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Marrakech: La conquista culinaria

A una media cuadra de la llamada Calle de las Brujas abre sus puertas un restaurante exótico que ofrece comida árabe hace diez años.

La Razón (Edición Impresa) / Erick Ortega

00:00 / 30 de agosto de 2015

Cada uno interpreta el papel que le toca vivir”, comenta Akbar Marjousi y le da una pitada larga a su cigarrillo. Suelta el humo y continúa “a mí, por ejemplo, la vida me ha llevado de Irán a Bolivia y acá soy feliz”; su rostro se ilumina con las últimas palabras.

Está sentado a sus anchas en un rojizo y cómodo sillón, pero se encuentra en una zona, entre comillas, “roja”. Lleva una gorra hacia atrás que le cubre algo la calvicie, luce unas zapatillas deportivas y un buzo que le brinda holgura a sus 53 años.

Akbar Marjousi, cuyo nombre y apellido son casi impronunciables para los bolivianos, ha decidido que lo llamen Aku, simplemente. Sonríe cuando recuerda cómo el mandatario boliviano, Evo Morales, evitaba mencionar el nombre del presidente Mahmud Ahmadineyad, aquella vez que el líder iraní llegó a Bolivia, en junio de 2012.

No es fácil usar la garganta para emitir los sonidos persas y tampoco para él es sencillo dominar el español y es por eso que maneja el lenguaje ibérico a tropezones. Pero, eso no le representa ningún inconveniente a la hora de trabajar en el restaurante Marrakech, del cual es propietario, cocinero, garzón y empresario.

Inicios

Aku nunca llegó a conocer Marrakech, una de las metrópolis más importantes de Marruecos y que es conocida como la Ciudad Roja debido al colorido que dejan las puestas de sol. Marruecos se encuentra en el norte de África y a un salto de Europa, solo separada por el estrecho de Gibraltar.

El iraní jamás llegó allí. Eso sí, afirma que un día conocerá el sitio que le dio el nombre a su restaurante ubicado en la calle Jiménez número 774, en la prolongación de la Calle de las Brujas.

El nombre del sitio de comidas fue un antojo de la anterior propietaria, una marroquí. Ella se encargó de darle la identidad al restaurante que es un punto de llegada para los turistas que visitan La Paz.

Fue hace diez años que la marroquí decidió volver a su país y le propuso a Aku que se haga cargo del negocio. Era una nueva puesta en escena para él.

Cuenta que en su natal Teherán (capital de Irán) él era un buen cocinero, pero solo para darse el gusto a sí mismo, nunca había pensado en hacerse cargo de un sitio de comida. Menos aún en un país tan lejano.

“Llegué a trabajar en 1989 a Bolivia, cuando estaba Víctor Paz Estenssoro”. El último periodo presidencial del líder del Movimiento Nacionalista Revolucionario fue exactamente hasta aquel año.

Entonces, Aku tenía 27 años y había arribado al país para ser parte de Ametex (la empresa estatal América Textil). Estuvo ligado a la confección de prendas los primeros años de su estadía en el país.

Cuenta, con mucho orgullo y poca modestia, que aquellos años se demostró que la calidad de las prendas bolivianas era superior a la de fuera de las fronteras.

Hasta que llegó la hora de cambiar de oficio y apareció la oferta de aquella marroquí, de la cual el iraní ya ha olvidado su nombre. Aku lo pensó dos veces y después decidió aceptar la oferta.

Futuro

A la entrada del restaurante Marrakech, un letrero ofrece la bienvenida en 12 idiomas. El sitio tiene unos ocho metros de profundidad por unos cuatro de ancho.

Sillones cómodos, lámparas de colores, telas colgando del techo y un televisor que constantemente está sintonizado en CNN Internacional son parte del ambiente. La música es preferentemente árabe y no hay cabida para la cumbia o el reguetón.

El alcohol también está vetado en el local. Excepto alguna copa de vino para acompañar alguna de las comidas internacionales que ofrece el Marrakech.

El menú está basado en las comidas árabes. El cous cous (plato realizado a base de sémola de trigo), el falafel (albóndiga de garbanzos) y el humus (crema de puré de garbanzos que se come con pan pita) son solo algunas de las propuestas del sitio.

Además de las ofertas comestibles, Aku suele invitar un té de hierbas a sus clientes más conversadores. Él no se hace líos con los idiomas porque sabe algo de árabe, domina el inglés y se defiende en francés. Y, obviamente, es un experto en persa.

El iraní no está solo en Marrakech. Allí hay otras tres personas que se multiplican para atender a la clientela. Además, está incorporando un servicio de delivery (comida a domicilio) y las tareas aumentan.

Aku no piensa volver a su país natal (aunque el año pasado estuvo ahí) porque dice que ha sembrado raíces bolivianas. Tiene dos hijos, uno persa y otro boliviano; pero ambos con dos nacionalidades.

Hoy, él interpreta el papel de un hombre que vive para servir. Lo hace a diario, desde el mediodía, con una sonrisa a flor de piel y tropezando con el lenguaje.

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