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Muchacha tecnicolor

Un mandala es la representación espiritual del macrocosmos y los microcosmos que nos rodean.

Andrea Bozo Jantzen, 25 años, posa junto a algunos de los mandalas que borda. Foto: Álex Ayala Ugarte

Andrea Bozo Jantzen, 25 años, posa junto a algunos de los mandalas que borda. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 26 de octubre de 2014

Ojosa es una perra callejera adoptada con los ojos blancos, con los ojos celestes, con los ojos rojos, con los ojos negros. Con ojos camaleónicos, con ojos tecnicolor, con ojos  que bailan. Eso es lo que me acaba de contar su dueña, Andrea Bozo Jantzen, 25 años, polera roja con “el tío Bob” —Bob Marley— en primer plano, expansores amarillo patito en el lóbulo inferior de las orejas, un piercing que atraviesa uno de sus labios. Su casa, en mitad de una loma desde la que se asoma buena parte de La Paz, es otra explosión de tonalidades: un libro de Andy Warhol y su paleta pop multicromática recibe a las visitas cuando llegan, un cuadro rectangular (seguramente de algún amigo artista) está salpicado por al menos cinco estallidos de pintura diferentes, una pieza naranja con pinta de falda o de pollera chica hace de lámpara en mitad del living y unas extrañas figuras violetas, azules, doradas y rosadas invaden ahora la esquina de su mesa.

“Son mandalas. Círculos energéticos”, aclara. Los elabora en base a lanas con las distintas gamas del arcoiris, sobre fondo oscuro, sobre el plástico dado la vuelta de bolsas de lácteos vacías. Asegura que le nacen desde muy adentro, y luego apunta a la altura del pecho. “Empezaron a manifestarse hace dos años, en un momento de soledad intenso”. Para Andrea, la representación más fidedigna de aquella soledad incipiente era el eco. “Apenas me mudé aquí con algunos muebles. No tenía tele. Tampoco objetos muy grandes. Y las palabras retumbaban en las paredes”, recuerda. Por aquel entonces, consumía muchas bolsas de leche de soya y recolectaba otras de leche de vaca entre conocidos y familiares. “Después, bordaba encima de ellas cada mandala, les añadía cremallera y las convertía en carteritas que regalaba” (la primera se la quedó su madre).

Hoy, la dinámica es muy parecida. Pero ya no siempre obsequia los mandalas que visualiza en la cabeza antes de trasladarlos al territorio de lo concreto. A veces, los vende. Y en ocasiones los utiliza a modo de trueque. “Los cambio por algún libro, por un sándwich, por un favor. Esta semana, por ejemplo, le di uno a un vecino que me ayudó a trasladar una garrafa de gas hasta mi departamento —me comenta—. Mi mantra personal es el agradecimiento. Y me parece una linda manera de dar las gracias”.  

Aquí y ahora

Para el hinduismo, los mandalas son símbolos del macrocosmos y los microcosmos que nos rodean. Y para Andrea, la excusa perfecta para exteriorizar sus sentimientos de vez en cuando. “Cuando estoy de buen humor, empleo colores flúor y los hago rápido —subraya—. Y cuando estoy triste soy más lenta y uso colores un poquito más apagados”.  

Antes de animarse a hacer mandalas, Andrea ensayó con trabas en forma de flor para el cabello. “Mi madre, que es modista, me trajo un día pedazos de tela para que los reutilizara y yo, que casi nací con aguja e hilo en una mano, al combinarlos alucinaba”.

“Para mí, todo es parte de una especie de despertar espiritual —añade luego—, de una búsqueda”. En el universo virtual de Facebook, Andrea se llama KAotik ApoKalyptika Andreya Natura y trata de hallar hogares temporales a mascotas perdidas o abandonadas. Y en el mundo físico es una muchacha que se independizó a los 18, que cree en una energía muy particular —“que emana del corazón y entra en conexión con el todo”— y que piensa que el caos es el sendero ideal para volvernos más conscientes de lo que pasa. “Estar en constante movimiento y escapar de la zona de confort en la que solemos instalarnos nos obliga a observarnos mejor a nosotros mismos”, puntualiza.  

El cuerpo de Andrea, en sintonía con su modelo existencial, es un gran lienzo en permanente metamorfosis. Y además, una baraja de cartas. “La del aquí y el ahora”, precisa. Muchos de los tatuajes que decoran su epidermis se inspiran en el tarot zen de Osho. “Mis delfines son una metáfora de la armonía. Las frutas de mi antebrazo te hablan de compartir. Y estas rosas (señala hacia otra porción de piel), de mirar hacia adentro”, explica. Después, me muestra un mandala que está todavía a medio hacer. Y a continuación confiesa que, cada vez que trabaja en él, es como escucharse a sí misma”. Sobre nuestras cabezas, hay una mariposa artificial con unas alas de por lo menos metro y medio.

Probablemente —aquí todo tiene algún significado oculto— es una apología  de la libertad; da la sensación de que sería capaz de alzar el vuelo en cualquier descuido.

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