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Meteoritos en Bolivia: Caídos del cielo

Un coleccionista quiere vender una piedra cósmica a la ciencia. En el país hay cuatro registradas, de las cuales dos están en el extranjero.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 25 de mayo de 2014

Se puede ver, fotografiar y hasta tocar el objeto. Lo que pide el dueño es que a él no se lo identifique por razones de seguridad. Tan solo permite que digamos sus iniciales: JFP. Hace más de una década que JFP adquirió la que es la pieza  más importante de su colección de rocas y restos arqueológicos: una piedra con forma parecida a la de un balón de fútbol americano, pero más grande, de color pardo. Se trata, asegura, de un meteorito. Reta a quien logre levantarlo, dice, le regalará un puñado de dólares. Y es que por mucho que uno se envalentone (no parece imposible lograrlo porque no es muy grande), lo único que se consigue es hacer temblar, apenas, la piedra extraterrestre.

Comprobar que pesa mucho más que una roca convencional es uno de los pasos para identificar un meteorito a simple vista, explica el investigador del Planetario Max Schereier de la Carrera de Física de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), Gonzalo Pereira, amante de los aerolitos. Si, además, tiene propiedad magnética, presenta concavidades en su superficie y es negro o marrón (en el primer caso es porque cayó a la Tierra hace relativamente poco y, en el segundo, porque lleva un tiempo considerable sobre la superficie terrestre), probablemente tengamos delante una piedra cósmica. La combustión que sufren los bólidos al entrar a la atmósfera es lo que les da el color negro que, con el tiempo, se torna marrón.

 “Usted tiene un Picasso. Es invaluable porque está intacto”, le dijo a JFP un geólogo experto de Estados Unidos con el que contactó. “Si tiene gemas estelares en medio, así le paguen lo que le paguen, le están robando”, añadió el científico. Para comprobar si en su interior guarda (o no) piedras preciosas habría que escanearlo con un aparato especial que no se encuentra en cualquier lado, o bien cortarlo. Y esto último es lo que no quiere su dueño.

El pedrusco apareció, cuenta, en la provincia Sur Lípez. Los lugareños lo hallaron en una hondonada en la que, hasta unos días antes de la caída del bólido, había una laguna. El Alcalde le relató cómo el agua se había salido misteriosamente de su lugar y había ido a parar a unos 900 metros de distancia. Y en el espacio que antes ocupaba la laguna estaba la piedra.

JFP llevó una muestra, hace algunos años al Instituto de Investigaciones Geológicas y del Medio Ambiente de la Facultad de Ciencias Geológicas de la UMSA. El estudio determinó que se trata de una aleación de camasita (94%) y troilita (3%). La combinación de hierro y níquel (camasita) “no existe de forma natural en la Tierra”, expone una de las docentes de la facultad, Elena Gorinova. Además de estos dos elementos químicos, los meteoritos suelen tener también cobalto.

El de JFP es una siderita, perteneciente al grupo de los bólidos metálicos, que no son frecuentes. Los metalorocosos y los rocosos son los otros dos tipos de aerolitos. Estos últimos, que apenas tienen metales, son los más frecuentes.

Ponerle nombre es uno de los requisitos para que una roca procedente del espacio exterior sea meteorito, según el investigador del Planetario. Pero no se elige según lo que indique el santoral del día en que se encuentra ni tampoco es elección del que lo halla, sino que se bautiza con el denominativo de la oficina postal más cercana al lugar del hallazgo. En Bolivia se le pone el nombre de la comunidad o lugar poblado más próximo.

Para que sea reconocida como una piedra extraterrestre tiene que tener un certificado, “que es como el pedigrí del meteorito”, aclara Pereira. Hay pocos laboratorios en el mundo que expidan este documento. En él vienen datos como qué cantidad total ha caído, el nivel de oxidación que presenta y, además, se vincula con otros similares.

Oficialmente, Bolivia “tiene” cuatro meteoritos. Uno es el Pooposo, una roca de dos kilos de hierro y níquel encontrada en 1910 en Poopó y que un misionero vendió a un inglés, un tal J. Bohm, según una carta del 23 de mayo de 1922 guardada en el Museo Británico de Londres. Una parte de la piedra está en el repositorio inglés y otra en el Museo de Historia Natural de Viena.

Otro es el Sevaruyo, de 12 gramos, que el cazameteoritos Kevin Kichincha halló junto a su grupo en Oruro en 2001, a 3.749 metros sobre el nivel del mar (es el aerolito encontrado a mayor altura). Un pedazo está en el Planetario de La Paz y otros dos en Estados Unidos.

El Cochabamba, de 82 gramos, se encuentra en el Museo de Viena. Estaba registrado como chileno, cuenta riendo Pereira que, añade, ya hizo el reclamo correspondiente. “Éste es valioso porque es un carbonáceo. Es el material más antiguo que existe. Es anterior a la Tierra”.

Por último está el Bolivia, que pesa aproximadamente 21 kilos. “La única referencia que se tiene sobre ese meteorito es la segunda página de una carta”, cuenta el investigador de la UMSA. En ella, el coleccionista estadounidense que lo tenía refiere que un amigo suyo se lo había comprado a un religioso en Bolivia. Tras su muerte, su serie de rocas pasó al Instituto Smithsonian, en Estados Unidos. Un fragmento que estaba en la Universidad de Arizona fue repatriado y se encuentra en el Planetario Max Schereier.

El gramo de meteorito cuesta 65 veces más que el de oro. Y el precio puede aumentar si se trata de rocas marcianas o lunares porque son las que llegan en menor cantidad a la Tierra, igual que las de Venus. Las más comunes son las del cinturón de asteroides, ubicado entre Marte y Júpiter.

Hay cazameteoritos que adquieren piedras para su colección en ferias o por internet; también hay quien los quiere convertir en  joyas (algo que ya hicieron los egipcios hace 5.000 años). Para JFP el valor es otro: “En los meteoritos está el principio de la vida”. Por ello, dice que está dispuesto a venderlo a alguna institución científica a un precio “asequible”.

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