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Memorias del gigante Discolandia

La casa discográfica cumplió 60 años. Ahora, lucha por mantenerse en pie, minada por la tecnología y la piratería.

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

00:00 / 13 de marzo de 2019

Cada parte de los discos de vinilo de Discolandia se produjo en Bolivia; desde la tapa, las etiquetas, los discos en sí mismos, y la música que contienen. Ese fue el sueño y la meta de Miguel Dueri, el emprendedor quien fundó la discográfica en La Paz, junto a su esposa Miriam Saba de Dueri, en 1958. 

La pareja que se había conocido en Cochabamba decidió trasladarse a La Paz unos años antes, para abrir un almacén de importaciones. Pero la música pudo más.

En su pequeña tienda de la calle Evaristo Valle, la mercancía quedaba deslucida ante el espectáculo que daba una pequeña vitrola, que se mantenía funcionando gran parte del día. Los discos eran la novedad de la época y la importación les dio tan buenos resultados que producirlos parecía ser buen negocio. “Miguel amaba la música, en cuanto salía un disco nuevo corría a comprarlo con cualquier excusa, sin importar lo que costara”, narra Miriam, quien ahora tiene 86 años y aún se mantiene al frente de la disquera.

Este arte no era solo un pasatiempo para el emprendedor nacido en Belén (Cisjordania), en 1926. Tocaba muy bien el piano y con el violín era aún mejor, por lo que llegó a ser el primer intérprete de esta sección en la Orquesta Sinfónica Nacional. Producir discos se transformó en su obsesión, así que se fue a trabajar a Estados Unidos, a una fábrica de maquinaria especializada donde aprendió todo lo que necesitaba saber sobre grabación, rememora Nelly Mendizábal, productora ejecutiva de la casa discográfica. Los compró y volvió a La Paz. En 1960 se abrió el estudio en la calle Sagárnaga, 123, donde continúa funcionando hasta hoy.

Sus icónicas paredes blancas fueron testigos de grandes producciones como las realizadas con Los Jairas, Luis Rico, Los Caminantes, Los Puntos, Zulma Yugar y diferentes orquestas. La luz del sol que ilumina el estudio por las ventanas podía dar paso a los rayos de la luna sin que Miguel se diera cuenta de cuántas horas había pasado trabajando, pues durante años fue el único encargado del estudio.

“Era un perfeccionista, aunque tenía bastante paciencia, gracias a eso realizó discos hermosos junto a Gladys Moreno. Ambos trabajaron incansablemente”, recuerda Denise Dueri, una de sus hijas..

Era muy estricto. Incluso hoy se pueden encontrar instrucciones suyas colgando de las paredes. Con el tiempo sus demás ocupaciones, así como su familia, que para entonces había crecido mucho —Miriam y Miguel tuvieron cinco hijos: Johny, Henry, Denise, Isabel, Juliette— fueron requiriendo más de su tiempo. Es por eso que decidió ceder la batuta a Lucindo Gomes, quien mantuvo la fama de ser aún más duro que Dueri. “En algún punto llegó a entrar al estudio y remediar algunas disputas entre artistas”, cuenta Nelly.

A Lucindo le sucedió Freddy Roca. Y en la década de 1990 entró Mario Acebo, quien —después de una larga pausa de cerca de diez años— volvió a ser el responsable del estudio este año. En Discolandia se le dio mucha importancia a los músicos noveles, muchos fueron descubiertos en festivales que la disquera solía realizar. “Los que recién están comenzando necesitan sobre todo paciencia. Como tenemos el oído entrenado, los guiamos para que aprendan los detalles y trucos del oficio, mientras que los maestros nos exigen a nosotros más bien”, detalla Mario.

Él fue testigo de la aparición que transformó la industria de la música: la tecnología digital. Si bien ya el cassette le había dado un fuerte golpe a Discolandia, los discos compactos la hirieron de tal forma que no se ha podido recuperar.

Si bien tienen un estudio digital que funciona en Obrajes, la empresa que alguna vez fue “la gallina de los huevos de oro” de la familia Dueri y que inspiró la fundación de radio Panamericana en 1972 se redujo significativamente desde entonces: “De los 200 empleados, quedan menos de 20. Lo mismo sucedió con las tiendas. Después llegó la desmantelación de la fábrica de discos. La piratería nos está acabando y no podemos hacer mucho”, explica Nelly con mucho pesar.

Es por eso que el principal objetivo de la casa disquera es cuidar el patrimonio musical que conserva. Con las más de 10.000 cintas conservadas, los ejemplares de discos de vinilo, carteles, discos compactos y el único estudio analógico de grabación que aún se mantiene, los Dueri tienen planes de organizar un museo. También están pidiéndole al Estado que libere de impuestos a la música para poder difundir libremente gran parte de su material en redes sociales y plataformas, que ya está mayormente digitalizado.

“Gran parte de los artistas bolivianos han pasado por nuestros estudios. Discolandia ha sido nuestra vida, yo no me hallo sin ella y esperamos que no se pierda”, comenta Miriam, con un suspiro.

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