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Muerte en el Titicaca. El umanto se extinguió, no hay bogas y peligra el karachi

‘Yo pescaba umantos de ocho y nueve libras; su carne era como la del pejerrey y la sopa blanca como la leche’. En 1984 se catalogó unas 35 especies de peces lacustres; en la actualidad ese número no pasa de diez.

Un espécimen de la boga que está en ‘peligro crítico’, según el Libro Rojo. Foto: WARA VARGAS.

Un espécimen de la boga que está en ‘peligro crítico’, según el Libro Rojo. Foto: WARA VARGAS.

La Razón / JORGE QUISPE

01:16 / 07 de julio de 2013

‘Yo pescaba umantos de ocho y nueve libras; su carne era como la del pejerrey y la sopa  blanca como la leche’. En 1984 se catalogó unas 35 especies de peces lacustres; en la actualidad ese número no pasa de diez.

El umanto (Orestia cuvieri) fue, en su momento, el león del lago Titicaca. Hay evidencias arqueológicas de cómo civilizaciones precolombinas consumían su carne, pero el gran depredador fue declarado extinto en 1967. La boga (Orestias pentlandii) no es vista en Bolivia desde hace 25 años y ahora es el karachi amarillo (Orestias albus) — al igual que las dos anteriores, una especie endémica de La Paz— el que está camino de ser catalogada en la categoría de “en peligro crítico”.      

El umanto, cuyos huesos y escamas habrían sido encontrados en algunos restos precolombinos, según el biólogo e investigador en ictiología Jaime Sarmiento, ya era saboreado masivamente por las civilizaciones antiguas que vivían en las riberas del lago más alto del mundo. “Ahora sólo nos queda éste, que además nos fue donado por Puno (Perú)”, enseña un ejemplar conservado en formol la directora de la Colección Boliviana de la Fauna (CBF), Soraya Barrera. El cadáver del umanto luce su color tierra, la dentadura sobresaliente y sus más de 20 centímetros de tamaño desde la cabeza hasta la cola.   

La sobrepesca, por el éxito comercial que significaba su venta en los mercados, puso en jaque a este pez, pero la introducción del pejerrey y la trucha, a mediados del siglo XX, habrían dado el tiro de gracia al escamoso animal. “El umanto estaba en la cúspide de la cadena trófica del lago”, añade Sarmiento, el ictiólogo que trabaja en el tema desde 1977.  

Ramón Katari, pescador de Chúa que supera los 60 años de edad, guarda en su memoria tres recuerdos del animal. “Yo pescaba umantos de ocho y hasta nueve libras; su carne era como la del pejerrey y su sopa era blanca como la leche”.

El umanto fue declarado extinto oficialmente en 1996, informan los investigadores de la CBF. “Si en 50 años no hay registros de una especie, entonces se hace la declaratoria oficial, como establece la UICN (Comité Español de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza)”, agrega Sarmiento desde su laboratorio.

La deseada boguita

En el mercado Lanza, de La Paz, pocas cocineras recuerdan el sabor de la boga, popularmente llamada k’esi.

“No conozco nada del umanto, pero el k’esi es como el mauri (otra especie del lago). ¡Sírvase un platito a sólo 12 bolivianos!”, invita Ana, desde el puesto Doña Jacinta, en el tercer piso del mercado, en un intento por convencer al comensal de que en verdad no hay mucha diferencia entre uno y otro pescado, que no importa.

El último Libro Rojo de la Fauna silvestre de los vertebrados de Bolivia, que publicó en 2009 el Ministerio de Medio Ambiente y Agua, indica que la Orestias pentlandii se halla en “peligro crítico”, un estadio previo a “extinto en estado silvestre”, mientras que la etapa superior es “extinto”.

“Hace unos 25 años que la boga ha desaparecido de la pesca comercial. Nosotros hemos buscado estos peces muchísimo entre 1980 y 1984, y ya para esos años su población era muy reducida”, explica Sarmiento al tiempo que muestra dos especímenes de la boga que se conservan en uno de los centenares de botellones de la CBF. Perdido el umanto, la boga sufrió una indiscriminada sobrepesca por su tamaño, unos 18 centímetros de la cola a la cabeza, su sabor exquisito y porque, de paso, tenía pocas espinas.

Y si en el mercado algunas cocineras comparan el sabor del k’esi con el del mauri, el pescador Katari, de Chúa, cree que su carne se parecía a la del pejerrey.

Ciertamente, hace 25 años no hay rastros de la boga, pero Sarmiento aconseja que se debe esperar al menos otro tiempo similar antes de declararla extinta.

En Perú se afirma que en lagunas que se comunican con el Titicaca existen bogas. “Me han dicho que hay estos peces en las lagunas de Arapa, al norte del Titicaca, y en Saracocha y Alonso (otros espejos de agua que se comunican con el lago)”, cuenta Esteban Aragón, de Recursos Hidrobiológicos de la Autoridad Binacional del Lago Titicaca (ALT).

No obstante, Sarmiento cree que es poco probable que la boga se haya reproducido en alguna parte fuera del lago. “Nosotros fuimos hasta allí (Arapa), pero ni la gente del lugar dice haber pescado ese pez y en tres días que estuvimos nosotros no pescamos nada en absoluto”.

Barrera, directora de la CBF, es mucho más contundente. “Estas especies viven solamente en el Titicaca”. Las bogas a las que se hace referencia en Perú han debido ser introducidas artificialmente, añade la especialista y, de ser así, se necesitaría mucho tiempo y condiciones por demás favorables para su reproducción natural.

La boga realizaba además migraciones reproductivas hacia la cintura vegetal del lago, “lo que coincide con los periodos de mayor captura. En los años 80 y 90, la especie fue considerada muy rara”, dice textualmente el Libro Rojo.

El jefe de la Unidad de Pesca y Acuicultura de la Gobernación de La Paz, Sabas Fernández, cree que la boga ha corrido la misma suerte que el umanto y afirma que ahora se debe actuar para que no pase lo mismo con el karachi amarillo, el ingrediente de una poderosa sopa lacustre.

El manjar del wallaque 

El aroma de la koa (hojas verdes secas) se siente a metros de un puesto de venta del tradicional wallaque, la nutritiva sopa de karachi en la zona del Cementerio General.

Allí, todos los días, los comensales hacen filas para degustar este platillo tradicional de la gastronomía paceña: “Dicen que es bueno para estudiar”, “Es lo mejor para la memoria”, “Tiene muchas vitaminas” son algunos de los argumentos que se escuchan en los improvisados comedores ubicados en plena calle, donde el Orestias albus o karachi amarillo, el karachi blanco, k’ellu o khañu en aymara, es el ingrediente central del manjar. No obstante, pocos saben que este preciado pez de unos 16 centímetros de longitud, mandíbula inferior robusta, mentón prominente y cabeza relativamente grande se encuentra en “peligro”, según el Libro Rojo.  

“Era considerada abundante en el lago en 1867 (Garman, 1895). Según Tchernavin (1944), era una especie poco común y en los años 1980 y 1990 fue considerada como una especie rara”, indica el documento científico publicado hace cuatro años.

El biólogo Sarmiento remarca que la población del khañu está muy diezmada. “Uno de los problemas que la han llevado a ese extremo es la sobrepesca; otro tiene que ver con que las cinturas vegetales (alimento) son cada vez más escasas por la contaminación y, si a ello le sumamos que ya no encuentra lugares para el desove, su situación es muy delicada. Pronto podría  pasar al estado de “peligro crítico”, teme el investigador de largos barba y pelo.

Con datos de 2010, cuando se hizo un estudio en el Titicaca, Fernández añade que la pesca bajó gradualmente. Hace tres años, el promedio por día llegaba a 18.425 kilogramos de peces, cuando en el pasado fácilmente esa cifra se duplicaba y hasta se triplicaba.  

Sarmiento sostiene que todas las poblaciones de peces del lago son frágiles y, si bien el karachi negro no está en la misma condición que su par amarillo, otros animales están en riesgo; “son especies endémicas del Titicaca y están amenazadas por factores externos al mismo lago”.

El ingeniero Zenteno, de la ALT, apunta contra la contaminación urbana de las ciudades, cuyas aguas servidas desembocan en el lago; los desechos carburíferos de las embarcaciones, la pesca de especímenes que ni siquiera ingresaron a la etapa de la reproducción, la destrucción de las cinturas vegetales que sirven de alimento y desove para los peces. y la utilización por parte de los campesinos del llachu o plantas ribereñas como forraje para vacas y ovejas.

A ello se suman la poca fecundidad y la alta mortalidad de los peces. Si una trucha y un pejerrey son capaces de depositar de 100 mil a 200 mil huevos, las orestias o karachis sólo ponen como promedio 300 huevos. “Es poquísimo y la mortalidad es muy alta, sobrevivirán entre un 10 y un 30%. Unos 30 pececitos que todavía deben crecer y luchar contra enemigos naturales como el pejerrey y la trucha, y los mismos insectos y aves”, describe Sarmiento. Y, ni siquiera el pejerrey está a salvo, pues ante la disminución de una especie diminuta de peces, los ispis, hace un par de años se atrapaba a pequeños pejerreyes para venderlos como aquéllos.

Por si fuera eso poco, los peces del Titicaca deben lidiar ahora contra una enfermedad que mata grandes cantidades entre noviembre y diciembre, las épocas más calientes del año. El mal se llama “punto blanco” y es una enfermedad introducida. No se sabe cómo llegó a las aguas del Lago Sagrado, pero provoca una alta mortalidad en todas las especies. “El ‘punto blanco’ mata a centenares de peces, sobre todo en los sectores más contaminados (bahía de Cohana), y claro, los menos abundantes, como los karachis, son los más vulnerables”, dice Sarmiento. Existe además la posibilidad de que los peces se contagien entre sí.

Un estudio de 1984 de la investigadora norteamericana Lynne Parenti, permitió catalogar en 1984 unas 35 especies de peces en el Titicaca y, según Zenteno, en la actualidad ese número no pasa de diez. “¿Dónde están las restantes 35?”, se pregunta el peruano.  

El pescador Katari cuenta que cuando él era niño, por la década de los años 50 del siglo XX, su padre tejía redes de pesca artesanales con lana de llama e incluso cabello humano; pero que hoy en día ya no las elaboran ellos, porque el mercado provee mallas de todos los tamaños, lo que permite una pesca mucho más “eficaz”.

Esa eficacia, sin embargo, es contraproducente, pues son atrapados peces adultos, jóvenes e incluso alevines, con lo que se afecta de manera sistemática a la fauna. “Las challwitas o pescaditos son los hijos de la mama quta (madre del lago) y si desaparecen vienen desgracias como las subidas del mismo lago”, cree el teólogo andino Guiniol Quilla.

Fernández considera que el cambio climático es otro gran problema natural a tomar muy en cuenta para la vida en el lago, donde la temperatura habitual oscilaba entre los 14 y 16ºC, y que en los últimos años se elevó a 20 y 22ºC; esto es lo que está causando más daño aún.  

En ese panorama, la Gobernación de La Paz anuncia un decreto para establecer una veda anual de septiembre a octubre. La norma será emitida máximo en agosto, se informa, y se espera que los pescadores la acaten.

“Como Colección Boliviana de la Fauna nos toca fomentar la investigación; las autoridades deben hacer un monitoreo y los pescadores tener mayor consciencia, porque ellos mismos sufrirán cuando se queden sin peces”, opina Barrera.

Sarmiento se pregunta ¿qué se hará con las familias que viven de la pesca, cuando se aplique una veda?, pero el teólogo Quilla va más allá. ¿qué haremos cuando la contaminación acabe con el Titicaca?

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