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Morir en la batalla - Marie Colvin, una leyenda del periodismo de guerra

La corresponsal del parche negro falleció en su ley. La pasión por el oficio la unió al boliviano Juan Carlos Gumucio, otro mito periodístico 

La Razón, con datos de Internet y Agencias / Gemma Candela

00:00 / 04 de marzo de 2012

Si se levantara una estatua ecuestre al estilo de las de reyes y otros personajes considerados importantes en la historia, el caballo sobre el que se inmortalizara a Marie Colvin tendría las dos patas levantadas. La corresponsal del periódico Sunday Times murió en la guerra. Eso sí, perdió la vida haciendo lo que amaba: “informar de los horrores de la guerra con rigor y sin prejuicios”, como ella manifestaba. El 23 de febrero, el día que falleció, se encontraba en la ciudad siria de Homs. Aunque el suceso aún no ha sido esclarecido, periodistas en la zona apuntan a que el ataque que sufrió el centro de prensa donde se encontraban ella y otros reporteros fue perpetrado por el ejército afín al presidente Bachar al Asad.

Cuando el teléfono sonó a las 05.00 en la casa de Rosemary Colvin, en Long Island, supo que era demasiado temprano para que lo que le dijeran desde el otro lado de la línea sean buenas noticias. Y no se equivocaba. Su hija Marie, de 55 años, estaba muerta. Ella nació en el pueblo neoyorquino de Oyster Bay. Desde joven participó junto a su madre en las protestas de los años 60 y 70 en contra de los conflictos bélicos. Por eso, Rosemary no se sorprendió cuando su retoño decidió ser periodista mientras estudiaba Antropología en la Universidad de Yale.

Rescatada por Rupert Murdoch

Su carrera de reportera comenzó en la United Press International (UPI), en Nueva Jersey. Luego fue trasladada a Washington y, de ahí, dio el salto a Europa: la enviaron a París, donde se convirtió en jefa de la oficina en 1984. Dos años después pasó a ser corresponsal en Oriente Medio del londinense The Sunday Times, y se convirtió en la redactora estrella, hasta tal punto que el magnate mediático Rupert Murdoch    —dueño del emporio News Corporation, al que pertenece el periódico—, no dudó en enviar su avión personal hasta la república asiática de Sri Lanka para rescatarla.

Marie no quería realmente ir a Sri Lanka cuando su jefe se lo propuso, aunque no se negó. Su especialidad era Medio Oriente. Pero fue la primera periodista extranjera en entrar en la zona controlada por la guerrilla insurgente Tamil, en medio del enfrentamiento étnico, y allí perdió el ojo izquierdo a causa de la explosión de una granada. Desde entonces, el parche oscuro era parte de su carismática imagen. Además, recuerda su madre: “Ella todavía tenía metralla en su cerebro que no se pudo eliminar”.

Lejos de amedrentarse, continuó viviendo entre balas, gritos desgarradores y bombas como sonido de fondo. Estuvo en la última guerra de Irak, en Sierra Leona, Timor Oriental, Kosovo, Zimbabue y Chechenia. Por supuesto, no se perdió la actual Primavera Árabe y estuvo informando desde Túnez, Egipto, Libia y, finalmente, Siria. 

“Aquí nadie entiende cómo la comunidad internacional está permitiendo que esto ocurra”, expresó la que era la única periodista de un diario británico en el conflicto. “Es mentira que el Ejército sirio esté tan solo bombardeando posiciones de terroristas. Están matando a civiles hambrientos y aislados”, denunció en su última reportería a través de la cadena BBC.

“No se puede conseguir la información sin ir a los lugares donde se dispara a la gente y otros te disparan a ti. La dificultad estriba en tener la suficiente fe en la humanidad para creer que habrá bastante gente —el Gobierno, los militares o la gente de la calle— que le importe que lo que cuentas llegue a las páginas de los periódicos, la página web o la televisión. Nosotros tenemos esa fe porque pensamos que lo que hacemos tiene un impacto”, manifestó durante un homenaje en la ciudad de Londres a periodistas fallecidos en guerras, hace dos años.

‘Dentengan el bombardeo’

Su labor de agallas fue premiada en cuatro ocasiones: obtuvo dos veces el galardón británico a la mejor corresponsal, fue nombrada como la mejor periodista del año de la Foreign Press Association y recibió el premio a la Valentía en el Periodismo otorgado por la Fundación Internacional de Mujeres en los Medios. Marie tenía claros los límites en su profesión:  “Nuestra misión es informar sobre esos horrores de la guerra con precisión y sin prejuicios. Siempre tenemos que preguntarnos si el nivel de riesgo que corremos es parejo al interés de la historia que queremos contar. Distinguir entre lo que es valentía y lo que es bravuconería”.

También era consciente de que los corresponsales se han convertido en un objetivo en los conflictos bélicos, como le sucedió a ella y al fotógrafo francés Rémi Ochlik, que el 23 de febrero estaban apostados junto a otros periodistas en un edificio en el barrio de Baba Amr,  que era usado como centro de prensa. “Realmente pensé que ella lograría escapar”, reconoció su hermana, Cat Colvin. El peligro la había acechado en muchas ocasiones, pero ella siempre había sido más rápida que la muerte. Pero en esta última ocasión pereció junto a Ochlik y cientos de ciudadanos, los decesos de civiles causados por el Ejército sirio era precisamente lo que ella denunciaba cada día.

En su última nota para The Sunday Times relataba la situación en Baba Amr: no hay alimentos; los francotiradores afines al régimen apuntan desde los edificios altos a cualquier objetivo que se mueva abajo, en las calles; casi todos los ciudadanos han perdido algún ser querido. Uno de sus testimonios del horror pedía: “Por favor, díganle al mundo que nos debe ayudar. Sólo detengan el bombardeo. Por favor, sólo detengan el bombardeo”. Marie sabía que la única opción para el cese del conflicto, era una rigurosa labor periodística. Tal vez las fuerzas afines a Al Bashar también lo sabían y, como ocurrió con el hotel Palestina en Bagdad —centro de prensa internacional durante la ofensiva occidental contra Irak—, abrieron fuego contra el cuartel de reporteros.

La ofensiva apagó la luz del único ojo de Marie, que daba la posibilidad de ver lo que sucedía en Siria a miles de personas en el orbe. Era la única corresponsal de prensa escrita en Homs. Su editor, John Whiterow, había hablado con ella día antes del ataque. Le dijo que era demasiado peligroso permanecer en esa ciudad y que quería sacarla de allá. Marie le respondió que se iría una vez que termine el importante trabajo que estaba realizando. Lo terminó, pero pagó el precio de poner punto final a su existencia.

La relación de Marie con Bolivia

A ella no le hizo falta que la muerte la tocara con su fría mano para convertirse en referente de su profesión. En vida era toda una leyenda. “Cuando llegaban los demás, ella ya estaba allí o ya se estaba marchando de allí…”, comentaban sus compañeros y competidores sobre el terreno, recuerda el corresponsal venezolano Ramón Lobo.

Marie Colvin frecuentaba en la última década del anterior siglo el hotel American Colony, durante su etapa en Jerusalén. Era el lugar de reunión de los periodistas extranjeros. Tal vez formara parte de “Jurasic Square”, una de las mesas del patio del bar. Allí se sentaban los “dinosaurios” del mundo de la corresponsalía, de la que solía formar parte un personaje que pedía vodka para todos. Trabajaba, por entonces, para El País de Madrid. Su nombre era Juan Carlos Gumucio, un cochabambino que acabó casándose por cuarta vez en su vida con Colvin (segundo matrimonio para ella). Esa relación la unió temporalmente con Bolivia, país que visitó. Y por azares del destino, cuando faltaban dos días para el décimo aniversario del fallecimiento de Gumucio, ella murió.  

El último artículo de Marie Colvin en el periódico británico The Sunday Times

La página web del diario The Sunday Times es de pago. Decidió publicar gratis la última crónica de Marie Colvin. Éste es un extracto:Lo llaman el sótano de las viudas. Hacinados en medio de camas improvisadas y dispersas pertenencias hay mujeres y niños asustados, atrapados en el horror de Homs, la ciudad siria sacudida por dos semanas de bombardeos implacables.

Entre los 300 acurrucados en esta bodega de la fábrica de madera en el barrio sitiado de Baba Amr está Noor, de 20 años de edad, quien perdió a su marido y su casa a causa de los proyectiles y los cohetes.

“Nuestra casa fue alcanzada por un cohete”, recuerda junto a Mimi, su hija de tres años, y Mohamed, de cinco años de edad, hijo, que se aferran a su abaya. “No teníamos nada más que azúcar y agua durante dos días, y mi marido se fue a tratar de encontrar comida”. Fue la última vez que vio a Maziad, de 30 años, quien había trabajado en una tienda de reparación de telefonía móvil. “Él fue despedazado por un proyectil de mortero”.

Para Noor, fue una tragedia doble. Su hermano Adnan, de 27 años, fue asesinado al lado de Maziad.

Todo el mundo en el sótano tiene una historia similar de dificultades o incluso de la muerte. El refugio fue elegido porque es uno de los pocos sótanos que hay en Baba Amr. Colchones de espuma están apilados contra las paredes y los niños no han visto la luz del día desde que comenzara el asedio el 4 de febrero. La mayoría de las familias huyeron de sus hogares sólo con la ropa que llevaban. (...) Abdel Majid, de 20 años, quien estaba ayudando a rescatar a los heridos de los edificios bombardeados, hizo una petición simple. “Por favor, decirle al mundo que nos debe ayudar”, dijo temblando.

Juan Carlos Gumucio, el ‘palestino boliviano’ bautizado por Yasser Arafat

Cuando Juan Carlos Gumucio Quiroga murió, estaba rodeado de sus dos pasiones: la escritura y una mujer. Aunque incluso sus compañeros más cercanos, como el corresponsal del diario británico The Independent en Oriente Medio, Robert Fisk, hayan supuesto que se quitó la vida, algunos no aceptan que así fuese: “Nadie se suicida disparándose en el estómago”, explica Alfonso Gumucio Dagrón, periodista, escritor y primo de Juan Carlos.

Aquello sucedió hace diez años, cuando el periodista regresó a Bolivia y se refugió en el pueblo de Tarata de su natal Cochabamba, para escribir sus memorias. Antes, pasó más de 20 años informando de diversos conflictos.

Al salir de colegio, Juan Carlos decidió estudiar periodismo. Sus abuelos y su mamá no estaban de acuerdo, recuerdan sus familiares en La Paz. Le reprocharon que aquella era “media profesión”.

Antes de abandonar la Llajta, se casó a los 19 años con una estadounidense, Candy Hess. Fruto de este matrimonio nació Mónica, aunque la pareja se separó pronto y Juan Carlos, tras estudiar en la Universidad Católica Boliviana, fue a trabajar al periódico El Diario de La Paz. Tiempo después, Roberto Capriles fue nombrado embajador boliviano en Washington y lo llevó consigo a Estados Unidos, como encargado de prensa.

Aquel trabajo no le duró mucho. Él no quería estar detrás de un escritorio, quería algo más, dice la familia. Lo formal, los horarios, no le interesaban: su idea era conocer mundo. Dejó la embajada y comenzó a trabajar en la Organización de Estados Americanos, algo que tampoco le gustaba y que abandonó cuando fue contratado por la agencia de noticias Associated Press (AP).

Tampoco eso le satisfizo, cuenta Gumucio Dagrón. Recuerda haberlo visto  en su oficina ante una computadora, revisando cables a toda velocidad, allá por el año 1981.

“A él, el periodismo de escritorio no le gustaba”. Por aquel entonces  estaba casado con la boliviana Ana Barberí, una de sus relaciones más duraderas.

Después de una breve visita a Bolivia, retornó a territorio norteamericano. En aquel entonces, el vuelo hacía escala en Panamá. Desde allí llamó a su oficina y se enteró de que habían secuestrado a dos compañeros periodistas en Oriente Medio, entre ellos el conocido Terry Anderson. “Yo he dicho que llego a Nueva York y mañana me voy a Líbano”, recuerda Teresiña que le contó su hermano. Y así lo hizo. Era 1985.

En un pequeño maletín solía llevar una muda de ropa. Y vestía pantalones y chamarras de caqui. En su rostro lucía una tupida barba que empezó a dejar crecer a mitad de los años 70, y que le daba más aspecto de árabe que de boliviano, algo que le ayudó a mezclarse con la gente en lugares como Líbano. Él se enamoró de Beirut, pero AP lo mandó muy pronto a la capital italiana, Roma, desde donde estaba listo para cubrir conflictos cercanos en otros países.

Pasaba largas temporadas fuera de su departamento situado en la Via Lungaretta del prestigioso barrio romano del Trastevere. Aún así, cuando estaba en Roma no era un extranjero más en la ciudad: daba sus paseos en bicicleta y era un asiduo de las trattorias, adonde entraba, cocinaba y comía de lo que preparaban los dueños, de los que era amigo.

Pero se aburría mucho en Italia, lejos de la acción. Su sueño era retornar a Beirut. Así que regresó a principios de los años 90. En plena cobertura en Afganistán conoció a la suiza Agneta Ramberg, la que fue su tercera esposa y madre de su segunda hija, Ana Celeste.

En la capital libanesa se compró un departamento que acabó por ser bombardeado. El periodista tuvo que vivir una semana debajo de la tina, pero escapó de la muerte. La situación se tornó demasiado peligrosa en el lugar; pero cuando la agencia de noticias le quiso trasladar a El Cairo, él renunció. Egipto era por entonces un lugar demasiado tranquilo.

Se quedó en el país de los cedros trabajando para el canal estadounidense CBS. Pero, hacer el recuento diario de muertos durante unos segundos al día no era lo que deseaba.

“Era un tipo analítico”, dice Alfonso Gumucio. También rechazó ese trabajo y buscó colaboraciones para diarios europeos. Sus crónicas aparecieron en el London Times y en los españoles Diario 16 y El País, hasta que se afianzó como corresponsal de este último periódico.

Inquieto y simpático

Su barba le hacía pasar por uno más en Oriente Medio. En la época en que cada barrio de Beirut estaba controlado por una milicia, Juan Carlos tenía los carnets de cada una de ellas para poder atravesar la urbe, coinciden sus familiares. Su facilidad de palabra y desparpajo le ayudaron a hacer lo que quería. Al final, parecía que siempre se salía con la suya.     

“No podía permanecer ni un solo rato tranquilo —recuerda su hermana Teresiña—: tenía que hablar por teléfono, llamaba a uno, sabía del otro, escribía...”. Su forma de ser se mantenía inalterable: se hacía amigo de todos allá donde estuviera, y daba rienda suelta a su gran pasatiempo, la tertulia. Tal vez por esa razón  tenía una gran facilidad para los idiomas: el inglés era su segunda lengua, hablaba fluidamente italiano, aprendió árabe y chapurreaba el francés.

“Donde estaba Juan Carlos, todo el mundo quería estar con él”, añade. “Tenía un lindo carácter, era bromista... Pero cuando tenías que hablar con él en serio, hablaba en serio. Tenía sus ideas bien fundamentadas, seguro de lo que decía y de lo que hacía”. Tenía la voz fuerte y una risa sincera y contagiosa.

“Lo que me impresionó de Juan Carlos fue ese su deseo de buscar situaciones que fueran un desafío para él”, señala Alfonso. Fue amigo de las familias Hussein, en Irak, y del líder palestino Yasser Arafat. Fue éste quien le puso el apodo del palestino boliviano.

En la Navidad de 1997 o 1998, Juan Carlos visitó a su familia en La Paz. Esa vez lo hizo en compañía de la corresponsal de guerra Marie Colvin. Su profesión los había unido. Como siempre que llegaba a Bolivia, “todo el mundo” —familiares, amigos— iba a verle. Los allegados rememoran a la periodista en actitud de espectadora, debido a que no hablaba castellano. No saben cuánto tiempo Juan Carlos y Marie permanecieron juntos; lo único que se conoce es que fue un matrimonio pasajero.   Era un amante de la vida

“Era uno de los mejores corresponsales y colegas que se podían tener en una guerra”, lo describió Robert Fisk. La última vez que vio a su gran amigo estaban en Kosovo, en 1999. Un año después, Juan Carlos decidió dejar todo y retornó a su país. Estuvo en su ciudad natal y luego se retiró al área rural cochabambina. En Tarata empezó a escribir sus memorias, las que al final quedaron inconclusas.

Después de tanto deambular por el orbe, este hombre tenía la idea de hacer algo por el periodismo boliviano.

Un disparo de escopeta le hirió gravemente. Tanto su hermana, como su primo Alfonso y su amigo Fisk coinciden en que Gumucio era un amante de la vida. No pudo suicidarse, alegan sus seres queridos, una versión apoyada por el relato de la mujer que estaba con él y del cuidador de la casa. Lo que pudo pasar, se dice, es que al estar limpiando su escopeta, ésta se le disparó.

Juan Carlos murió desangrado: no hallaron taxi para llevarlo hasta Cliza. Así falleció, a los 52 años de edad, hace ya una década. Pero la de Gumucio Quiroga es otra firma que no necesitó acabar sus días para aparecer en el libro de leyendas de una de las profesiones más atrapantes que existen.

Las guerras se llevan la vida de quienes intentan develarlas

Desde que la Primavera Árabe estallara en Siria el pasado año, ocho corresponsales han perdido la vida informando de esta revuelta. Seis de ellos en la ciudad de Homs: Rami al-Sayed, Mazhar Tayyara, Gilles Jacquier, Basil al Sayed, Marie Colvin y  Rémi Ochlik, de acuerdo con datos del Comité para la Protección de los Periodistas.

Desde la guerra de Irak de 2003, se abrió una preocupante tendencia: los informadores también están en el punto de mira de las balas y las bombas. Nikos Megrelis, director de la cadena griega ERTWorld y de numerosos documentales, es de los que opina que ésa es la terrible realidad. En el premiado documental Shooting vs Shooting, habla de los periodistas que mueren al tratar de contar la verdad en las guerras, como sucedió con la invasión de Irak en busca de armas de destrucción masiva.

Hasta el momento, ése ha sido el conflicto más sangriento para los reporteros: murieron 350, de diversas nacionalidades. En la Primavera Árabe, en total, han perecido 19.                                                  

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