiarse”. ¿Cuándo? En una de las tantas crisis de la política boliviana.

Desde su casa ha visto decenas de manifestaciones y revueltas; también desde la perfumería que atendió un tiempo, a la vuelta del Palacio de Gobierno. Curiosa, “salía y me iba a ver qué pasaba”. En sus recuerdos ha quedado la imagen del cuerpo de un presidente que fue lanzado por el balcón. “Creo que era Torres...”, dice, refiriéndose a lo que le sucedió con Gualberto Villarroel.

Ella, cuenta, conoció en persona al mismísimo Jaime Paz. Era su vecino en el edificio de la Cañada Strongest donde Marina creció, antes de que aquél se convirtiera en Presidente. Quien sería su marido también vivía allí, justo al frente del departamento de Marina. Al casarse, se mudaron a la vieja casona.

La familia regentó, tiempo atrás, una heladería en el mismo local de las tucumanas, a la que bautizaron El Marinero. “Lo pondrían por mí”, dice riendo quien la vez que estuvo frente al Pacífico, sin haberlo visto antes, sintió nostalgia. Fue en Chile, a donde tuvo que llevar a su hijo enfermo, al que, ahora mismo, se esmera por cuidar como a un niño.

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