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Memorias del fracaso (y del entusiasmo)

‘La basura de un hombre se convierte a veces en el tesoro de otro hombre’, dice el coleccionista Álvaro Daza.

Álvaro Javier Daza Pereira, 38 años, economista, trabaja en una empresa de telefonía. Foto: Álex Ayala ugarte

Álvaro Javier Daza Pereira, 38 años, economista, trabaja en una empresa de telefonía. Foto: Álex Ayala ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala ugarte

00:00 / 13 de julio de 2014

En su estreno como selección de fútbol en competición oficial —durante el Campeonato Sudamericano de 1926— a Bolivia le fue rematadamente mal: perdió 7-1 contra Chile, 6-1 contra Paraguay, 5-0 contra Argentina y 6-0 contra Uruguay. Años después, en 1963, los nuevos seleccionados, Máximo Alcócer, Wilfredo Camacho y Víctor Agustín Ugarte, entre otros, completaron una gesta que no se repetiría: salieron campeones de ese mismo torneo. Tras aquel triunfo de leyenda, los que tomaron el relevo cosecharon muchísimos naufragios y apenas un puñado de victorias —algunas épicas—. Pero hasta su alegría más reciente, la participación en el Mundial del 94, terminó en eliminación, tras un empate y un par de tropiezos. Hoy, el país ocupa el puesto 67 del Ranking FIFA y, con un balón entre los pies, según esta misma clasificación, es el peor de Sudamérica.

Winston Churchill dijo alguna vez que “el éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo”. Las memorias del fracaso boliviano (y de su entusiasmo), sin embargo, van más allá de esta frase que seguramente no desentonaría en los manuales de autoayuda para emprendedores. Se han escrito a lo largo de las décadas pasadas en publicaciones deportivas muy difíciles de hallar que el economista Álvaro Daza, 38 años, porte espigado, camisa a cuadros, suele reunir por prescripción médica. Hace siete años, tras una crisis de estrés, el doctor le recomendó que buscara un hobby con el que ocupar su tiempo libre. Él se decantó por la memorabilia balompédica.

Desde entonces, su casa se ha convertido en un gran baúl de los recuerdos que no ha dejado de crecer ni de invadir ambientes. En el cuarto de su hija, de cinco años, guarda más de 50 uniformes de la selección y otros tantos del Bolívar; en el de su hijo, de ocho, equipaciones en miniatura de clubes paceños; en otros rincones, fotos antiguas; en un mueble del pasillo, libros descatalogados. Y son tantas ya las cosas acumuladas en uno y otro lado que este hombre con manos grandes de guardameta y ojos chiquitos (que hace números en una empresa de telefonía ocho horas al día) ha perdido la cuenta.

Basura valiosa

Todo comenzó cuando Álvaro era pequeño e insertaba las imágenes de los jugadores de moda en tapones de botella. “Así nos divertíamos cuando no había la PlayStation —se sonríe—. Identificábamos a los futbolistas en los periódicos, los recortábamos, les metíamos corcho o cartón debajo, los plastificábamos y luego los encajábamos en las tapas. La operación se repetía una y otra vez, hasta que armábamos equipos completos”.

Algunos de estos míticos conjuntos, y sus hazañas, desaparecieron de la primera plana de los periódicos hace más de diez años. Pero eso no ha sido impedimento para que Álvaro siga preocupándose por recabar información de ellos. “Tengo, por ejemplo, varios programas de la gira del Always Ready por Europa en el 61”, acota. Y no son sus únicas rarezas: también conserva una guía en japonés de la Copa Kirin, en la que participó Bolivia; revistas extintas, como Estadio o Cancha; un autógrafo de cuando el delantero Ramiro Blacut pasó por el Bayern de Múnich; una crónica que cuenta cómo, en 1945, la selección usó una camiseta azul en lugar de la verde típica; un álbum mundialista de México 70 hecho en La Paz; y en un folder (aún sin pegar), sus figuritas.

“Mi objetivo, más que usar lo que consigo, es encontrarlo. Es hallar algo valioso en algún sitio en el que no lo valoran. La basura de un hombre se convierte a veces en el tesoro de otro hombre”, evangeliza. En ocasiones, esta “basura” aparece en webs o foros especializados. “Y la mayoría de las veces, me hago con lo que quiero por correo postal. Yo le mando a alguien, por decir, un banderín y me llega algo similar a cambio”.

Gracias a estos trueques entre aficionados que se desestresan haciendo acopio de todo lo relacionado con uno de los deportes más agobiantes e imprevisibles del planeta, Álvaro logró parte de sus más de 1.000 entradas originales a partidos que ya son agua pasada; entradas que ahora se amontonan en un archivador parecido a un acordeón, bien catalogadas. “Las más interesantes e importantes son las del Mundial del 94 —comenta con orgullo—. Para Bolivia, aquello fue como pisar la Luna. Por eso, sus protagonistas son tratados todavía como héroes. Por eso, permanecen en el Olimpo de nuestro fútbol”.

Aquellos Don Quijote de la cancha fueron inmortalizados en un puzzle que fue comercializado en Grecia y que Álvaro cazó casi de casualidad buceando en internet un día cualquiera. Se trata de una pieza extraña, exótica, excepcional, pero que no le sacia.

“Un coleccionista como yo se centra siempre más en la ansiedad por adquirir lo que no tiene que en el disfrute de lo que posee”, explica. Y luego dice que ahora está detrás del boleto de un cotejo que Brasil le ganó a Bolivia por 8 a 0. Una cruel derrota, sin duda, y una gran conquista para Álvaro si se hiciera con el ticket en algún momento.

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