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Memorias colectivas: Resquicios que permitieron la salida del closet

Una publicación rescata la historia del movimiento TLGB para no ser haiqueados y ser reconocidos.

La Razón (Edición impresa) / Eduardo Chávez Ballón

00:00 / 13 de octubre de 2013

Fue necesario el paso de más de 50 años para que la pena y la desdicha se transforme en el orgullo de ser parte de la sociedad. Una sociedad que pese a las transformaciones que ha sufrido, tanto en la etapa democrática como en el actual proceso aún no asume a los homosexuales, a las lesbianas, a los transexuales ni a los bisexuales como parte de ella.

Desde la revolución del 9 de abril de 1952, cuando el Estado dio carta de ciudadanía a los indios y el derecho de votar a las mujeres las diferentes identidades sexuales han aprovechado esas rendijas en la sociedad para hacerse visibles. Lo que para unos era parte de su cotidianidad para otros era considerado hasta una enfermedad o un problema psicológico. Estas últimas percepciones obligaron a homosexuales y lesbianas a refugiarse en sectores marginales. Es así que logran espacios en la fiesta del Señor del Gran Poder o en la entrada del Carnaval de Oruro, manifestaciones que eran ajenas a la sociedad hasta la década de los años 70, especialmente el desfile paceño. En esa etapa se produce un quiebre de esa alianza cuando la complicidad se rompe a cambio del acceso de los bailarines al centro de la ciudad. Ya en democracia, en los 90, los efectos del VIH-sida en el mundo también llegaron a Bolivia y ese fue otro de los resquicios aprovechado, esta vez para que las identidades sexuales se agrupen orgánicamente y de amigos pasaron a ser entidades aceptadas —en este caso para trabajar junto a las ONG en la lucha contra la enfermedad— ya no sólo por la sociedad sino también por el Estado. Finalmente, está el esfuerzo desplegado en la Asamblea Constituyente, en 2009 y 2010 para que se reconozcan los derechos de los miembros de estas comunidades por ser componentes de la sociedad civil y del Estado.

Esos momentos son el hilo conductor de Memorias Colectivas – Miradas a la historia del Movimiento TLGB de Bolivia. Un libro escrito por David Aruquipa, Paula Estenssoro y Pablo Vargas, miembros de Comunidad Diversidad del movimiento Travestis, Transexuales, Transgénero, Lesbianas, Gays y Bisexuales (TLGB) de Bolivia. La publicación rescata esos hitos del lento proceso de salida del clóset, para usar el lugar común cuando alguien declara su preferencia sexual. Es David, quien parafrasea a Julieta (Paredes) para justificar este repaso histórico al asegurar: “Si no tienes historia te van a huaiquear”. “Eso es lo que hemos querido hacer. Revisar nuestros orígenes como TLGB, recuperar esas primeras expresiones y en ese camino nos hemos dado cuenta del aporte que hemos hecho a la cultura de Bolivia, desde la música y la danza como expresiones artísticas hasta la generación de pensamiento para lograr la inclusión, el ejercicio de la democracia y el respeto pleno de los derechos a favor de todos los bolivianos”, explica el coautor, quien además preside Comunidad Diversidad. Esa memoria les da otra dimensión, pues atrás quedan los prejuicios y la marginación porque hoy en día ya no son un fenómeno sino parte de la sociedad. Esto se refleja, por ejemplo, en la manera de abordar el homosexualismo. Una edición de la revista sensacionalista Sucesos de 1971, 42 años atrás planteaba el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero con el rótulo de “¡El colmo! Ahora se casan entre hombres”. Ante ese prejuicio muchas de las personas que hubieran pertenecido a TLGB optaron por la marginalidad o la soledad.  

Dos de esas figuras que rescata el libro son los compositores Gerardo Rosas, el Q’iwa Gerardo, y Rubén Ramírez Santillán, Jaime del Río. El primero tuvo una época de oro en Sucre, donde en las chicherías entonaba: “Nunca desde que he nacido/he conocido la dicha/porque siempre la desdicha/andará delante de mí. Dicha que hoy poco duró/desdicha la llamo yo/desdichado el dichoso/que de aquella dicha gozo”. Ése es el bailecito que se hizo nacional en la voz de Benjo Cruz, pero su autor supo más de desdichas por el rechazo que sufrió en su propia tierra y que le obligó a refugiarse en las chicherías, donde camuflado en la bohemia convivía con su identidad sexual. El testimonio de doña Máxima, la Chunchuna, recogido en el libro, revela cómo vivió el Q’iwa en complicidad con sus cholas: la Tigresa, la Pastita y por supuesto, la Chunchuna.

Con ellas cocinaba y hasta se vestía de mujer.

Gerardo Rosas nació en Sucre en 1924 y murió en la misma ciudad en 1984, grabó tres discos Long Play con el sello Capital y a él se le atribuye el zapateo y el jaleo en el bailecito, como una parodia al flamenco español. Su música, su canto, su baile y su humor lleno de ironía le abrieron las puertas en las chicherías, donde se lo veía sobre las mesas danzando. El único espacio donde desplegaba su identidad sexual en público.

La segunda figura que rescata el libro de David, Paula y Pablo es la de Jorge Rubén Ramírez Santillán, quien nació en Cochabamba en 1921, pero desde su niñez sufrió una suerte de exilio familiar en La Paz por su condición de homosexual. Es en la sede de gobierno que asume el nombre de Jaime del Río, se dice que adoptó ese apellido porque consideraba que fue recogido del río.

Del apego y la sensibilidad a su tierra nació el taquirari Oh Cochabamba querida, el segundo himno de esa ciudad, cuya música y parte de la letra fueron plagiadas por un grupo peruano para cantar a Quillabamba.

Pero su clamor desgarrador es la cueca Una pena tengo yo, la cueca conocida popularmente como “cortavenas”. “Una pena tengo yo/que a nadie le importa/qué me importa de nadie/si a nadie le importo yo. No quiero humillaciones/no quiero compasión/sólo, sólo he nacido/solito quiero vivir/sólo, sólo he nacido/solito quiero morir”, dice la letra de la canción que hicieron famosa Los Ch’ascas, Wara, Pepe Murillo y el Grupo Bolivia, entre otros.

Y así fue, Jaime del Río vivió en soledad y murió solo, su cuerpo fue encontrado en su casa de Chijini, al parecer cuatro días después de su muerte, sus restos desaparecieron pese a los esfuerzos de la sociedad de músicos y compositores de enterrarlos en el Mausoleo de Notables en La Paz o Cochabamba.

A la creación musical se suma el aporte a la danza popular con las chinas morenas de la morenada y la china supay de la diablada, que dieron  participación a la mujer en estos bailes, tradicionalmente reservados para figuras masculinas.

Tras su organización en colectivos y movimientos la historia de TLGB encaró el reconocimiento del Estado y para ello formaron alianzas con grupos e identidades marginadas para tener presencia en la Asamblea Constituyente de Sucre, pero Pablo lamenta que pese a los acuerdos se haya impuesto la visión conservadora de los políticos, quienes en la redacción final del artículo 63, relativo al matrimonio, cambiaron los términos “cónyuges” y “personas” por “hombre” y “mujer”, sin embargo en el artículo 64 mantuvieron las expresiones “cónyuges” y “convivientes”. El coautor explica que así pusieron en contradicción a la propia Constitución ya que en el parágrafo II del artículo 14 señala: “El Estado prohíbe y sanciona toda forma de discriminación fundada en razón de sexo, color, edad, orientación sexual”.

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