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Mónica Susana Rojas Zenteno

Por sus manos han pasado más de mil pacientes aquejados de distintas dolencias; ella las resume en una palabra: carga. Los masajes son su trabajo y su vocación. Terapeuta holística

Ilustración: Martin Elfman

Ilustración: Martin Elfman

La Razón / María I. Vivas

00:00 / 01 de abril de 2012

Si hablamos de terapia holística hablaremos de desbloquear emociones; Mónica lo define como “sacar la pena de tu cuerpo, de tu alma y de tu mente”.  “El organismo tiene más de seiscientos canales de luz”, todos los órganos y músculos están interconectados. “Somos como cinco mangueras, todo está comunicado, es como una electricidad”, puntualiza. La principal característica de su terapia es el reverting, la respiración: a medida que te trata tienes que respirar de forma acompasada y con la expiración “botar la carga”. 

Esta paceña empezó a ser terapeuta hace nueve años porque su contexto le llevó a esto. En su caso, no eligió, la situación decidió por ella. Su propia carga la convirtió en una luchadora nata. Con trabajo desapareció su pena y, con el mismo traje de pugilista convencida, noqueó la carga de todo aquel que pasó por sus manos.

Hace 12 años, Monisu, como la llaman los amigos, pasó por una ruptura sentimental muy fuerte.

Se divorció del padre de sus hijos, fue un varapalo. Entró en una grave depresión y dejó de ver mucho sentido a las cosas que antaño le agradaban. Fueron malos meses, pero lo agarró a tiempo al viajar a Cochabamba para recibir tratamiento de una terapeuta que le recomendaron. Fue el inicio de su nueva vida.

Tras haberse dedicado durante años a decoraciones de interior, tuvo que empezar a redecorar su propia vida, su cuerpo o “templo”, como a ella le gusta llamarlo. Pasó un mes en la Llajta, donde le hicieron curas, le dieron libros y empezó a interesarse por ese mundo. La depresión había dejado su organismo hecho “bolsa”, y no fue fácil recolocarlo. Decidió que quería aprender a sanar y se inició allí mismo, cuando su terapeuta anunció masajes gratis y una fila de 50 personas se prestó a ello. Trató desde niños de cinco años hasta señoras de 70. Era la iniciación requerida para que, al volver a La Paz, Mónica continuase con ella misma, masajeándose día y noche.

Tuvieron que pasar tres años para limpiar todas las esquinas de su ser. Lo logró y ahora se siente “multimillonaria”. Así fue como se curó, empezó a mirar la vida con otros ojos y como decidió que tenía que hacer lo mismo con las cargas y penas de los otros —que acuden al Centro Prana, en Calacoto, a curarse. Y por ello agradece ahora aquella ruptura, por  la que  "he crecido como ser humano; la vida me ha dado un regalo". 

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