Escape

Muñecas con memoria

Juguetes en el seno de familias de La Paz

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 08 de abril de 2012

Una muñeca puede ser algo tierno, un juguete infantil, una muestra de amor, un detonante de recuerdos; pero es cierto también que refleja el sueño humano de crear algo a imagen y semejanza propias. No parece haber cultura que no se haya reproducido en un hombrecito o mujercita, no necesariamente para que los niños jueguen, sino como parte de una necesidad de atrapar lo inexplicable, lo insondable.

Llama la atención que, desde una piedra tallada hasta los muñecos de hoy, capaces de llorar, hablar, caminar, pasando por autómatas como los que construyeron Da Vinci y Durero, el afán detrás de esas figuras sea el de insuflar algo parecido a la vida.

Hay que decir que sin necesidad de artificios como las pilas y baterías, es vida, precisamente, lo que tiene una muñeca en el seno familiar. Hay algo que queda atrapado en ese objeto recibido en la niñez que aflora cada vez que el dueño lo observa. Ya lo dijo el artista alemán Hans Bellmer —autor de La muñeca, un libro de fotografías que él tomó con un simulacro de mujer-niña para explorar actitudes y gestos fascinantes y dolorosamente humanos— la vez que, conocida su obra, la madre le envió una caja con sus juguetes de niño: “Probé entonces el sentimiento atroz de perder mi vida desde la edad del juicio”.

Escape se propuso retroceder a esa edad previa, la del no-juicio, para seguir a Bellmer, y recibió la ayuda de algunas personalidades de La Paz que abrieron sus puertas para dar a conocer a esos otros miembros de la familia: las muñecas de los años de niñez.

Guardadas en cajas, convertidas en adornos, cedidas a los hijos o nietos y hasta piezas de museo, algunas de esas “criaturas” dejan hoy el anonimato. Pero hay muchísimas más, como ha ido constatando Escape. Una familia remitió a otra y ésta a otras más; difícil visitarlas a todas.

Uno y mil recuerdos

Cecilia Lampo, ¿tiene usted una muñeca de su niñez? “Sí, tengo un muñeco”. Resultó ser Roberto. ¡El revuelo que se armó en su casa el día de la sesión de fotos! Su mamá Gladys Murillo y sus tías la ayudaron a recordar que el niño que conserva la ropa original le fue regalado a Cecilia —hija y sobrina única por entonces—  cuando ésta contaba con seis años de edad. El nombre de Roberto estaba estampado ya en la caja: años 50, casa de Italo Cremona, Italia.

Llama la atención lo bien conservada que está la figura trabajada en goma. “No me gustaba jugar con muñecas, yo prefería los autos, los tanques, las ametralladoras”, aclara la artista plástica y fotógrafa que en un arranque de generosidad, cierto día regaló casi todos sus juguetes, algunos, como lo ve ahora en perspectiva, verdaderas joyas que se importaban de Europa.

Y sale entonces, de una caja cuidadosamente guardada, un oso amarillo que se supone llegó de Alemania como regalo para la recién nacida. “Con éste sí que jugué, al grado de que le falta pelo en el hocico”. El peluche no tiene más nombre que Oso. La mamá de Cecilia le confeccionó un traje azul de dos piezas: pantalón con tirantes y paletó con forro y botones de concha y perla.  

Asoma también Gladys, una muñeca de tez negra con canas en el pelo ensortijado. “Ésta han tenido que fabricarla en Estados Unidos. He debido jugar un poco con ella, pues la ropa que lleva —una primorosa capa roja, también salida de las manos de mamá Gladys— no es la original: tenía una faldita tipo hawaiana, como el sombrerito de paja que sí conserva. Es la excepción, porque al resto de mis muñecos los maté con la indiferencia”.

“Y yo les sacaba la cabeza y les quemaba la nariz”, sale a decir Gladys Murillo, que inspiró el nombre de la morena.

No todas las mujeres de esta familia actuaron igual que ellas y la prueba está en las piezas preservadas, con señales, eso sí, de haber sido parte de intensos juegos infantiles.

Ruth, tía de Cecilia, tiene a Marilú, que fue un obsequio de sus padres allá por 1935. La carita de porcelana luce las mejillas sonrosadas y grandes ojos, uno de los cuales hace mucho que perdió las pestañas. Como la ropa original “se desintegró”, la “mamá” le hizo un vestido con cinturón adaptado de una malla de reloj y un abrigo de paño con aplicaciones de piel y capucha. De la misma niña de principios del siglo XX es la muñeca de tela, con cabeza de porcelana, firmada por la famosa diseñadora alemana, Käthe Kruse, que comenzó a confeccionarlas en 1910; las piezas salidas de sus manos son hoy toda una reliquia bien cotizada.

La hermana mayor de Ruth y Gladys, Elvira, ya no está con ellas. Pero ha quedado su Piquina, una pieza que le regalaron cuando era una jovencita, a fines de los años 30. La cara de esta muñeca es de papel maché y el cuerpo de paño. Las piernas, decorosamente cubiertas por un largo calzón, podrían ser de madera, tal cual se estilaba hacer el juguete humanizado. El vestido original no existe ya, pero le confeccionaron uno igual de elegante. La capelina que corona su cabeza está intacta.

Como una cosa hace pensar en otra, de los varones de la familia han quedado dos perros importados de Japón en los años 20. Las hermanas los envían para la foto: son dos cabezas descomunales de carey sostenidas por un resorte a un cuerpo diminuto.

Cecilia, siempre con su buen humor, se ríe abiertamente al despedirse y sugiere: “A mi madre le gustaba hacer ropa para mis muñecos; yo prefiero coser para mi iPad; tiene tres ternos ya, ¿no quieren verlos?”.

En la entrada del departamento de la escritora y abogada Erika Bruzonic luce una hermosa caja de cuero. Es de sombreros de caballero que ella heredó de su padrastro y que ahora sirve de dormitorio a su Barbie, una pieza que le obsequió su mamá en 1966. “Yo tenía seis años y mi madre me compró esta muñeca que no era barata precisamente”; no “para el sueldo de secretaria que ella tenía; pero hay que ver lo que una mamá hace por su hija, más si, como en mi caso, es única”.

La joven de estilizada figura parece nueva. “Jugué con ella, pero no tanto como con una chola que se llamaba Simona y que me encantaba; no sé lo que le pasó, tal vez se fue en la caja que un día decidí regalar con todos mis juguetes adentro”. Se salvó esta Barbie, que tiene tres mudas de ropa —cada prenda con la etiqueta de la estadounidense Mattel— que recuerdan los años de la psicodelia y de las chicas a gogó.

También ha quedado una bebé, Susan, que Erika recibió en la Navidad de 1964. “Lo recuerdo como si fuera ayer: bajé en la noche del 24 de diciembre y la muñeca estaba así, sin envolver, echada junto al árbol. Me moría por tocarla, pero mi mamá y mi tía Julia —una araña tejedora que le hizo la ropa que ahora lleva— me dijo que no, que debía esperar a que pasase la cena y toda la ceremonia de Nochebuena”.

Susan, que ha perdido algunas pestañas de sus azules ojos, está envuelta en un encaje y una mantita verde tejida a mano y forrada del mismo color: “Es la que arropó a mi madre cuando tenía meses de vida, allá por 1941, ¡tiene 71 años!”.

El regalo de la bisabuela

Una miniatura francesa, hecha de biscuit (porcelana con la que se comenzó a hacer muñecas desde 1850), le fue regalada a la pequeña Rita por su bisabuela Rosa Villamil de Clavijo. “La veo ahora y me digo ‘qué barbaridad’, pues es una pieza delicada con la que jugué cuando tenía más o menos siete años de edad”.

Ha debido ser un juego cuidadoso, pues esta muñeca se rompe si llega a caer. El rostro, torso, brazos (que están articulados a la altura del hombro) y la parte inferior de las piernas son del delicado material. Pelvis y muslos son de tela. El cabello está peinado a la moda de mediados del siglo XIX.

La pieza es hoy parte de las decenas de valiosas obras, algunas de ellas patrimoniales (platería, tallado, esculturas, cuadros, etc.) que se lucen en el hogar de Rita del Solar, una especialista en alta gastronomía boliviana, que está casada con el pintor Alfredo La Placa.

La coautora de libros como Las mesas en Bolivia, Oro y plata de Bolivia y ¡Ají! recuerda que junto a sus primas enloquecía con muñecas similares que nadaban y tocaban un instrumento musical. Había que darles cuerda para que esos primorosos trozos de porcelana reprodujesen, aunque sea de manera muy mecánica, los movimientos humanos. “Llenábamos la tina y nos divertíamos viendo a la nadadora con traje de baño, la gorrita como de los años 20 y abriendo los brazos en el agua”.

El recuerdo de infancia de esta paceña tiene un añadido que lo hace doblemente especial: el traje que lleva le ha sido confeccionado con un pedazo de tela de un vestido de la bisabuela.

El tema de la ropa lleva a Rita a acordarse de una famosa tienda, que también había mencionado la galerista Norah Claros —que explicó que no conserva muñeca alguna, que nunca le habían gustado—, y que se hallaba en la calle Florida de Buenos Aires. Era la tienda Marilú, nombre también de una famosa muñeca de los años 40. “Lo novedoso es que allí podías comprar el juguete con un trajecito que además había para vestir a las niñas reales”; o sea, salías de la tienda con Marilú en brazos, ambas vestidas de la misma forma.

El primer sueldo

A los 13 años, Sandra Boulanger se moría por gastar el dinero de su primer sueldo como bailarina de la Ópera de París. “Me compré una muñeca en el metro, según creo, y era horrible. Lo sé ahora. Era de trapo y, como la ensucié, la metí en la lavadora. Salió destrozada: sin pelo, sin nariz, descolorida. Lloré y mi mamá me dijo que me la iba a arreglar”.

Pasaron siete años y en la Navidad de 1987, la artista Graciela Rodo Boulanger, la madre, cumplió la promesa. Había no sólo reparado a la muñeca, que se quedó sin nombre, sino que le había puesto su sello, ése que la hace reconocible en las pinturas pobladas de niños.

Ese humano de tela en forma de niña, que ha ganado un gato negro en los brazos, está siempre en el escritorio de la fotógrafa y exbailarina que, por lo demás, ya de adulta ha ido adquiriendo muñecas de distintos materiales.

Un ejemplo es un esqueleto de metal que camina, que encontró en un mercado de pulgas de Brasil. El armazón está a la vista y el mecanismo para hacer que camine, funciona. “Me recordó a una obra de Man Ray”.

Igual de especial es un juguete que Sandra recuerda que está en su poder “desde que tengo uso de razón”. Es una pieza de porcelana vestida con un traje de los que se ponía a los bebés en el siglo XIX: una bata larga de lino y una gorrita de atar en la barbilla, bajo la cual la figura parece dormir apaciblemente.

Un giro de cuello y la niña luce los ojos muy abiertos y una amplia sonrisa. Un giro más y el rostro fruncido hace pensar que llora.

Quien las ve, no sabe cuál impresiona más: si la bebita o la pieza destartalada.

Un museo en La Paz

Entre 1928 y 1930, la mamá de Elsa Paredes hizo un obsequio a su hija: una pareja de muñecos de unos diez centímetros de alto, vestidos con trajes de colorida lana. Representan a unos campesinos bolivianos y muy probablemente hayan sido elaborados en Cochabamba.

Elsa, hoy de 93 años de edad, recibió también de su mamá una muñeca de porcelana que cuidaba celosamente, hasta que uno de sus hijos alcanzó la caja sobre el ropero y, por un descuido, la dejó caer. “Se hizo trizas”, recuerda la hija, Roxana Salazar Paredes, “y así la guardamos, en la misma caja”. El disgusto que se habrá llevado doña Elsa, pues para entonces su afición por los juguetes antropomorfos ya adquiría visos de coleccionista. Y no sólo eso, sino que los elaboraba para vestirlos con ropas de distintos lugares de Bolivia.

La pareja de lana reina hoy en el Museo de Muñecas que lleva el nombre de Elsa Paredes de Salazar, en la calle Rosendo Gutiérrez casi Ecuador, de La Paz. Allí, en la casa familiar convertida en espacio para la cultura, se lucen alrededor de 1.500 piezas que representan a distintos países.

Compradas, donadas, heredadas, figuras de los más diversos materiales traducen la afición humana por duplicarse. Paja, madera, plástico, tela, cerámica, yeso, celuloide, hojalata, fibras vegetales… las muñecas ayudan a plasmar rasgos físicos, costumbres, creencias y sueños de los grupos humanos que pueblan el planeta.

En medio de la variada colección destaca, por su gran tamaño, una muñeca de medio metro de alto, más o menos. Es Pupi, una figura de niña hecha de plástico que le fue regalada a Roxana por su mamá, quien la compró en Arica (Chile) hace como 50 años. El traje original ha sido cambiado por uno folklórico, del Cusco, vestimenta que hijas, sobrinas y nietas de Elsa Paredes de Salazar llevaron alguna vez para un acto en el colegio y que hoy sirve para que Pupi encabece una de las vitrinas de muñecas del mundo.

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