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Marruecos: El ksar de Aït Benhadou

El patrimonio de la humanidad, que conoció el esplendor del cine, se debate entre ruinas.

La Razón (Edición Impresa) / Pablo Cerezal

00:00 / 25 de mayo de 2014

Los ksar son antiquísimas ciudades fortificadas, edificadas con adobe laboriosa y delicadamente trabajado, auténticas obras de arte de la ingeniería y arquitectura más radicales. El aspecto de estas ciudadelas impresiona no solo por su grandiosidad, sino también por su belleza, y pueden contemplarse, además de en Túnez y Argelia, en gran parte de la geografía de Marruecos, donde encontramos los más espectaculares ejemplos de esta construcción característica del Magreb. La mayoría de los ksar datan del siglo XVII, y en su laberinto de barro modelado por el tiempo, podemos descubrir, aún hoy en día, algo muy característico de la vida magrebí de aquellos tiempos: las numerosas viviendas que los componen se encuentran solapadas y compartiendo espacios comunes para el avituallamiento (graneros, hornos… ), el comercio (tiendas, fábricas… ), la higiene (baños, lavaderos… ), la religión (mezquitas, madrasas… ), o la batalla (caballerizas, armerías… ), por poner solo algunos ejemplos.

En 1987 la Unesco declaró el ksar de Aït Benhadou, cercano a la localidad de Ouarzazate, como Patrimonio de la Humanidad. Ignoramos el motivo exacto para que fuese éste, de entre los numerosísimos ksar que engalanan los atardeceres del sur de Marruecos, el elegido para portar, en su memoria de adobe y tiempo detenido, tan alto galardón. Aunque nos tememos que el motivo se reduzca a que se trata de uno de los pocos que figuran, desde hace años, en todas las guías de viaje y recorridos turísticos referentes al país magrebí. Y este hecho se debe sin duda a la celebridad que le proporcionó el hecho de que entre sus muros se rodaran importantes escenas de Lawrence de Arabia, aquella joya del cine que sorprendió a propios y extraños a mediados los años 60 del pasado siglo.

Pero no ha sido la laureada película de David Lean la única superproducción hollywoodiense que ha franqueado las puertas de tan memorable fortaleza. Lo han hecho también, en tiempos más cercanos, otros artefactos cinematográficos más estruendosos, pero de menor calidad, como La Momia o Gladiator.

Para mejor vender al espectador uno de los filmes que allí se rodaron, La Joya del Nilo, el equipo de producción decidió edificar la monumental puerta de entrada al recinto, y así poder desarrollar ciertas escenas de acción. A poco avispado que sea el viajero notará la diferencia entre dicho acceso y el resto del grandioso recinto. Se aprecia enseguida el uso de materiales y técnicas más modernas para la construcción. Al menos no lo derribaron tras finalizar la grabación del citado filme.

Las poblaciones cercanas a la célebre ciudadela de adobe han vivido inmemorialmente de la agricultura, si bien es cierto que muchos aprendieron, con la frenética y lucrativa llegada del turismo, a desaprender las milenarias técnicas de cultivo en beneficio de pequeños negocios comerciales más onerosos y menos esforzados.

Las callejas de la ciudad “moderna” (antaño pequeño aduar o poblado, hoy considerable núcleo turístico) desde la que se contempla Aït Benhadou en todo su esplendor, al otro lado del río Ounila, que hace de frontera con su fortificada ancianidad, se han reconvertido con el paso de los años en escaparates en los que exponer los más diversos productos propios de la artesanía local, así como de no pocas confecciones que suplantan en sus etiquetas la personalidad de las grandes firmas de la moda occidental. Aún hay quien disfruta del supuesto “regateo” para la adquisición de productos de imitación, sólo para poder presumir luego en su país de alguna prenda o cartera o bolso Ralph Lauren o Yves Saint Laurent o Gucci, que asombra a los poco duchos en el tema, y sin haber invertido mucho dinero.

No hace muchos años que una de esas estrechas callejuelas desembocaba en la linde del río, y en los rebuznos despavoridos de un nutrido rebaño de borricos atemorizados ante la visión de los orondos turistas que tendrían que cargar en sus lomos para cruzar la corriente y depositarlos, sanos y salvos, a las puertas del ksar. También descansan un puñado de dromedarios, a la orilla del río, esperando cargar con algún viajero más adinerado.

Pero el progreso, evidentemente, es más veloz que los sufridos pollinos y camélidos, y ha llegado a las inmediaciones de Aït Benhadou para facilitar el trasiego de viajeros añorantes de exotismos supervivientes de un pasado remoto. Además, estamos hablando de una edificación galardonada con el honor de pertenecer al Patrimonio de la Humanidad, aún a sabiendas de que poca humanidad habita en aquellos que del pasado o la riqueza natural quieren hacer patrimonio.

Tal honor debería obligar, en cierto modo, a que sus instalaciones y accesos gocen de todas las comodidades posibles. Al menos es lo que piensa cualquier turista. Es por ello, intuimos, que desde hace bien poco la mínima corriente del Ounila, solo rebosante durante las escasas épocas de lluvia, puede ser atravesada cruzando un moderno puente, sin necesidad de hacer sufrir a ningún animal con la carga del peso del turista, beneficiando así también la protección de una especie.

Me explicó uno de los comerciantes de las tiendas cercanas que el Gobierno recibe no pocos caudales de la Unesco para el mantenimiento del ksar.

Mirando de reojo a la omnipresente imagen del rey Mohammed VI que, a su vez, le observaba a él de reojo desde la pared más libre de cachivaches, me aseguró también que quien dice “al gobierno” dice “a la familia real”. Al menos han construido un puente, acerté yo a contradecirle. Su respuesta resultó fulgurante: “cruza el puente, amigo, entra en el ksar, y ya me dirás lo que puedes ver allí dentro, ya me contarás en qué se ha gastado el dinero, además de en construir ese puente que ha quitado el pan a mi hijo y muchos que, como él, ganaban la vida ayudando a los turistas a vadear las aguas”.

Decidí, pues, atender la recomendación del amable comerciante y cruzar, por vez primera, ese moderno puente, para alcanzar la orilla sobre la que se alzan, aún gloriosos, los muros del ksar de Aït Benhadou.

No hube de caminar mucho, una vez franqueada la monumental y apócrifa puerta exterior, para comenzar a escuchar las voces de los chiquillos correteando tras los pasos del incauto viajero, y ver cómo se comenzaban a extender ante mí los mil y un productos artesanos que los habitantes del ksar guardan en el interior de sus muros, en lo que aún son sus viviendas.

Así, había pasado del abigarrado expositor de baratijas y artesanías varias de las calles de la ciudad moderna, al otro lado del puente, al remedo de laberinto que supone el desmadejado perímetro inferior de la fortaleza, poblado también de tenderetes en los que se exponen mil y una bagatelas de esas que hacen las delicias de los turistas menos exigentes. Lámparas de cuero malgastado y mal repujado, alambicadas sortijas en que se engarzan piedras de dudosa pureza, apócrifos fósiles de trilobites adheridos a pedazos de pedernal, extensas y coloridas alfombras voladoras de burdos nudos mal rematados, y un sinfín de llamativos productos que pretenden captar la atención de quienes ingresan sin previo aviso en el lóbrego callejero de barro e historia de Aït Benhadou.

Si de curiosear se trata, sólo es preciso que te intereses por una pulsera, por ejemplo, para encontrarte, como por arte de magia, cómodamente cobijado en el interior de una de las habitaciones en la que la familia de turno atesora la mercadería, saboreando un tórrido té a la menta y departiendo, amigable, con el improvisado vendedor, el precio del objeto de tus deseos. Es entonces que consigues llevar la charla algo más allá de la mera transacción comercial, y entonces que descubres el hecho de que numerosas familias aún habitan las estancias que la deteriorada simetría del ksar conserva en su interior.

Familias con hijos en edad escolar y abuelos en edad mortuoria. Familias completas, de más de tres generaciones, habitando los restos maltratados de una monumental edificación que se ganó el honor de pertenecer al Patrimonio de la Humanidad.

Abderrahim es uno de los muchos antiguos labriegos que hoy habitan el ksar de Aït Benhadou. Hoy, ya no vive de a agricultura. Intenta sobrevivir de la venta de productos de dudosa calidad artesanal. Me asegura que las autoridades municipales insisten siempre en la necesidad de mantener las cercanías de su vivienda libres de suciedad y desechos, para no espantar al turista. También asiente, con  equívoca sonrisa, cuando le insinúo que su familia debería, por tratarse de una de las pocas que aún habitan los desangelados rincones de la fortificación, recibir algún porcentaje del dinero que la Unesco proporciona al Reino de Marruecos para el sostén y conservación del monumento.

Al punto está, mi interlocutor, de comenzar lo que tiene visos de reivindicativa confesión, cuando el sollozo resfriado de Anass, su hijo menor, desentumece la humedad oscura, ésa en que guardan  las vasijas de barro que pretende vender Adderrahim a los incautos viajeros para mejor alimentar a su prole.

Anass es el menor de cinco hijos, me explica, y que cuando vivían en una casa de campo de las laderas aledañas, antes de que el Gobierno decidiera derribarlas para mantener más puro el paisaje que rodeaba el ksar, podían comer sano, todos, únicamente con los productos del huerto que entre su mujer y él mantenían frondoso y vitamínico.

Caso de tornarnos filosóficos o reivindicativos, nos preguntaríamos cuál es la porción de humanidad que contiene el cáliz sagrado del tiempo, a la sombra del barro inmemorial de Aït Benhadou.

Pero de nada valen filosofías ni morales. Mejor despedir a Abderrahim, tras decepcionarle indicando que no dispones de dinero suficiente para adquirir ninguno de los cántaros de barro con cuya venta podría comprar medicamentos con que curar el tuberculoso resfriado de su hijo Anass, por ejemplo. Mejor contemplar cómo el resto de improvisados vendedores pierden el interés en ti, tras comprobar que sales sin mercadería de casa de su vecino. Mejor comenzar la ascensión de callejuelas abandonadas al eco del tiempo, resbalar tus pasos en los pequeños, pero múltiples pasillos de adobe desmigado que recorren el ksar. Mejor ir recogiendo, por el camino, miles de bolsas de plástico, mientras tus zapatos apartan con desagrado restos orgánicos de dudoso origen. Mejor perder todo sentido de la orientación que no te conduzca hacia arriba, en busca de la luz usurpada por los murallones  desvencijados de la ciudadela.

Mejor, por resumir, llegar a la cumbre milagrosamente enhiesta de Aït Benhadou, como un día hiciese Peter O’Toole,  que dio vida en el celuloide a Lawrence de Arabia, para contemplar, conmovido, el glorioso espectáculo de las inmediaciones. Efectivamente, desde la cima de la fortaleza, allá donde descansaran los cañones defensivos en tiempos remotos, conformada esta por irregulares bloques de pedernal, pude perder la vista en el abrumador paisaje circundante. El valle se extiende con la calidez de unas piernas femeninas que descansan la batalla del amor. Ni rastro de viviendas más allá de las de la ciudad moderna, al otro lado del río Ounila. Solo una suave extensión aletargada bajo el sueño ligero de hierbas silvestres. Un paisaje, sin duda, de cine.

A lo ancho y largo de todo Marruecos pocas visiones más grandiosas podemos hallar. Lo mismo pensarían los integrantes del jurado de la Unesco, culpables, junto a la propaganda cinematográfica, del galardón que dota a Marruecos de réditos suficientes para mantener en pie el ksar de Aït Benhadou…. cueste lo que cueste.

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